El Juego del Espejo
7 minEl Juego del Espejo
Vos sabés cómo es: a veces, el deseo no late en el cuerpo, sino en la mirada que se esquiva, en el gesto que se retrae, en el silencio que se alarga entre dos personas que ya se conocen hasta en los huesos. Yo, con mi mujer, Lucía, llevábamos años en ese punto: cómodos, queridos, pero con una capa de sal que iba endureciéndose sobre lo que antes era fuego. Hasta que apareció Federico.
Fue en esa fiesta en Punta del Este, no en verano, sino en mayo, cuando el aire ya no huele a salitre sino a humo de leña y promesas pendientes. Lucía llevaba un vestido verde bosque, ceñido hasta la cintura, abierto hasta la mitad de la espalda, y en ese corte, una línea que iba de nuca a cintura como un corte de tijera sobre papel finísimo. Yo, con mi camisa abierta dos botones de más, sentía el calor de su espalda contra mi pecho cada vez que ella se acercaba a tomar un trago. Ella no lo sabía, pero yo sí: cada vez que Federico pasaba cerca, Lucía se tensaba. No de incomodidad. De advertencia.
Federico era alto, pero no imponente. Tenía manos grandes, dedos anchos, y una risa que no salía de la boca, sino del vientre, baja y lenta. Nos presentaron. Yo le di la mano. Él me miró a los ojos y dijo: “Escuché que trabajás en arquitectura. Yo diseño espacios para que la gente se sienta más libre”. Lucía sonrió. No una sonrisa cualquiera. Una sonisión de labios que ya sabía algo que aún no se decía.
Esa noche, después del café, Federico se acercó a Lucía y le susurró algo que no escuché. Ella se levantó, me miró —y ahí, en ese instante, sentí el primer trazo de arena en la nuca— y me dijo: “Vengo en un rato, ¿sí?”. No respondí. Solo asentí, y mientras ella se iba con él por el pasillo que daba al jardín trasero, yo me quedé mirando cómo se abría la puerta de cristal, cómo sus caderas se balanceaban como si ya hubieran decidido donde iban a parar.
Me tomé dos whiskies seguidos. No por nervios. Por paciencia.
Cuando volvió, el pelo le rozaba los hombros, despeinado a su manera, esa mezcla de desorden y intención que solo ella sabe llevar. Tenía las mejillas enrojecidas, los labios más húmedos, y los ojos… los ojos tenían algo que no había visto en meses: una chispa de peligro dulce. Se sentó a mi lado, apoyó la cabeza en mi hombro, y me dijo, con voz que parecía salída de una canción vieja:
—Me gustó. Me gustó mucho.
No pregunté quién. Ya lo sabía.
—¿Y vos? —me preguntó, sin mirarme.
—Lo vi en vos.
Ella suspiró. No un suspiro de cansancio, sino de rendición anticipada.
—¿Te importa si le escribo? —preguntó, y en ese “le” hubo más que un nombre.
—Escribile —le dije—. Pero decile que me querés a mí también.
Ella se rio, una risa corta, de esas que solo se dan cuando el cuerpo ya aceptó lo que la mente aún dudaba.
—Vos sos un puto desesperado —me dijo, y me dio un golpecito en el muslo.
—Sos vos la que ya lo tenés pensado.
Lucía no negó. Solo se acercó, me besó en la oreja, y me dijo, con el aliento caliente:
—El jueves, en mi cumpleaños. Federico va a cenar acá. Sola. Después de que te vayas.
—¿Y vos qué hacés mientras yo me voy?
—Me pongo algo que vos no me pusiste nunca. Y espero que Federico me lo quite.
Cenamos esa noche sin decir nada más. Solo miradas. Cada vez que Lucía movía la cuchara, yo sentía un latido en la entrepierna. Cada vez que se mordía el labio, yo imaginaba cómo Federico la estaría mirando, cómo le tocaría la mano, cómo le diría “vení”.
El jueves llegó. Yo me fui a las once. Ella me abrazó en la puerta, me besó con una lengua que ya sabía que no era solo mía.
—No tardes —me dijo.
