El Juego del Agua y el fuego
7 minEl Juego del Agua y el fuego
La primera vez que vi a Camila con ese vestido de seda color miel, me olvidé de respirar. Estaba en la terraza de su casa, bajo el sol de mediodía de un sábado de junio, y ella me ofrecía una limonada con hielo que derramó un poco en mi muñeca. El frío me hizo saltar, y ella rio —una risa larga, cálida, como miel derretida— mientras limpiaba con el dorso de su pulgar la gota que se había escapado. No fue casualidad. Lo supe enseguida.
—Estás pálido —dijo, inclinándose un poco más, y su pecho rozó mi hombro—. ¿Te pone nervioso el agua?
Yo no sabía aún que esa sería la pregunta que abriría la puerta.
Camila tenía treinta y pocos años, dos hijos en la universidad, y una manera de mirar que no pedía permiso, sino que lo tomaba como un derecho que ya le habían concedido. Esa tarde, después del café y los chistes malos de su esposo (Ricardo, un hombre amable, de risa suave y manos que siempre parecían tener algo que hacer), me dijo: —Este domingo, a las siete. Trae toalla. Y ganas de jugar.
No pregunté qué juego.
El domingo, llegué con quince minutos de anticipación. La casa estaba en silencio, solo el zumbido de las abejas en el jardín y el eco del agua corriendo dentro. La puerta estaba entreabierta, como si me estuviera esperando. En el pasillo, sobre una banca de madera, había dos toallas plegadas, una rosa y una blanca. Junto a cada una, una botella de aceite de almendras, una vela de soja, y una tarjeta escrita a mano: *Para ti.* *Para ti también.*
Entré.
El baño estaba iluminado con velas. El aire olía a eucalipto y vainilla. En la bañera de patas, llena hasta la mitad, flotaban pétalos de rosa y hojas de menta. Dentro, Camila se sumergía hasta los hombros, con los ojos cerrados, las piernas ligeramente separadas, los brazos apoyados en el borde.
—Llegaste temprano —dijo sin abrir los ojos—. ¿Te gusta el agua?
—Me gusta el agua contigo —respondí, desabrochándome la camisa con lentitud, como si cada botón fuera una decisión que no quería apurar.
—Entonces date prisa. Estoy fría.
Me deshice de los pantalones, dejé las medias dobladas sobre la silla de madera, y bajé a la bañera. El agua estaba templada, perfecta. Camila me tomó la muñeca y me guió hacia su lado, hasta que mis piernas quedaron entre las suyas.
—Ahora —susurró—, cierra los ojos.
Escuché el crujido de una tela, el golpe sordo de algo que se dejaba caer suavemente en el suelo. Cuando volví a abrirlos, ella estaba ahorita frente a mí, con las piernas aún dentro del agua, pero ya sin vestido. Sus pechos, firmes y redondos, flotaban a la superficie, los pezones oscuros y endurecidos por el contraste térmico. Me acerqué y besé el primero, lentamente, sabiendo que no era solo un beso, sino una entrada.
—Estás bien —dijo, apoyando la cabeza en mi hombro—. Pero no es suficiente.
—¿Qué más necesitas? —pregunté, y sentí cómo su respiración se aceleraba.
—A él.
—¿A quién?
—A Mateo.
No lo conocía. Pero lo vi entrar poco después, con una toalla al cuello y una botella de vino tinto en la mano. Alto, de hombros anchos, piel morena y pelo canoso en las sienes. Una cicatriz en forma de media luna le cruzaba la ceja izquierda. Se quitó la toalla y se sumó a la bañera con un suspiro de alivio.
—¿Todo listo? —preguntó, y su voz era un ronroneo.
Camila asintió y le tendió la botella. Él la abrió con los dientes, la probó, y luego me la pasó. El vino era fuerte, afrutado, con un final amargo que se disolvió en mi lengua como una promesa.
—Ahora —dijo Camila—, Mateo te va a besar como yo lo hice. Y luego, yo te besaré de nuevo. Y así, hasta que no sepamos quién ha estado más tiempo en tu boca.
