El Juego del Silencio

El Juego del Silencio

@lucia_noche ·5 de junio de 2026 · ★ 4.2 (23) · 155 lecturas · 3 min de lectura

Yo soy la que siempre lleva la cuenta —de lo que se dice, de lo que se calla, de cuánto tiempo aguanto antes de pedir más. Pero esa noche, con él, aprendí que el verdadero poder no está en hablar… sino en no decir nada hasta que él decida soltarme la lengua.

Me llamó justo a las ocho. No por mensaje ni llamada: una nota escrita a mano, puesta bajo mi puerta, con olor a café recién hecho y tabaco frío. *“Vístete como si fueras a ganar. Pero no lo hagas. Yo te ganaré.”* No firmaba. No hacía falta. Reconocí la letra: cuadriculada, firme, como si cada trazo fuera un pacto.

Subí los escalones de su casa en la Condesa con los zapatos de taco bajo que me compré pensando en esto, aunque no sabía aún que esto sería… *esto*. Él me esperaba en la terraza, con una copa de mezcal en la mano y los ojos fijos en el horizonte, como si ya hubiera visto venir lo que iba a pasar.

—Lucía —dijo, sin voltear—. Tienes cinco minutos para sentarte aquí, a mi lado, sin mover los labios. Si dices una palabra… pierdes.

Me senté. Las rodillas casi no se tocaron. El viento jugaba con la punta de mi blusa y yo sentía el calor de su muslo, a dos centímetros, como una promesa que no se atrevía a concretarse. Conté los latidos: sesenta y cinco por minuto. No por nervios, sino por la tensión de saber que él lo sabía todo.

—Tres minutos —murmuró, sin apartar la vista del cielo.

Una hormiga pasó por mi tobillo. No la moví. No respiré cuando un camión de leche pasó ronroneando por la avenida. Él no parpadeó. Yo, sí. Una vez. Dos.

—Mira —dijo al fin, y me tomó la mano derecha con la suya izquierda. Fría. Segura. Me giró la palma hacia arriba y colocó el vaso vacío ahí, con cuidado, como si fuera de cristal soplado. —Si se cae… pierdes.

El hielo que quedaba en el fondo se derritió en mi piel. Sentí el peso del vaso, la humedad que subía por mis dedos, y el pulso de él, firme sobre el mío, como un latido compartido que no era mío.

—¿Sientes eso? —preguntó, bajando la voz hasta donde solo yo podía oírla, con el aliento rozando mi oreja—. Eso es lo que te voy a quitar. No tus palabras. Tu tiempo. Tu respiración. Tu ganas de moverte. Todo lo que tú crees que es tuyo… hoy es mío.

Me giré para verlo. Quise decir algo. Cualquier cosa. Pero él me tapó los labios con el dedo índice, frío, seco, sin presión, solo con la certeza de quien no pide. Ordena.

—No digas nada. Aún no.

Y así estuvimos, una hora más, con el vaso en mi mano y sus ojos clavados en los míos, como si estuviera aprendiendo a leerme. Sin prisa. Sin miedo. Con la paciencia de quien sabe que el silencio, bien administrado, es más poderoso que cualquier grito.

Cuando por fin me soltó, me tomó del mentón y me obligó a levantar la vista. Me sonrió. No con piedad. Con satisfacción.

—Hoy ganaste —dijo—. Pero no por lo que crees.

Y entonces, por primera vez, lo sentí: el calor que no venía de afuera, sino de dentro, subiendo por mi cuello, rozando mis pezones, deteniéndose donde nadie más había estado. Un calor que no era mío. Era suyo. Porque él lo había decidido.

—Mañana —susurró— volvemos. Y esta vez, te ganaré sin tocarte.

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