El juego del silencio
6 minEl juego del silencio
A los treinta y tantos, aprendí que el silencio puede ser más caliente que cualquier palabra. Todo empezó una tarde lluviosa en la biblioteca universitaria, donde yo —Valentina Ruiz, bibliotecaria de planta desde hace dos años— organizaba los nuevos ingresos de literatura contemporánea. Llevaba el cabello recogido en un nudo torpe, una blusa de algodón ceñida y pantalones de lino que me sudaban en las axilas por el calor húmedo del mes de junio. Él entró a las 15:42, según el reloj de pared que jamás funcionó del todo. Alto, de hombros anchos bajo una camisa blanca sin planchar, con los mangos subidos dos nudos, como si hubiera venido directo del trabajo y no supiera muy bien por qué había elegido ese día para leer.
—Disculpe —dijo, con una voz que sonó como madera vieja y café recién hecho—. ¿Sabe si tienen *El amor en los tiempos del cólera*, pero en inglés?
—Sí —respondí, sin levantar la vista del catálogo—. Sección B, fila 12. Pero si quiere una edición bilingüe, la guardamos en Reserva. Pide permiso.
Me miró. No fue un mirar rápido ni distraído. Fue un mirar lento, como si estuviera desplegando algo entre sus manos. Tenía ojos grises, casi verdes, y pestañas tan largas que parecían hechas a propósito para quebrar la concentración. Me llamó la atención que no usaba reloj, pero sí una cadena de plata fina con un pequeño colgante de metal, casi invisible bajo el cuello de la camisa.
—Gracias —dijo, pero no se movió. Se quedó ahí, a un metro, con las manos en los bolsillos y una sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos.
—¿Necesita algo más? —pregunté, por fin, con la voz un poco más alta de lo necesario.
—Sí —respondió—. Quiero que me ayude a elegir otro libro. Pero no aquí. En su oficina. Si no le importa.
No me ríe. No me puse roja. Me puse quieta. El corazón, sí, se aceleró, pero no por sorpresa: por la certeza de que era la primera vez que alguien me hablaba así, con esa mezcla de respeto y desafío que no pedía permiso, sino que lo ofrecía como un regalo.
—¿Y por qué debería hacerlo? —pregunté, bajando la voz.
—Porque usted sabe que quiero leer algo que no está en el catálogo —dijo—. Y porque me gusta cómo me mira cuando cree que no lo noto.
Se llamaba Mateo. Docente de literatura comparada, recién llegado de Medellín. Volvíamos a encontrarnos tres días después, cuando me pidió ayuda para “revisar una traducción” en su despacho. Me esperaba frente a la puerta, con una botella de agua y dos vasos. En la mesa, un cuaderno abierto, una pluma y… una venda de tela negra.
—¿Es parte de la traducción? —pregunté, sin saber si reír o tragar.
—No —dijo, sentándose y ofreciéndome el vaso—. Es para el juego que quiero jugar contigo. Si te parece bien.
—¿Juego?
—Sí. Una hora. Tú no hablas. Tú no miras. Tú solo sientes. Yo te digo qué hacer, cuándo moverte, cómo respirar. Si en algún momento quieres parar, solo dices *paloma*. No con palabras, con la boca. Como si soltaras un suspiro.
Me tomé el agua de un trago. Me miraba con atención, pero no con urgencia. Con paciencia. Como si ya supiera que yo iba a decir que sí.
—De acuerdo —dije.
Se levantó, cerró las cortinas con movimientos lentos, y volvió a sentarse frente a mí. Me quitó los lentes con cuidado, como si fueran un objeto frágil. Me pasó la venda por los ojos. La tela era suave, de algodón grueso. El mundo se volvió oscuro y denso.
—Primero, respira. Profundo. Por la nariz. Ahora lento. Por la boca.
Lo hice. Sentí su aliento cerca de mi oreja, pero no su cuerpo. Solo el roce de una silla, el movimiento de una mano que se posó sobre mi rodilla.
