El juego del hilo

El juego del hilo

@tomas_leon ·20 de junio de 2026 · 🔥 4.0 (14) · 10 lecturas · 6 min de lectura

Te lo juro, Marta: no fue el collar lo que me volvió loco. Fue el hilo. Un simple hilo negro, fino como una araña de medianoche, que cruzaba su cuello por debajo de la barbilla, tensado con una sola mano. La otra le sostenía la nuca, con delicadeza, pero sin permitirle retroceder ni un milímetro.

—Volvé a hacerlo —le dije, y mi voz sonó más áspera de lo que pretendía.

Ella me miró por encima del hombro, con esa sonrisa que ya conocía: media sonrisa, medio desafío, medio promesa. Tenía los ojos oscuros, las pestañas largas, y la boca entreabierta, como si estuviera a punto de decir algo que nunca terminaba de salir.

—¿Te gusta así? —preguntó, sin soltar el hilo.

—Sí —respondí, y me di cuenta de que mentía. No era *así* lo que me hacía temblar. Era la espera. Era el silencio que seguía a cada movimiento, como si el aire mismo estuviera conteniendo la respiración.

—Entonces cerrá la boca y dejá que te lo muestre —dijo, y por primera vez, la voz le tembló un poco.

Me senté en el sofá, con las piernas separadas, las manos apoyadas en los muslos. Ella se puso de rodillas frente a mí, sin prisa, como si el tiempo fuera su aliado. El hilo seguía tensado. Lo movió lentamente de un lado a otro, rozando suavemente su propia garganta, y yo sentí el calor subirme por las axilas.

—Vos sabés qué es lo que más me gusta —le dije—. No es el dolor. Es la elección.

Ella asintió, y por primera vez, me miró directo a los ojos. No había miedo, ni siquiera excursión. Había confianza. Una confianza que se construyó con minutos, no con años. Con acuerdos que se escribían en el cuerpo, en el silencio, en los espacios entre las palabras.

—Vení más cerca —le susurré—. Quiero sentir tu aliento en la oreja.

Ella se acercó. Tan cerca que pude contar sus pestañas. Su aliento era cálido, lento, como si ya hubiera aprendido a respirar con calma en medio de la tensión.

—¿Te acordás del primer día? —preguntó.

—Claro que me acuerdo. Viniste con un traje gris, pelo recogido, labios pintados de rojo oscuro. No tenías ni una arruga en los pantalones. Y cuando te sentaste frente a mí, no me miraste la cara. Me miraste las manos.

Ella sonrió, y por un instante, el hilo se aflojó.

—Era para que vieras que no estaba nerviosa —dijo—. Pero lo estaba.

—No te lo dije entonces, pero me encantó. Esa contradicción. El traje impecable y el hilo escondido en el bolso.

—Lo guardé allí todo el día —murmuró—. En la carpeta. Entre las fotocopias.

—¿Y ahora? —pregunté—. ¿Me lo dejás ver?

Ella no respondió. Simplemente soltó el hilo y lo tomó con ambas manos. Lo extendió entre nosotros, como un puente invisible. Luego, lo pasó lentamente por encima de su pecho, rozando los pezones, que se endurecieron al instante bajo la tela fina de la blusa.

—Garcháme con eso —le dije—. Pero sin tocar la piel.

Ella inclinó la cabeza, como si estuviera aceptando una orden. Pero sabíamos que no lo era. Era una sugerencia. Una invitación. Un juego que nos pertenecía.

El hilo subió por su cuello, rozó la curva de su mandíbula, y luego bajó de nuevo, pasando por debajo de su pecho, rozando el borde de la blusa. Me fijé que sus manos temblaban, pero sus piernas estaban firmes, los muslos apretados, las rodillas quietas. No estaba asustada. Estaba *presente*.

—Soltá —le dije.

Ella lo soltó. El hilo cayó sobre su regazo, suave, inerte. Pero ella no se movió. Seguía sentada en esa postura de sumisión, con la espalda recta, el cuello estirado, la cabeza ligeramente inclinada.

—Mirame —ordené—. No como si fueras a cometer un error. Como si supieras exactamente lo que estás haciendo.

Ella levantó la vista, y esta vez no hubo dudas. No hubo sombras. Solo claridad. Solo deseo.

—Vos me decís cuándo parar —dije—. Si alguna vez sentís que no querés seguir, decís la palabra. ¿Cuál es?

—Zorro —respondió, sin vacilar.

—Y si necesitás pausa, ¿qué decís?

—Águila.

—Bien.

Me levanté. Ella no se movió. Yo me puse frente a ella, y esta vez fui yo quien tomó su nuca. No con fuerza, pero con firmeza. Le acerqué la boca a la oreja.

—Sé que no es el hilo lo que te pone así —susurré—. Es el hecho de que me lo mostraste. Que me dejaste verlo. Que me permitiste ser testigo.

Ella cerró los ojos.

—Sí —dijo—. Es eso.

Le pasé la mano por el brazo, lentamente, hasta alcanzar su mano. La tomé. La apreté. Luego la llevé a mi cintura, a la parte baja de la espalda, donde la ropa se ajustaba.

—Garcháme —le dije—. Con las dos manos.

Ella lo hizo. Con ambas manos. Con lentitud. Con intención. Rozó mi piel a través de la tela, sin presionar demasiado, sin aflojar nunca. Como si estuviera bordando algo invisible.

—¿Te gusta cuando yo te digo qué hacer? —pregunté.

—Sí —respondió—. Pero más me gusta cuando vos me dejás elegir.

—Entonces elegí vos.

Me aparté un poco, pero no del todo. La dejé ver mi cara. Mis ojos. Mis cejas. Mi boca. Quería que supiera que yo también estaba allí. Que yo también jugaba.

Ella se levantó. No con prisa. No con miedo. Con seguridad. Se puso frente a mí, y esta vez fue ella quien tomó el hilo. Lo pasó por su propio cuello, lo ajustó suavemente, y luego me lo ofreció.

—Apretá —dijo—. Pero no tanto como para hacerme daño.

—Jamás —respondí.

Y lo hice. Apreté, pero no con fuerza. Con intención. Con deseo. Con confianza.

Ella suspiró. Un suspiro largo, profundo, como si estuviera liberando algo que llevaba mucho tiempo guardando.

—Ahora —dije—. Agachá la cabeza.

Ella lo hizo.

Y yo, con la mano libre, le acaricié el cuello, justo por encima del hilo. Sentí el pulso. Veloz. Seguro. Vivo.

—Decime algo —le susurré.

—Quiero que me toques —dijo—. Donde vos quieras. Pero que yo decida si decís algo más.

—Está bien —respondí—. Pero vos me decís si paro.

—Zorro —dijo—. Si necesito parar.

—Y si querés que siga…

—Águila —dijo—. Si necesito pausa.

—Bien.

Le acaricié la nuca con la mano libre. Luego, con cuidado, solté el hilo. Lo dejé colgar, suave, como una serpiente que acababa de soltar su presa.

Ella no se movió.

—¿Volvemos a empezar? —pregunté.

—Sí —respondió, sin abrir los ojos—. Pero esta vez, dejame elegir el color del hilo.

Y por primera vez, en mucho tiempo, sentí que el tiempo no corría. Que se había detenido. Que estaba con ella, en ese espacio entre la tensión y la entrega, entre el orden y el caos, entre lo que se dice y lo que se calla.

No era dominación. No era sumisión.

Era elección.

Y esa elección, hecha de confianza y deseo, era la única que valía la pena.

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@tomas_leon

Directo y físico. Me interesa el cuerpo, el deseo que no necesita explicación. Mis relatos van al grano.

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