El Juego del Espejo

El Juego del Espejo

@renata_sol ·5 de junio de 2026 · ★ 4.4 (28) · 288 lecturas · 4 min de lectura

La luz del atardecer se colaba por las persianas enrolladas de la cocina, dibujando rayas doradas sobre el mármol frío. Renata ajustó el delantal de algodón crudo que llevaba atado en la cintura, con los mangos subidos hasta los codos. Había estado horneando pan —una receta antigua de su abuela— y el olor a levadura y miel flotaba en el aire, mezclado con el perfume suave de jazmín que se usaba en la nuca.

—¿Te apetece una taza de té? —preguntó, sin volverse, sintiendo la presencia detrás de ella.

Alejandro no respondió de inmediato. Se había acercado en silencio, como siempre lo hacía cuando quería jugar. Ella escuchó el roce de su camisa contra la silla de madera al sentarse, el leve crujido del suelo al ponerse de pie de nuevo, y luego, los dedos —cálidos, seguros— deslizándose por su muñeca izquierda, justo debajo del puño del delantal.

—No —dijo él, voz grave, con esa sonrisa que se escuchaba antes de que llegara a sus labios—. Quiero probarte el pan.

Renata giró lentamente. Él tenía los ojos oscuros, casi negros, pero brillantes, como si guardara una confesión que aún no decía. Sus cabellos castaños estaban despeinados por el viento del balcón, y en la mejilla le quedaba una partícula de harina, casi invisible.

—¿Y si está quemado? —preguntó ella, acercándose, dejando que su pecho rozara la manga de él sin intención aparente.

—Entonces lo quemamos juntos.

Alejandro tomó una porción del pan recién sacado del horno, lo partió con cuidado, y lo acercó a sus labios. —Abrí la boca —ordenó. Ella lo hizo, y él soltó un suspiro cuando el vapor calentó su rostro. El sabor era dulce, con un toque salado, como su piel.

—Te falta algo —dijo Renata, limpiándose la barbilla con el pulgar.

—¿Sí?

—La miel. La receta original lleva dos cucharadas.

Él la miró fijamente, sin parpadear, y entonces levantó la mano, tomó el frasco de cristal que estaba sobre la encimera, y derramó un hilillo dorado sobre su hombro derecho. La miel resbaló lenta, cálida, por su clavícula, hasta desaparecer bajo el escote del vestido sin mangas que llevaba puesto.

—Ahora sí —dijo él, acercándose—, puedo probarlo.

Renata no retrocedió. En cambio, inclinó la cabeza hacia atrás, dejando que su cuello quedara expuesto, la piel tensa, los poros marcados por el calor del sol que aún entraba por la ventana. Alejandro apoyó los dedos en su mandíbula, giró su rostro con ternura, y besó el punto donde su pulso latía con fuerza.

—Huele a casa —murmuró.

—Es porque nunca me fui —respondió ella, y entonces lo tomó por la muñeca, lo condujo hacia la puerta del comedor, abrió el mueble bajo el espejo grande que colgaba allí, y sacó una vela de cera blanca y un encendedor. Lo encendió con un chasquido suave.

—¿Esto también está en la receta? —preguntó él, riendo entre dientes.

—No —dijo Renata—. Esto es para cuando el horno ya no basta.

La vela se posó sobre la mesa de madera oscura, iluminando sus rostros con una luz temblorosa. Él se quitó la camisa lentamente, dejando al descubierto el pecho ancho, las cicatrices de una caída en bicicleta a los doce años, y las marcas de sol en los hombros. Ella deshizo el nudo del delantal y lo dejó caer al suelo, sin prisa, con la conciencia de que cada movimiento se convertía en promesa.

—¿Te acuerdas del primer beso? —preguntó ella, acercándose hasta que su cuerpo tocó el de él.

—Claro —dijo él, y bajó la mano hasta su cintura, jalándola con suavidad—. Estabas nerviosa. Te temblaban las manos al atarte el pelo.

—No fue nerviosismo. Era para que no me viera mirarte.

Él la besó entonces, lento, con los labios húmedos, con la lengua que exploraba como si fuera la primera vez, como si cada vez que se encontraran, el mundo se reiniciara.

Y cuando las manos de ella subieron por su espalda, cuando él deslizó los dedos por la curva de su cadera, cuando el calor se volvió insoportable y el espejo reflejó sus cuerpos entrelazados, no hubo dudas, ni arrepentimientos, ni prisa: solo el tiempo necesario para aprenderse otra vez, en cada respiración, en cada roce, en cada palabra no dicha pero escuchada.

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