El Juego del Cielo en la Planta Baja
7 minEl Juego del Cielo en la Planta Baja
La lluvia golpeaba suave contra los vidrios del apartamento de la calle 13, en el barrio San José, mientras el cielo se ponía de un gris plomizo que recordaba al humo de un cigarro apagado. Mateo, con el pelo aún mojado por el aguacero, apoyó la espalda contra la puerta cerrada y dejó que el silencio lo envolviera. En la oscuridad, apenas iluminado por el resplandor de la farola del frente, vio a Valeria sentada en el borde del sofá, con las piernas cruzadas y las manos entrelazadas sobre el muslo. Llevaba una blusa blanca, empapada en la humedad del aire y pegada al contorno de sus pechos, y una falda corta que dejaba entrever el borde de una braguita negra.
—¿Te asustaste cuando sonó el trueno? —le preguntó Mateo, acercándose despacio, con la voz baja, casi un murmullo.
Ella no lo miró de inmediato. Primero bajó los ojos, como si estuviera revisando algo dentro de sí misma. Luego, lentamente, alzó la mirada. En sus ojos no había miedo, sino una chispa que brillaba con curiosidad y algo más, algo que no había salido aún a la luz.
—No —respondió, con una sonrisa pequeña, casi tímida—. Solo me di cuenta de que no sabía si venías o no. Y eso… me puso nerviosa.
Él se detuvo frente a ella. Podía sentir el calor que emitía su cuerpo, incluso a esa distancia. El olor a jabón de manzanilla y a su propia piel, dulce y cálida, le llegó como una promesa.
—¿Y ahora qué sientes?
Ella tragó saliva, y por primera vez, su voz tembló.
—Siento que esto es… rico. Pero también que si me tocas ahora, me voy a derramar como el café cuando se le cae la leche.
Mateo sonrió. Se sentó a su lado, sin tocarla aún. Sólo con el roce de sus hombros. Le alzó la barbilla con el dedo índice, con una ternura que no era de la costumbre, sino de la intención.
—Entonces no te tocaré… hasta que tú me lo pidas.
Ella lo miró fijo. Por un momento, el tiempo pareció detenerse. La lluvia seguía cayendo. El reloj de pared marcaba las ocho y veintitrés. En la cocina, el goteo de la llave mal cerrada marcaba un ritmo lento, como un tambor de espera.
—¿Y si no lo hago? —preguntó, casi en un susurro.
—Entonces… —Mateo se inclinó, dejando su boca a centímetros de la suya—, yo te lo voy a pedir. Pero no como quieras. Como yo quiera.
Ella cerró los ojos. Un leve estremimiento recorrió su cuerpo. Cuando los volvió a abrir, su mirada ya no era de duda, sino de entrega.
—Entonces… mátame con paciencia.
Él no respondió con palabras. Se levantó, le tomó la mano y la hizo ponerse de pie. Con suavidad, le desabrochó la blusa, botón tras botón, sin prisas, como si cada uno fuera una oración. Cuando los pechos quedaron al descubierto, Mateo no los tocó. Sólo los miró. Redondos, firmes, con pezones que ya se habían endurecido como cerezas maduras bajo el sol de Medellín.
—Tú sabes lo que quiero —dijo él, con la voz ya más grave.
Ella asintió, sin bajar los ojos. Con lentitud, se quitó la falda, dejándola caer al suelo. Detrás, la braguita negra se alzaba como una bandera de rendición. Mateo se arrodilló frente a ella, sin romper el contacto visual. Le separó las piernas con las manos, con respeto, con reverencia. Y entonces, por primera vez, la tocó: con la yema de los dedos, rozando el interior de sus muslos, subiendo poco a poco, hasta que su mano encontró el centro húmedo y caliente.
—¿Así te gusta? —preguntó, sin mirarla, con la voz llena de humedad.
—Sí… —murmuró Valeria, con los dientes apretados—. Pero quiero más.
—Te lo voy a dar. Pero primero… me vas a decir qué es lo que más te gusta.
Ella dudó. Luego, en un hilo de voz, respondió:
—Que me mires… mientras te mamas.