Mateo se acercó. No fue rápido. Fue deliberado. Sus labios eran grandes, secos, y cuando los apretó contra los míos, sentí el calor de su piel incluso bajo el agua. Su lengua no invadió, sino que exploró, como si fuera la primera vez que tocaba una lengua ajena. Yo le correspondí con la misma paciencia, con la misma curiosidad.
Cuando nos separamos, Camila me tomó la nuca y me giró.
—Ahora soy yo —dijo, y me besó con la boca llena del vino y de Mateo.
Yo no sabía si respirar. Solo sabía que quería más.
—Quiero sentirlos a los dos —dije, cuando pude hablar—. Ahora.
Camila sonrió y se levantó de la bañera. El agua le resbalaba por el cuerpo, resaltando cada curva, cada sombra. Se acercó a la vela, la apagó con un soplido suave, y luego encendió otra, esta vez más pequeña, sobre la mesa junto a la ducha.
—Vengan —dijo, y nos indicó que la siguiéramos.
La ducha era grande, de cristal transparente. Ella se puso frente al chorro, con la espalda hacia nosotros, y nos pidió que la laváramos. Yo tomé la esponja de algodón, la empapé en agua tibia y la pasé por su espalda, bajando despacio, hasta las curvas de sus glúteos. Mateo me ayudó, con una mano en su cintura y la otra mojando su cabello con movimientos circulares.
—Ahora —dijo Camila—, voy a sentarme. Mateo, tú estarás atrás. Yo, adelante. Y tú… tú estarás en medio.
Se sentó sobre el banco de madera que había dentro de la ducha, con las piernas separadas, el agua cayéndole sobre los pechos, sobre el vello púbico oscuro y bien recortado. Mateo se puso detrás de ella, con las manos en sus caderas, y yo me senté frente a ella, entre sus piernas.
—Toca —dijo Camila—. Tú primero.
Pasé los dedos por su clítoris, húmedo y sensible, y ella jadeó. Mateo, a su espalda, me guió la mano y me puso la otra sobre su pene, ya endurecido y ligeramente húmedo.
—Ahora —dijo—, que yo te toque.
Lo hice. Sus dedos se cerraron alrededor de mí, lentos, seguros. Y mientras él me llevaba a la cima, Camila me abrió la boca con la punta de su índice y me besó, con la lengua y con el agua.
No fue un acto. Fue un ritual.
Cuando Mateo entró en ella, lo hizo despacio, como si no quisiera romper nada. Yo me deslizé entre sus piernas y comencé a moverme con ella, con su ritmo, con su respiración, con el sonido del agua y el calor de sus pechos contra mi pecho.
—Sí —murmuró Camila, con los ojos cerrados—. Sí.
—Más —dije.
—Más —repitió ella.
Y Mateo comenzó a empujar con más fuerza, con más ganas, y yo seguí su ritmo, y ella nos llevó a todos a un lugar donde no había tiempo, solo sensación.
Cuando llegó su orgasmo, fue fuerte, largo, con un grito que resonó en el cristal y se disolvió en el vapor. Mateo la siguió poco después, con un suspiro que parecía una oración. Y yo, cuando sentí que el mío venía, me incliné hacia adelante y besé su cuello, mientras su pecho se pegaba al mío y su respiración se mezclaba con la mía.
Después, nos quedamos allí, en la ducha, con el agua tibia cayendo sobre nosotros, con sus manos aún sobre mí, con su cabeza apoyada en mi hombro, y con Mateo, sentado junto a ella, que nos miraba y sonreía.
—¿Otra ronda? —preguntó ella, con la voz aún pastosa.
—¿Tienes más bañeras? —respondí.
Y ella se rió, esa risa que no pedía permiso, sino que lo tomaba como un derecho.
—No —dijo—. Pero sí tengo más ideas.
Y así, bajo el chorro del agua, con el olor del eucalipto y el sabor del vino en la lengua, supe que aquel domingo no había sido solo un encuentro. Había sido una revelación.
Y el agua, al final, no había servido para nada, salvo para hacer el juego más juguetón.
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Sexo con sonrisa. Me gustan las situaciones cotidianas que se salen de control, el humor y lo que pasa cuando dos personas se atreven.