El Juego del Hilo

El Juego del Hilo

@mateo_cruz ·5 de junio de 2026 · ★ 4.3 (7) · 254 lecturas · 6 min de lectura

La primera vez que la vi con ese chaleco de cuero negro, me quedé clavado en el umbral del bar como si el aire se hubiera vuelto espeso. No era por el corte, ni siquiera por el brillo tenue que le pegaba a la piel en los hombros; era por la forma en que se quitó los lentes de sol con un movimiento lento, casi teatral, y me miró. No sonrió. Solo me miró, y yo sentí algo dentro del pecho —una chispa, sí, pero también una certeza fría: *vos tenés que acercarte*.

Me llamaba Lucía. Y desde ese instante, todo cambió.

Era jueves, y el bar estaba medio vacío: apenas un par de mesas ocupadas, el zumbido suave del ventilador del techo, y el olor a café recién hecho y tabaco antiguo. Ella se había sentado en el rincón más oscuro, con las piernas cruzadas y un vaso de agua con hielo frente a ella. Cuando me acerqué, no hizo ademán de moverse. Solo me tendió la mano, con los dedos abiertos, como una invitación silenciosa.

—Sentate, Mateo —dijo, con esa voz que no pedía permiso, pero tampoco lo exigía. Simplemente *era*.

Me senté. Sentí el cuero del chaleco rozar el respaldo de la silla, y un escalofrío recorrió mi espalda. No era miedo. Era anticipación.

—¿Me conocés? —preguntó, inclinándose un poco hacia adelante. El cuello del chaleco dejaba ver una línea fina de piel, suave como cera recién derretida.

—No —respondí, con la garganta seca—. Pero quería que me presentaras.

Ella soltó una risita baja, casi un susurro, pero no fue una risa de burla. Fue de *satisfacción*.

—Bueno, ahora sí te presento: yo soy la que te va a hacer olvidar cómo se dice “respirar” —y mientras hablaba, me pasó una uña por el dorso de la mano—. Pero antes, querés que te diga cómo te veo.

No dije nada. Solo la miré, y en ese silencio, sentí que me desvestía con la mirada.

—Veo a un tipo que anda con las manos en los bolsillos, que mira mucho pero no toca. Que habla poco, pero escucha como si cada palabra fuera una clave. Y cuando te mira a los ojos… no se cae. Eso me gusta. Eso —dijo, apoyando el codo en la mesa y inclinándose aún más— es lo que me va a hacer garcharte hasta que no sepas más de dónde venís.

Me sonrojé. No por vergüenza, sino por el calor que me subió de golpe, como si me hubiera sacado la camiseta de golpe y el aire del bar me hubiera pegado en la piel desnuda.

—¿Y si no querés que te garche? —pregunté, con una sonrisa que quería ser desafiante, pero salió temblorosa.

Ella se levantó entonces, con una lentitud que era ya un juego en sí mismo. Me tomó de la muñeca, y me obligó a pararme. No fue una orden; fue una *confirmación*. Como si ya hubiera decidido, y yo solo tuviera que seguirla.

—Nadie me pregunta si *quiere* —dijo, acercándome el oído hasta que sentí su aliento tibio en el lóbulo—. Yo no le pido permiso al viento para moverme. Y vos… vos no me vas a pedir nada. Solo vas a hacer lo que te digo. ¿Entendido?

—Sí —musité, con la cabeza baja.

—Mirame.

Levanté la vista. Sus ojos eran grises, con motas doradas que brillaban cuando la luz les daba de lleno. Me sostuvo la mirada, sin pestañear, y entonces me soltó la muñeca para pasarle los dedos por la mandíbula, con una presión suave pero firme.

—Bien. Vamos a jugar.

Me llevó a su casa. Un departamento pequeño, con paredes blancas, un piso de madera clara y una cama gigante al centro, sin cabecera, como si no hubiera sentido común que la sostuviera. Solo la colcha blanca, lisa, impecable.

