El Juego del Hielo

El Juego del Hielo

@sombra ·5 de junio de 2026 · ★ 3.9 (15) · 47 lecturas · 6 min de lectura

La lluvia golpeaba suavemente contra los cristales del piano de cola, como gotas de mercurio deslizándose por un espejo roto. En el estudio de la mansión de Chapultepec, envuelto en la penumbra de lámparas de bronce con abanicos de seda, el aire olía a cedro envejecido y a vainilla quemada. Elias no era de los que esperan. Entró sin tocar el timbre, como quien atraviesa un umbral de conciencia, y se detuvo frente al piano, sin mirar a quien lo aguardaba.

Lorenzo estaba sentado en el borde del asiento, los pies descalzos apoyados en el suelo de mármol, las manos cruzadas sobre las rodillas. Llevaba una camisa blanca abierta hasta el ombligo, los puños enrollados con precisión cirúrgica, y los cabellos rubios recogidos en una coleta baja, como si estuviera a punto de tocar un concierto. No dijo nada. Solo lo miró.

—Llegaste antes —dijo Elias, dejando caer su abrigo sobre el diván.

—Tú siempre llegas tarde. —La voz de Lorenzo era un hilo de humo, tenue, pero con cuerpo.

—Porque siempre espero que algo cambie entre el momento en que salgo y el que llego.

Elias avanzó, los pasos sin ruido sobre la madera pulida. Se detuvo frente al piano, un instrumento Steinway con el barniz tan brillante que reflejaba su rostro como un espejo antiguo. Apoyó una mano sobre la tapa, fría al tacto, y luego la deslizó hacia el teclado, donde los blancos y negros esperaban, inmóviles.

—¿Y si hoy no cambia nada? —preguntó Lorenzo.

—Entonces jugaremos con lo que hay.

Elias se sentó a su lado, no al banco, sino al borde del asiento, entre ellos una distancia de veinte centímetros, la suficiente para que el aire entre ambos se volviera espeso, cargado. Lorenzo no se movió. Solo inclinó ligeramente el cuello, como si escuchara una melodía invisible.

—Ayer soñé con tus dedos —dijo Lorenzo, sin mirarlo—. Juego de luces, sombras en la pared, y tus dedos subiendo por mi espalda, como si estuvieran marcando notas en una partitura.

Elias sonrió, pero no con los ojos. Su sonrisa era un arpegio silencioso.

—¿Y qué nota tocaste en el sueño?

—La última. La que no se escucha, pero se siente.

Lorenzo levantó la mano derecha, lentamente, como si temiera que el aire la detuviera. Se detuvo a un centímetro de la muñeca de Elias, sin tocarla. Elias no retiró la mano. Esperó. Y cuando Lorenzo la atrapó con los dedos, no fue un agarre, sino un encierro suave, como quien cierra una caja de música antes de que suene la primera nota.

—¿Sientes el frío? —preguntó Lorenzo, pasando el pulgar por la vena de su muñeca.

—Sí. Pero no me importa.

—Bueno. Porque hoy vamos a jugar con el frío.

Lorenzo se levantó, arrastrando la camisa por el borde del banco, y se acercó al mueble de cristal que albergaba las botellas. Sostuvo una entre las manos: un licor translúcido, con cristales de hielo flotando en su interior, como estrellas congeladas. Lo vertió con calma en dos copas de cristal tallado, y se volvió hacia Elias con una de ellas.

—Es hielo carbonatado. Se derrite en la lengua sin dejar sabor, solo una sensación que se disipa enseguida.

—Y si no me gusta la sensación.

—No te preocupes. Si te arrepientes, basta con decirlo.

Elias tomó la copa. El cristal estaba tan frío que quemaba. Lo sostuvo entre los dedos, observando cómo las burbujas subían, se rompían, y desaparecían como promesas que se deshacen al pronunciarse.

—¿Cuánto tiempo llevas esperando esto? —preguntó.

