El Juego de las Sillas Vacías

El Juego de las Sillas Vacías

@valentina_ruiz ·5 de junio de 2026 · ★ 4.2 (11) · 344 lecturas · 7 min de lectura

La primera vez que entré a la fiesta de los jueves en la casa de Marta, me dije: “Esto no es para mí”. Pero ya había bebido dos copas de mezcal arriba de su terraza, con vista al cerro de la Estrella, y el calor no me daba permiso para pensar con claridad. Los vecinos no sabían nada —solo sabían que Marta daba fiestas “de arte” y que a veces se oía música fuerte—, y eso era más que suficiente para que nadie tocara la puerta a las tres de la madrugada, cuando el jardín ya estaba lleno de cuerpos entrelazados, risas ahogadas y manos que exploraban sin pedir permiso, pero sí con sonrisa.

Ese día, yo iba con una amiga, Lupita. Ella ya venía asistiendo desde hacía un mes. “Es que aquí no te rinden las excusas”, me dijo mientras me tomaba del brazo y me guiaba hacia el interior. “Si no te lo crees, te vas. Pero si te quedas… te dejas llevar.”

Yo no me dejé llevar. Me dejé *invitar*.

La primera persona que me habló fue un hombre alto, de piel morena oscura y ojos que brillaban como si hubiera estado mirando fuego toda la noche. Se llamaba Daniel. Me ofreció una copa de tequila reposado con una rodaja de naranja y una salvia seca. “No es el típico trago de fiesta”, me dijo. “Pero se bebe lento, como el sexo que se quiere guardar.” Me reí. No sabía si era coqueteo o solo un tipo que hablaba raro, pero me gustó la forma en que me miró —no con ganas de poseerme, sino con curiosidad, como si quisiera descubrir qué historia tenía guardada en la mirada.

Me senté en una silla de mimbre que había junto al sofá, y él se quedó de pie frente a mí, pero no hablamos más. Solo nos miramos mientras la música cambiaba: jazz lento, con saxo y bajo profundo, como si el mundo entero respirara con nosotros.

Fue entonces cuando apareció ella: Sara. Alta, de cuerpo esbelto, cabello rizado que le llegaba a los hombros, y una sonrisa que parecía tener un secreto consigo. Se acercó, se sentó a mi lado, y me dijo al oído, con voz suave pero clara: —¿Te gusta que te miren sin pedir permiso? —Depende —respondí, sin apartar la vista de su cuello—. ¿Y a ti, te gusta mirar sin que te vean?

Ella rio, un riso bajo, casi un susurro, pero no tímido. Más bien, confiado. —Sí. Me encanta. Pero hoy no voy a mirar. Hoy voy a ser mirada.

Y en ese momento, Daniel se arrodilló frente a nosotras, como si lo hubiera ensayado. No con urgencia, sino con intención. Me tomó la mano derecha, y Sara tomó la izquierda. —No es necesario que digan nada —dijo Daniel—. Solo que digan *sí* cuando quieran seguir. Y si en algún momento quieren parar, solo basta con soltar la mano. No hay vergüenza. Solo juego.

Yo sentí un cosquilleo en la nuca. No era miedo. Era algo más vivo, más limpio. Como cuando te bañas en agua fría y sientes que el cuerpo entero te dice: *¡ahí estás!*

Sara me soltó la mano y se levantó. Me tendió la otra. —Vamos. Primera ronda: sentadas.

No entendí al principio. Nos sentamos una frente a la otra, sobre el sofá grande, con las piernas cruzadas. Daniel se puso de rodillas entre nosotras, y con una lentitud que parecía calcada de un baile, me pasó los dedos por el cuello, bajó hasta los hombros, y luego deslizó las puntas de los dedos bajo la tela de mi blusa hasta rozar la curva de mis senos. No me tocó con fuerza. Solo *acarició*, como si estuviera leyendo algo en mi piel.

Sara, frente a mí, me miraba con los ojos entrecerrados. Cuando Daniel pasó la mano por mi cintura, ella se inclinó hacia atrás y se quitó la camisa. No con intención de mostrar, sino de *invitar*. Me ofreció el pecho, y yo, sin pensarlo, pasé los dedos por su clavícula, luego por el borde de su sostén, hasta que ella misma se lo desabrochó con una mano y lo dejó caer al suelo.