—Despójate —dijo, sentada en el borde de la cama, con las manos apoyadas detrás de ella, los codos flexionados—. Lento. Porque cada botón que desabroches… es una promesa que me estás haciendo.

Me desabroché la camisa con dedos torpes. Ella no se movió. Solo me observaba, como si estuviera aprendiendo cada gesto, cada titubeo. Cuando quedé en camiseta, me hizo señas para que me sentara frente a ella, en el suelo.

—Ahora, las manos a la espalda.

Lo hice. Sin dudar. Y ella me ató con una cinta de seda negra, con un nudo tan perfecto que parecía hecho con un solo movimiento. No sentí dolor. Sentí *libertad*. Porque ya no tenía que pensar. Solo existir.

—Vos tenés un cuerpo lindo —dijo, empezando a deslizar las uñas por mis muslos, por mi estómago, sin tocar lo que más quería tocar—. Pero no es el cuerpo lo que me gusta. Es cómo te pones rojo cuando te digo algo que vos ya sabés que querés escuchar.

Me volví loco cuando me quitó la camiseta. No fue el contacto, fue el *reconocimiento*. Como si me hubiera estado esperando desde siempre.

—¿Sabés qué es lo más lindo de vos? —me preguntó, sentándose frente a mí con las piernas abiertas a la altura de mis ojos, pero sin dejarme ver más que la curva de su muslo—. Que vos *querés* rendirte. Que no te avergonzás de querer que te digan qué hacer. Y eso… eso es lo más valiente que he visto en mucho tiempo.

Me acarició la cara, y entonces me inclinó la cabeza suavemente hacia adelante, con una sola mano en la nuca.

—Sí —dijo, con voz de mando y ternura al mismo tiempo—. Pegá tu nariz a la concha. Olfateá. Sentí cómo huelo cuando te quiero cerca.

Lo hice. Y sentí su olor: café, sal y algo dulce, como miel quemada.

—Ahora, abrí la boca.

Y cuando lo hice, me empujó un dedo entre los labios. Lo chupé, lento, y ella se inclinó hacia atrás, cerrando los ojos.

—Sí… sí… así —murmuró—. No tenés que hacer nada bien. Solo tenés que hacer lo que te digo. Y cuando te diga “pará”, vos vas a *parar*. Pero hasta entonces… vas a ser mío.

Me besó entonces, con una boca que sabía a promesas rotas y promesas nuevas. Me besó como si me estuviera enseñando a respirar con ella, como si cada aire que compartíamos fuera una promesa de más.

—Vos me decís lo que querés —me dijo, cuando por fin se separó, con la respiración un poco agitada—. Pero no me lo decís con palabras. Me lo decís con el cuerpo. Con el temblor de las manos. Con cómo me mirás cuando te digo “mirá”.

Y yo la miré. La miré con los ojos húmedos, con el corazón a mil, y le dije, sin palabras: *sí*. Con la frente apoyada en su muslo. Con la boca cerrada. Con las manos atadas.

Y ella me acarició el pelo, como si fuera un niño, como si fuera mío.

—Vamos a hacerlo bien —susurró—. No con prisa. No con miedo. Con calma. Con hambre. Con todo.

Y entonces, con una lentitud que dolía y placía a la vez, me quitó la cinta. Y me tomó de las manos. Y me puso una en su pecho, sobre el corazón que latía fuerte, fuerte, *por mí*.

—Ahora —dijo—. Ahora sí, Mateo. Ahora *sí* podés tocar. Pero solo si me decís “por favor”.

—Por favor —susurré.

Y ella me sonrió, con los ojos cerrados, y me abrió la camiseta por completo.

—Bien. Ahora, pone las manos donde más querés. Pero sin apuro.

Y yo lo hice. Con la palma abierta, con los dedos temblorosos, y con la certeza de que, por primera vez, no estaba solo en el deseo. Estaba *elegido*.

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