—No voy a tardar —le mentí.
Pero lo que no dije fue: *voy a volver temprano*. Porque no quería perderme nada.
Cuando abrí la puerta dos horas después, la casa estaba oscura. Solo la luz de la lámpara de noche, tibia, sobre la cama. Lucía estaba acostada de costado, con una sábana apenas cubriéndole el culo, las piernas ligeramente abiertas. Tenía una mano bajo la nuca, la otra colgada al borde de la cama. La piel brillaba con una capa fina de aceite. Y entre sus muslos, algo rojo. Un lazo. Un lazo de seda negra, pero con un nudo rojo, como una herida.
Sentí el pulso en las sienes. No de ansiedad. De promesa cumplida.
Me acerqué despacio. Me senté en el borde de la cama. Ella no abrió los ojos.
—Federico ya se fue —dijo, sin moverse.
—Lo imaginé —respondí, y le toqué la rodilla.
—Me gustó. Me gustó mucho más de lo que pensaba.
—¿Por qué?
—Porque vos no estabas. Porque yo no tenés que pedirte permiso. Porque era solo mío. Y suyo. Y de nadie más.
Me incliné. Le besé la espalda, justo donde el vestido verde había dejado una marca. Le pasé la mano por la cadera, y sentí la humedad bajo el lazo. Ya lo tenía. Ya lo tenía hecho.
—¿Me lo quitás? —me preguntó, por fin, y me miró.
Sus ojos no pedían. Ordenaban.
Le deshice el nudo. La seda bajó, suave, y la luz se posó sobre su concha, hinchada, oscura, con un brillo que solo el deseo sabe darle. No la toqué aún. Solo la miré. Ella se estiró, como una gata que se entrega sin rendición.
—Dame —susurró.
Le separé los labios con el dedo. Se humedeció, y yo sentí el olor: mi olor, el suyo, y algo más, algo salado y animal, que solo Federico podía haber dejado.
—Me la vas a meter —le dije—. Y cuando vengas, cuando me la tengas toda, me la vas a dar. La boca, la mano, lo que vos quieras. Pero la vas a hacer mía, y solo mía.
Ella sonrió. Una sonrisa de triunfo.
—Vos ya me la tenés —dijo—. Solo que no lo sabés.
Me levanté. Me desabroché los pantalones. Me sacué el pene, tieso, pesado, con la punta brillante. Ella me miró, sin vergüenza, con una mano en la cintura, la otra ya sobre su propio cuerpo.
—Vení —me dijo—. Que el espejo nos está viendo.
Y ahí, frente al espejo del cuarto de baño, con la luz tenue, con el eco de la ciudad lejana y el calor que subía de adentro, la cogí. No con furia. No con prisa. Con la lentitud de quien sabe que el placer no es un destino, sino un camino que se repite, pero cada vez distinto.
Ella se agarró de mis hombros, me empujó la cabeza contra su pecho, me mordió el cuello, me pidió que le cogiera fuerte, que le dejara las uñadas, que le hiciera daño si era necesario. Y yo le di todo: el ritmo, el peso, el calor. Y cuando ella vino, con un grito que no quería callar, yo la sentí estrecharse, apretarse, y me dije: *esta es la mujer que elegí. Esta es la que quiero ver brillar, aunque el fuego no sea solo mío*.
Después, nos quedamos abrazados, sudorosos, sin hablar. Ella apoyó la cabeza en mi hombro, y me dijo, casi en un susurro:
—Mañana volvemos a ser solo nosotros. Pero hoy, hoy fuimos tres.
—Hoy fuiste tú —le corregí—. Y Federico fue solo el espejo.
Ella rio. No una risa ligera. Una risa de quien sabe que el juego sigue.
—Sí, sí —dijo—. Mañana volvemos a ser solo nosotros.
Y en ese silencio, con su respiración calmada sobre mi piel, yo supe que el deseo no se acaba. Solo se transforma. Y a veces, cuando uno es lo suficientemente listo, o lo suficientemente loco, descubre que el cuerpo no quiere dueño. Solo quiere libertad.
¿Te ha gustado? Valóralo