—Tus manos están frías —susurró—. Quiero calentarlas.
Me tomó las manos, una por una, y me quitó los anillos. Se detuvo en el pulgar, lo acarició con el pulgar él, y luego lo presionó contra su labio inferior. Me hizo levantar las manos, palmas hacia arriba, y las sostuvo entre las suyas. Me besó la palma izquierda, despacio, desde la base del pulgar hasta la muñeca. Luego la derecha, con más lentitud, como si estuviera leyendo algo invisible en la piel.
—¿Sientes eso? —preguntó.
Asentí.
—Ahora, inclínate hacia adelante. Apoya las manos en tus rodillas. Cabeza baja. No mires. No hables.
Lo hice. Escuché su silla moverse, el sonido de una hebilla desabrochándose. Sentí el peso de su mirada sobre mí, más fuerte que el tacto. Me pasó una mano por la nuca, lenta, hasta la base de la columna. Me detuvo allí, con la palma caliente, y me susurró:
—¿Quieres que siga?
—Sí —dije, y apenas reconocí mi propia voz.
Me levantó suavemente, me tomó de la cintura y me sentó sobre la mesa. Me abrió la blusa con lentitud, botón tras botón, sin romper el contacto visual. Cuando me quedé sin ropa en la parte de arriba, me besó el esternón, luego uno de los pechos, sin tocar el pezón. Solo el borde del pecho, con la boca apenas cerrada, como si estuviera probando el sabor del aire.
—¿Te gusta esto? —preguntó.
—Sí —musité—. Pero quiero… más.
—No.
—¿Cómo?
—No quieres más. Quieres sentir. Hay diferencia.
Me quitó los pantalones y la ropa interior, sin prisa. Me colocó las piernas a los lados, como si me acomodara en un altar. Luego, se puso de rodillas frente a mí. Sentí su aliento, cálido y húmedo, en la entrepierna. Me separó los labios con los dedos, lentamente, y me besó ahí, una vez, dos veces, sin presión. Solo la punta de la lengua, rozando el clítoris como si fuera una palabra que aún no conocía.
—Respira —dijo—. Como antes.
Lo hice. Y entonces, me metió un dedo.
No fue rápido. Fue profundo. Lento. Me recordó cómo se siente el primer beso: no por intensidad, sino por novedad. Me miró con los ojos entrecerrados mientras me movía, mientras yo intentaba controlar el ritmo que él me imponía con la presión de la muñeca.
—No luches —susurró—. Déjate llevar.
Y así lo hice. Me dejé llevar. Me dejé llevar por la temperatura de su mano, por la textura de su respiración, por el modo en que su voz se volvía más grave cuando me oía gemir.
Cuando me tocó con dos dedos, cuando apretó con cuidado el punto que yo aún no sabía que existía, me deshice. No con un grito, sino con un suspiro largo, sostenido, que comenzó en la garganta y terminó en las piernas.
—¿Paloma? —preguntó, retirando la mano con lentitud.
—No —dije, abriendo los ojos por primera vez. Lo miré fijamente—. Ahora no.
Me levantó de la mesa, me abrazó. Sentí su pene contra mi vientre, tieso y cálido, pero no insistió. Me besó la frente, luego la nariz, y finalmente la boca, con una ternura que me hizo temblar.
—Mañana —dije.
—Mañana —repitió, y me soltó solo cuando me puse la blusa, botón tras botón, con sus manos ayudándome.
No volvimos a hablar de la “traducción”. Pero cada vez que entraba a su despacho, él cerraba la puerta, ponía la venda negra sobre la mesa y esperaba, con la sonrisa de quien ya sabe que el silencio, bien cuidado, es el más caliente de los lenguajes.
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Sexo con sonrisa. Me gustan las situaciones cotidianas que se salen de control, el humor y lo que pasa cuando dos personas se atreven.