El Juego del Culo
4 minEl Juego del Culo
La luz del atardecer se colaba por las rendijas de las persianas entreabiertas, pintando rayas doradas sobre el suelo de madera del apartamento en el barrio La Candelaria. Mariana, sentada en el borde del sofá, con la falda subida hasta la mitad del muslo y las manos quietas sobre las rodillas, esperaba. No con ansiedad, sino con esa calma que solo da saber que el juego iba a comenzar. En la puerta, al otro lado del marco, estaba Santiago: camisa abierta hasta el ombligo, cintura estrecha, muslos firmes y los ojos cargados de una promesa que ya había cumplido antes.
—Ven —dijo ella, sin moverse, voz baja pero firme, como cuando se le pide algo que ya se sabe que va a pasar.
Santiago cruzó el umbral, descalzo, con los calcetines deslizados hasta los tobillos. Se detuvo a un metro, observando cómo el pecho de Mariana subía y bajaba con respiración pausada. Ella levantó una ceja, como quien desafía al destino.
—¿Te acuerdas de las reglas?
—Claro que me acuerdo —respondió él, acercándose lentamente—. Si te digo “arrodíllate”, te arrodillas. Si te digo “abre las piernas”, las abres. Y si te digo “calla y mame”, callas y mamas.
Ella asintió, y por primera vez, un leve temblor recorrió su cuerpo. No de miedo, sino de anticipación. Él se detuvo frente a ella, levantó una mano y le acarició la mejilla con el dorso de los nudillos. Luego, con el mismo dedo, le separó los labios de la boca y le frotó la lengua con suave crudeza.
—Tú mandas —dijo ella—. Pero solo hasta que yo diga basta.
Santiago sonrió, ese medio gesto que usaba cuando ya sabía que controlaba la cuerda, sin aflojarla nunca. Le agarró la muñeca derecha y se la llevó por detrás del cuello, presionando con fuerza pero sin dolor, como quien sostiene un frasco de cristal que no quiere romper.
—Abre las piernas.
Ella obedeció. La falda se le subió más, descubriendo la lencería negra con encajes finos que apenas cubría el culo, redondo y terso, con esa curva que hacía temblar los ojos a cualquiera que lo mirara con intención. Él le pasó la otra mano por dentro del muslo, subiendo hasta rozar el borde del coño, ya húmedo, ya listo.
—Estás mojada —dijo, voz grave, casi un gruñido—. ¿Por qué?
—Porque tú estás aquí —respondió ella, con la voz un poco rota—. Porque me gustas así, controlándolo todo.
Él le soltó la muñeca y le agarró la cintura, levantándola con facilidad y sentándola en el respaldo del sofá. Ella, sin perder el contacto visual, se pasó las manos por los pechos, apretando los pezones ya duros bajo la blusa. Santiago se arrodilló entre sus piernas y le subió la falda hasta la cintura, dejando al descubierto el culo entero. Se inclinó, le dio un mordisco suave en la nalgas derecha, y luego el izquierdo, con más fuerza, hasta sentir el leve sabor a sal y sudor. Ella soltó un gemido bajo, corto, como si estuviera conteniendo algo que quería soltar después.
—Voy a meter la lengua hasta adentro —dijo él, y sin esperar respuesta, le separó los labios de la vagina con los dedos y se metió la lengua con decisión. Le lamía el clítoris, lo mordisqueaba, lo chupaba, y mientras, le metía un dedo, dos, tres, con movimientos cortos y rápidos, hasta que ella empezó a mover las caderas, pidiendo más, pidiendo que la jodiera ya.
—Dime qué quieres —le susurró él, soltando el clítoris y mirándola directo a los ojos.
—Te quiero dentro —respondió ella—. Te quiero meterme tu pito entero y no soltarte hasta que te salgas.
Santiago se puso de pie, se desabrochó el cinturón, se bajó la cremallera y sacó el pito, ya duro, grueso, con la punta brillante de presemilla. Le rozó el orificio con la punta, la entrada ya caliente, ya lista, y la empujó adentro con un solo impulso. Mariana gritó, no de dolor, sino de placer puro, como cuando se abre una botella de aguardiente bien fría y se siente el fuego en la garganta.
—Más —dijo ella, agarrándolo de los hombros—. Más adentro.
Él le agarró las caderas y empezó a moverse, con estocadas cortas, profundas, golpeando su culo con fuerza, haciendo que el sonido de piel contra piel se mezclara con sus jadeos. Ella se inclinó hacia atrás, le apretó los pechos y le mordió el hombro, mordiendo fuerte, como queriendo dejar marca. Él le soltó una mano y le agarró el pelo, tirando suavemente para que le alzara la cabeza, y le besó la boca con la lengua, mientras seguía metiéndose, metiéndose, hasta que ella sintió que el mundo se le derrumbaba y gritó su nombre, como si fuera una plegaria.
Él la soltó, se retiró un instante y se volvió a meter, esta vez más rápido, más fuerte, hasta que sintió que la corriente le subía por la columna y se le salió el pito, ya agotado, ya lleno de su calor.
—Estás rico —dijo Mariana, con la voz rota y los ojos cerrados—. Estás rico, Santiago.
Él
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Cuento desde adentro, en voz baja. Lo que una piensa, lo que una calla, lo que una termina haciendo cuando nadie mira.