—Desde que te vi por primera vez, en la gala del museo, con ese traje gris y la mirada que no sabía si admirar o temer.

—Y ahora la sabes.

—Ahora la sé. —Lorenzo acercó su copa a los labios, pero no bebió. Se limitó a sostenerla frente a Elias, como un espejo de hielo.

—¿Entonces por qué no lo hicimos ya?

—Porque hay juegos que solo funcionan si se dejan morir entre las palabras. Si se tocan demasiado pronto, se rompen.

Lorenzo dejó la copa sobre el piano, y tomó la de Elias. No la bebió. En su lugar, la inclinó con lentitud, y una gota de líquido cayó sobre su pecho, deslizándose por la piel, siguiendo el contorno del pezón.

—Mira —susurró—. Se congela antes de llegar al ombligo.

Elias no dijo nada. Solo lo miró mientras el líquido se evaporaba, dejando una marca oscura en la camisa blanca. Lorenzo se acercó más, hasta que sus rodillas rozaron las de Elias, y su aliento se encontró con el suyo, cálido y húmedo.

—¿Te gusta esto? —preguntó Lorenzo, apoyando una mano sobre su pecho, sin presionar.

—Me gusta que no sepas qué va a pasar después.

—Entonces no mires.

Lorenzo soltó su camisa y desabotonó lentamente el primer botón de su propio traje, revelando una corbata negra con dibujos geométricos, como notas musicales estilizadas. Se la quitó, la dobló con precisión y la dejó sobre el piano, al lado del diario abierto.

—¿Sabes qué es lo más peligroso de este juego? —dijo, mientras desabotonaba el segundo botón.

—No.

—Que cuando te acostumbras al frío, ya no lo sientes. Y empiezas a buscar el calor.

Elias lo miró fijamente, sin parpadear. Lorenzo continuó con los botones, uno a uno, hasta que el pecho quedó al descubierto. La piel era clara, marcada por una cicatriz casi invisible en la clavícula izquierda, como una nota mal escrita que el compositor decidió保留ar.

—¿Te importa si toco? —preguntó Lorenzo.

—No.

—¿Estás seguro?

—No.

Lorenzo sonrió, esta vez con los ojos.

—Entonces no tocaré.

Se inclinó y besó la cicatriz con los labios, sin presionar, apenas rozando, como si estuviera leyendo una partitura en braille. Elias cerró los ojos. No por placer, sino por concentración. Como quien escucha una sinfonía entera con los ojos cerrados, para no perder ni un solo compás.

—¿Por qué no tocaste? —preguntó.

—Porque hoy no es el día de tocar.

—¿Entonces cuándo lo será?

—Cuando ya no tengas miedo a que el hielo se derrita.

Lorenzo se alejó, pero no del todo. Se sentó frente a él, en el banco del piano, y puso las manos sobre el teclado. No tocó ninguna tecla. Solo apoyó los dedos, como si estuviera esperando una señal.

—¿Me tomas?

—No.

—¿Por qué no?

—Porque aún no has elegido la melodía.

Lorenzo inclinó la cabeza, y por primera vez, sus ojos perdieron la seguridad. Elias vio que, bajo la elegancia, había algo frágil, como un cristal que sostienes con cuidado por el borde.

—Entonces… ¿me dejas elegir?

—Sí. Pero recuerda: una vez que empiezas, no puedes detenerte a corregir la nota.

Elias se inclinó y puso una mano sobre la de Lorenzo, con los dedos entrelazados, como si fueran dos cuerdas listas para vibrar. Y entonces, por primera vez, Lorenzo lo miró sin disimulo, sin teatralidad, sin juego. Solo con deseo.

—¿Cuál es la primera nota?

—La que escuchaste cuando entré.

—¿Y cuál fue?

—La de la puerta cerrándose.

Lorenzo sonrió, y esta vez, su risa fue un acorde que se deshizo en el aire, como el eco de un piano que aún no ha sonado.

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