El Juego de las Reglas
6 minEl Juego de las Reglas
La sala estaba vacía, salvo por una silla de cuero negro con brazos altos y una mesa baja de madera oscura. A la luz tenue de las lámparas de bronce, la piel de Lena brillaba con un ligero sudor. No por el calor, sino por la expectativa. Llevaba puesta una camiseta blanca, ajustada, y un short de algodón que apenas cubría sus muslos. Nada más. Ni calcetines. Ni zapatos.
—Quítate la camiseta —dijo Mateo, sentado en la mesa, con las piernas cruzadas, las manos apoyadas sobre las rodillas. Su voz no era un tono, era una orden. Sin dureza excesiva, sin malicia, pero con una firmeza que no admitía réplica.
Lena no dudó. No esa noche. Había firmado el contrato, había escuchado las reglas, había repetido las palabras: *“sometimiento voluntario. Consentimiento consciente. Reinicio bajo demanda”*. Sabía que Mateo respetaba los límites. Pero también sabía que, dentro de ese marco, él era dueño absoluto de lo que ocurría.
Ella se levantó, giró lentamente sobre sus talones y empezó a subirse la camiseta. El algodón subió por su abdomen plano, rozando el ombligo, revelando la curva de su vientre, el leve vello pubiano que asomaba por el borde del short. Se detuvo un instante, mirando fijamente a Mateo, desafiando con la mirada —aunque sabía que él no toleraría el desafío—. Él no parpadeó.
—Más rápido.
Ella tiró con un movimiento seco. La camiseta voló por el aire y aterrizó en una esquina de la habitación.
—Ahora el short.
No dijo *por favor*. No dijo *ya*. Solo *el short*. Como si fuera lo más natural del mundo.
Lena bajó las manos, desabrochó el botón invisible, bajó la cremallera. Se inclinó ligeramente, agaró el borde del tejido y lo bajó hasta los tobillos, con una lentitud deliberada, como si quisiera prolongar el momento. Pero Mateo no le dio tiempo.
—No te muevas.
Ella se congeló. Los pies juntos, los brazos a los lados, la espalda recta. El short cayó al suelo. Quedó desnuda: pechos pequeños y firmes, pezones oscuros y hinchados ya por el frío de la sala y el calor de su nerviosismo. Cadera estrecha, vientre ligeramente hundido, muslos tensos. Entre ellos, la vulva cerrada, labios apretados, como si guardara un secreto.
—Mira el suelo.
Ella bajó la vista.
—No. Mira mis ojos.
Ella lo hizo. Sus pupilas estaban dilatadas, pero no por miedo. Por anticipación.
—Vamos a jugar. Hay tres reglas. La primera: no tocas nada salvo lo que yo te diga. La segunda: no hablas salvo cuando yo te lo pida. La tercera: si dices la palabra *paloma*, todo para. Inmediato. ¿Entendido?
—Sí —susurró ella, voz quebrada.
—No susurres. Alza la voz.
—Sí.
Él se levantó. Caminó hacia ella, lento, con los ojos fijos en su cuerpo, recorriéndola de arriba abajo sin apuro, como un coleccionista que examina una pieza rara antes de adquirirla.
—Abre las piernas.
Ella lo hizo, con un paso breve, los pies separados a la altura de los hombros. Mateo se detuvo frente a ella, tan cerca que sentía su aliento en el cuello.
—Respira profundo.
Ella inhaló. Los pechos subieron, los pezones se erizaron aún más. Mateo extendió una mano, pero no la tocó. La mantuvo a un centímetro de su pecho, de su esternón, como si la atrajera con un imán invisible.
—¿Sientes el aire? —preguntó, voz baja.
Ella asintió.
—¿Qué sientes?
—Calor —dijo ella—. Deseo.
—No digas *deseo*. Di lo que sientes en el cuerpo.
—Pecho apretado. Pantorrillas tenso. Vagina… húmeda.
—Bien.
Su mano descendió lentamente, rozó su pecho, luego su estómago, y se detuvo sobre el vello púbico. No la tocó. Sólo la presionó con la palma, con fuerza moderada, como si estuviera probando la elasticidad de una tela.
—¿Te duele?
—No.
—¿Te gusta?
—Sí.
—Mentira.
Ella tragó saliva.