Daniel entonces se puso de pie y me quitó la blusa, pero no me la sacó por la cabeza. Solo la deslizó por los brazos, despacio, como si fuera una tela de seda que no quería arrugar. Cuando me quedé en top y short, él se volvió hacia Sara y le dijo: —Ahora tú.

Ella se puso de pie y se acercó a mí. No me besó. Me pasó una mano por la cintura, bajó hasta la curva de mis caderas, luego por las nalgas, y con los dedos abrió el elástico de mi short. Lo deslizó hacia abajo, pero no lo sacó del todo. Solo lo bajó hasta las rodillas, como si me dejara entreabierto, entre promesa y entrega.

Fue entonces cuando entró otro hombre. Alto, rubio, de ojos azules pálidos, como el agua en invierno. Se llamaba Rafael. Se detuvo frente a nosotras, y con una sonrisa tranquila, se quitó la camisa. No había prisa. No había competencia. Solo presencia.

Sara se acercó a él y le pasó los dedos por el pecho, luego por el estómago, hasta que se agachó y le desabrochó el pantalón. Él no se movió. Solo respiró hondo y se dejó hacer.

Yo me quedé sentada en el borde del sofá, con los short bajados, las piernas ligeramente separadas, y miré cómo Daniel pasó la mano por la espalda de Sara mientras se quitaba el sostén, y cómo Rafael, con una mano en la nuca de ella, la besó por primera vez. No fue un beso apasionado. Fue un beso de prueba. De confirmación.

Entonces, Daniel se puso de pie frente a mí, se quitó la camisa, y se sentó a mi lado. Me tomó la cara entre las manos, y me besó. Lento. Con la lengua apenas rozando la mía, como si estuviera aprendiendo mi sabor. Me dejé ir. Sentí que mi cuerpo se calentaba desde adentro, como si me estuviera derritiendo poco a poco.

Cuando se separó, me susurró: —¿Quieres que te toque ahora? —Sí —respondí, sin dudar—. Pero no con las manos. Con la boca.

Me miró, y por un instante, pareció dudar. Pero solo por un instante. Asintió, se inclinó, y me besó de nuevo, pero esta vez bajó lentamente por mi cuello, por el borde de mis senos, hasta que pasó la lengua por mi ombligo. Luego, con una mano en mis caderas, me levantó un poco y se puso frente a mí, entre mis piernas, que ya estaban más abiertas de lo que yo quería admitir.

Me desabrochó el short hasta el suelo, y entonces, con cuidado, me separó los labios y me besó allí. No con urgencia. Con curiosidad. Con respeto. Sentí que mi cabeza se inclinaba hacia atrás, que mis uñas se clavaban en los brazos del sofá, y que por primera vez en mucho tiempo, no me importaba quién me miraba. Solo me importaba sentir.

Daniel se levantó, y en ese momento, Rafael se acercó a Sara, que ya estaba sentada en el suelo, con las piernas separadas, las manos sobre sus muslos, y los ojos cerrados. Él se puso frente a ella, le quitó el short y se inclinó a besarla también.

Y yo, mientras Daniel me lamía con una lentitud que dolía bien, sentí que la casa no era solo una casa. Era un santuario. Un lugar donde el cuerpo no mentía, donde el deseo no necesitaba justificación, y donde la confianza era el único lenguaje que importaba.

Cuando por fin me dejó entrar, lo hice con los ojos cerrados. No con miedo. Con entrega. Sentí su verga larga, firme, tibia, rozando mi entrada, y luego, con una presión suave, se metió poco a poco, como si temiera romper algo. Pero no rompí nada. Solo me abrí. Solo me dejé llevar.

Sara gritó cuando Rafael la penetró, un grito que no era de dolor, sino de reconocimiento. Como si hubiera estado esperando ese momento desde siempre.

Daniel se movió con calma, con un ritmo que solo se aprende en la oscuridad. Yo lo abracé por la espalda, lo sentí sudado, cálido, vivo, y le susurré al oído: —Más fuerte. —¿Estás segura? —Sí. Chingar no es pecado. Es arte.

Y así seguimos. Con los cuerpos que se buscaban, con las manos que no necesitaban dirección, con las miradas que se decían cosas que las palabras no podrían explicar.

No hubo celos. Solo conexión. Solo cuerpo, piel, aliento y tiempo.

Y cuando llegamos al final, todos al mismo tiempo, no hubo vergüenza. Solo una sonrisa, un abrazo, y un “gracias” que sonó como un juramento.

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