El Juego del Silencio

El Juego del Silencio

@el_forastero ·5 de junio de 2026 · ★ 4.8 (20) · 155 lecturas · 6 min de lectura

La luz del atardecer se colaba por las persianas entrecerradas del estudio de la casa de Xochimilco, dibujando rayas doradas sobre el piso de madera. Afuera, los naranjos ondeaban con la brisa suave de junio, pero dentro, el aire estaba quieto, cargado. Elena se sentó en la silla de cuero viejo frente al escritorio de caoba, con las manos sobre las rodillas y la espalda derecha, como le habían enseñado en la escuela de ballet. No era la primera vez que allí, en ese rincón del mundo, algo más profundo que una lección ocurría.

—Ponte de pie —dijo Santiago, sentado tras el escritorio, con la camisa abierta hasta el tercer botón, los antebrazos descansando con parsimonia sobre el marco de madera.

Ella obedeció sin prisa. No por temor, sino por costumbre. Santiago tenía ese modo de pedir que hacía que el cumplimiento sonara como un regalo, no como una orden. Ella levantó la falda plisada hasta las rodillas, desabrochó el clip del sostén con los pulgares y se lo quitó con una lentitud deliberada, dejando caer la ropa interior sobre la silla. No se ruborizaba. Santiago ya conocía cada curva, cada marca que el tiempo y el placer le habían dejado en la piel.

—Ahora, acércate.

Caminó hacia él, descalza, con los pies hundidos suavemente en la alfombra persa. El olor a tabaco frío y café negro lo precedía. Él no fumaba, pero siempre guardaba un puro en el bolsillo izquierdo del pantalón, como un amuleto.

—Dime cuándo vas a aprender a no mirarme a los ojos cuando me hablas —murmuró, sin ira, con una sonrisa apenas perceptible.

—Ya sé que no es buena idea —respondió ella, en voz baja, pero clara—. Pero a veces me gusta ver cómo se mueven tus labios cuando estás cerca de perder la paciencia.

Él soltó una risita breve, se inclinó hacia atrás, cruzando una pierna sobre la otra, y con un movimiento lento sacó el puro del bolsillo. No lo encendió. Solo lo sostuvo entre los dedos, como si fuera un palo de madera cualquiera, y lo acercó a su rostro.

—Entonces, ¿qué te gusta de ver mis labios cuando pierdo la paciencia?

Elena no respondió de inmediato. bajó la mirada hacia sus manos, luego hacia su cuello, y finalmente, con lentitud, volvió a alzar la vista, fijándola en su boca.

—Me gusta saber que estás conteniéndote. Que no estás furioso. Que solo estás… esperando.

—¿Esperando qué?

—Que yo me rinda —dijo ella, con una sonrisa que no era de desafío, sino de complicidad—. Que me digas cuándo.

Santiago se puso de pie. No de golpe. Con elegancia, como si se levantara a recibir a un invitado de honor. Caminó alrededor del escritorio, con pasos cortos, seguros. Se detuvo frente a ella. Tan cerca que podía sentir el calor de su piel, el ritmo de su respiración.

—Tú crees que me rindo cuando te digo algo —dijo, acercando la punta del puro a su oreja—. Pero la verdad es que solo me rindo cuando tú me lo pides.

Ella inhalaron al mismo tiempo. El olor del tabaco, el perfume de jazmín que ella usaba en las muñecas, el calor de su pecho rozando el suyo. Él no la tocaba aún. Solo dejaba que el puro, frío y pesado, rozara su cuello, su mandíbula, el borde de su labio inferior.

—¿Y si yo ya lo hice?

—Entonces —dijo él, apartando el puro con lentitud, pero sin alejarse—, ahora toca que yo te diga cuándo.

Su mano, por fin, se posó sobre su cintura. No apretó. Solo la sostuvo, como si fuera una copa de cristal que temblaba. Luego deslizó los dedos hacia arriba, con una pausa entre cada nudillo, hasta rozar la base de su cuello.

—Hoy no vamos a chupar vergas ni a meternos dedos en la boca —dijo, con voz grave, casi seria—. Hoy solo vamos a jugar con el silencio. Y con el tiempo.

Elena cerró los ojos. Sentía su pulso en la yema de los dedos de él, igual que el suyo latiendo en la sien. El silencio, allí, no era vacío. Era una cuerda tensa, que vibraba con cada respiración compartida.

—¿Te acuerdas de la primera vez que viniste aquí? —preguntó Santiago.

—Claro. Me traiste un café con leche, sin azúcar. Y me dijiste que si me portaba bien, podíamos hablar de poesía.

—Y cuando terminaste el vaso, lo dejaste sobre la mesa sin hacer ruido.

—Porque sabía que si lo hacía, rompía el hechizo.

—Exacto —dijo él, y por primera vez, sus labios tocaron su frente—. Hoy vamos a hacer lo mismo. Dejar las cosas sin ruido. Sin prisas. Sin miedo a que se rompa algo.

Ella abrió los ojos. Lo miró. De verdad lo miró: las líneas finas alrededor de sus ojos, la cicatriz de un rasguño antiguo en la mejilla, la manera en que su cabello, ya canoso, se erizaba un poco detrás de las orejas.

—Entonces… ¿cuándo?

—Cuando tú me lo digas.

—¿Cómo?

—Cuando sientas que ya no necesitas mirar mis labios para saber lo que pienso. Cuando sepas que el silencio no es una ausencia, sino un lenguaje.

Elena respiró hondo. No se movió. Solo dejó que sus manos subieran, lentamente, hasta tomar las de él. Las entrelazó, con los pulgares trazando círculos en sus nudillos.

—Entonces… no te muevas —susurró.

Él no respondió. Solo asintió, con una sonrisa que ahora sí llegaba hasta los ojos.

El sol se fue hundiendo, y las rayas doradas se volvieron rojizas, luego moradas. Las sombras se alargaron, pero en la habitación seguía habiendo luz: la que se hacía entre dos cuerpos que aprendían a hablar sin palabras, a tocar sin apuro, a esperar sin cansancio.

Elena se acercó, lentamente, hasta rozar su pecho con la frente. Santiago dejó que su cabeza descansara un momento allí, sobre el corazón que latía más lento de lo normal. No la empujó. No la abrazó. Solo esperó.

—¿Qué es lo que más me gustaría que me dijeras ahora? —preguntó él, al fin.

Ella se apartó, un poco, y lo miró a los ojos. Por fin, sin huir.

—Que sé que no estás furioso. Que solo estás esperando.

—¿Y qué respondería yo?

——Que ya me rindo —dijo ella, con una sonrisa—. Que ya me rendí.

Él sonrió. Y por primera vez en toda la tarde, la tomó de la mano y la llevó hasta la cama del cuarto contiguo. No la empujó. No la besó. Solo se sentó a su lado, y con la palma de la mano le acarició la nuca, una y otra vez, como si el mundo no tuviera más ritmo que ese.

—Ahora —dijo—, puedes mirarme.

Y ella lo hizo. Y en ese momento, sin palabras ni promesas, supieron que el juego había terminado. Y que había comenzado de nuevo.

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