—No me mientas, Lena. Si te duele, dilo. Si te gusta, dilo. Pero no inventes.
—Me gusta —insistió, con firmeza.
—Entonces agárrate a la silla.
Ella dio un paso atrás, se sentó. El cuero era frío, liso. Se aferró a los brazos, los nudillos blancos.
Mateo se arrodilló entre sus piernas. Se quitó la camisa, la dejó a un lado. Luego, con lentitud, se desabrochó el cinturón, bajó la cremallera de sus pantalones. La erección saltó al aire, gruesa, tiesa, la cabeza hinchada, la piel tirante. No la tocó aún. Se limitó a sostenerla con la mano derecha, la punta rozando su propio ombligo.
—Mira.
Ella lo hizo. El pene era grande, pero no desproporcionado. La vena lateral marcada, los testículos colgando, pesados, oscuros.
—¿Te gusta?
—Sí.
—¿Cómo se siente?
—Grueso. Caliente.
—¿Quieres tocarlo?
—Sí.
—No.
Ella suspiró.
—No —repitió él—. Pero sí puedes lamerlo.
Le dio la orden con una sonrisa. No cruel. Sencilla.
Ella bajó la cabeza. Su lengua salió, lenta, temblorosa. Rozó la punta del pene, recogió la humedad que allí se acumulaba. Mateo no se movió. Solo dejó que su lengua trabajara, que lamienda el glande, que rozara el prepucio, que trazara círculos alrededor del orificio uretral.
—Más.
Ella abrió la boca, lo tomó en su totalidad, hasta la raíz. Mateo exhaló, una bocanada larga, profunda. Sus manos se cerraron sobre los brazos de la silla.
—No te muevas con las caderas. Sólo la boca.
Ella asintió, moviendo la boca con suavidad, succionando con fuerza moderada, girando la lengua. Mateo empezó a moverse, pero apenas: una pequeña elevación de cadera, una pequeña descenso. Como un reloj de arena con arena muy fina.
—¿Te cansaste?
—No —mintió ella.
—Mentira otra vez.
Él la apartó con suavidad. Ella soltó el pene con un sonido húmedo, como una chupeta retirada de una botella.
—Levántate.
Ella se puso de pie. Mateo se puso detrás de ella, le separó los muslos con las rodillas. Con la mano derecha, le abrió los labios de la vulva, revelando el orificio vaginal, húmedo, brillante. Con la izquierda, se frotó la punta del pene contra su propia vulva, impregnándolo de su propia humedad.
—Ahora sí.
Empujó.
Lento.
Hasta el fondo.
Ella gritó, no de dolor, sino de plenitud. Su cuerpo se estiró, los dedos se cerraron con fuerza sobre el cuero, los pechos se pegaron al respaldo. Mateo se quedó quieto, inmóvil, respirando profundo, saboreando la sensación de estar dentro de ella, de sentir sus paredes apretándose, su cuerpo aceptando su tamaño, su temperatura.
—¿Dónde está tu clítoris?
—Aquí —dijo ella, señalando con la cabeza.
Él inclinó el cuerpo, se inclinó sobre ella, y con la mano libre encontró el botón hinchado, debajo del capuchón, lo frotó con el pulgar, con presión firme, en círculos.
—No te toques. Sólo yo.
Ella jadeó. Su vagina se contrajo, apretando el pene de Mateo. Él respondió con una elevación, lenta, segura, hasta que apenas quedó al descubierto el glande. Luego una bajada más profunda, hasta tocar fondo.
—Así —dijo ella—. Más profundo.
—No pediste permiso.
—No pedí permiso.
—Buenas respuestas.
Repitió el movimiento, ahora con más fuerza. Una elevación, una bajada, otra elevación, otra bajada. Cada golpe hundía el pene hasta la raíz, cada retorno arrancaba un gemido de Lena. Sus pechos rebotaban contra el respaldo, su cabello se pegaba al cuello, sudoroso. Mateo cambió el ritmo: ahora era más rápido, más corto, más brusco. La embestía con una cadencia que la hacía temblar.
—¿Quieres que te lo chupe otra vez?
—Sí —dijo ella, sin dudar.
—Entonces agáchate.
Ella se inclinó sobre la silla, con las manos apoyadas, las rodillas un poco separadas. Mateo se puso de pie, se deslizó fuera de su cuerpo con un sonido hú
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