Mateo no se movió. Sólo la miró. Y cuando vio que ella asentía, que sus ojos pedían permiso con una intensidad que no se negaba, se inclinó. Con la boca, rozó el centro húmedo de Valeria, una vez, dos veces, sin entrar aún. Ella jadeó, arqueó la espalda, y por primera vez, dejó salir un grito ahogado.
—Dios… Mateo…
—Shhh… —él la interrumpió, suave—. No digas mi nombre así. Si lo haces, no podré contenerme.
Y entonces, con cuidado, con la lengua tibia y móvil como una promesa, la tocó de verdad. Le lamió el clítoris con ternura, como si fuera un secreto que no debía contarle a nadie, pero que merecía ser saboreado. Valeria empezó a mover las caderas, con movimientos pequeños, tímidos, como si temiera romper algo. Él la sostuvo con las manos, firme, como si fuera un objeto valioso.
—No te muevas… —le dijo, con la voz rota—. Deja que yo te mueva.
Ella obedeció. Y cuando él metió un dedo dentro de ella, lento, con la palma apoyada en su pubis, Valeria soltó un gemido que no logró contener.
—Ay dios mío… rico… rico…
—Sí, mi rica… —Mateo le besó el cuello, mordió suavemente la curva de su hombro—. Di lo que sientes.
—Que me voy… que no puedo más… que quiero que me lo metas todo… —ella jadeaba, con los ojos cerrados, las uñas hundidas en sus propios muslos—. Pero que también quiero que me domines… que me hagas sentir que no sirvo para nada si no me lo pides tú.
Él se levantó entonces, con lentitud, y la tomó de la cintura. La giró, la hizo ponerse de rodillas frente a él. Con la mano, le levantó la cabeza, la obligó a mirarlo.
—¿Quieres que te mame el pito? —le preguntó, con una sonrisa que no era de burla, sino de complicidad.
Ella asintió, con los ojos brillantes. Mateo se quitó los pantalones y la ropa interior, y se puso frente a ella, con el pene rígido y grueso, como un pimiento fresco recién cogido del árbol. Ella lo miró sin vergüenza, con curiosidad, con deseo. Y entonces, con la boca abierta, lo tomó entre los labios, lento, profundo, hasta que sintió el sabor salado y cálido de su piel.
—Ay, dios mío… —Mateo cerró los ojos, apretó los puños—. Te estás mameando mi alma, Valeria.
Ella lo miró desde abajo, con los ojos entreabiertos, y soltó el pene con un sonido húmedo. Se limpió la boca con el dorso de la mano, y le dijo, con una sonrisa de niña traviesa:
—Entonces, ¿ya me lo vas a dar?
Mateo la levantó, la colocó de espaldas sobre el sofá, le separó las piernas y se colocó entre ellas. Con la punta del pene, rozó su entrada, y ella gimió.
—Dime que sí… —le pidió.
—Sí, jefe… —respondió ella, con una sonrisa traviesa—. Sí, mi jefe.
Y entonces la penetró con un solo movimiento suave, profundo, como si estuviera entrando a un lugar que ya conocía desde niño. Ella arqueó la espalda, soltó un grito ahogado, y lo atrajo hacia sí.
—Más… —susurró—. Más fuerte, pero sin romperme.
Él empezó a moverse, con ritmo, con calma, con una precisión de reloj suizo. Cada embestida la hacía vibrar, cada pausa la hacía gemir. Ella le mordía los hombros, le rozaba los cabellos con las uñas, le decía cosas en voz baja que él no entendía del todo, pero que sentía en el pecho como un eco.
—Estoy… casi… —murmuró Valeria, con los ojos cerrados.
—Yo también… —respondió Mateo—. Pero quiero que vengas primero.
Y entonces, con una mano, le acarició el clítoris, con movimientos rápidos, cálidos, insistentes. Ella se deshizo en sus brazos, con un gemido agudo, con las uñas hundidas en sus brazos, con el cuerpo entero temblando.
—¡Ay dios mío! ¡Ay dios mío!
Mateo la abrazó, la giró, la puso sobre su pecho, y cuando se corrió dentro de ella, lo hizo con un grito ahogado, con la frente apoyada en su hombro, con las lágrimas en los ojos.
Después, ambos quedaron callados. La ll
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