El juego de las miradas
La fiesta en el ático de Palermo era de esas que se encienden sin aviso. Una terraza envuelta en luces tenues, música que bajaba el volumen solo para subir de nuevo, y un aire espeso de promesas no dichas. Entre los invitados, Lucía se movía con esa elegancia que no necesita gritar. Vestido negro, pelo suelto, una copa de vino tinto que apenas probaba. A su lado, Nicolás, su exnovio de la facultad, reía con esa sonrisa que todavía le hacía acordar de noches largas y sábanas revueltas.
—Vos no cambiaste —le dijo él, acercándose un poco más de lo necesario.
—Sí cambié —respondió ella, mirándolo de costado—. Solo que vos no te diste cuenta.
Él sonrió, pero no se alejó. Sabía que algo flotaba entre ellos, algo que nunca se había cerrado del todo. Y cuando Lucía le presentó a Martín, su nuevo novio, todo cambió. Martín era alto, de mirada tranquila, voz grave. Traje impecable, pero con un aire de desorden que lo hacía más atractivo. Se dieron la mano, intercambiaron frases corteses, pero algo en la forma en que Martín miró a Nicolás hizo que Lucía contuviera el aliento.
—¿Vos también estudiaste con ella? —preguntó Martín, casual.
—Sí —dijo Nicolás—. Hace diez años. Hubo un tiempo en que sabía cada centímetro de su cuerpo.
Lucía no se inmutó, pero sintió un calor subirle desde la concha.
—Y ahora —dijo Martín, bajando un poco la voz—, yo soy quien lo sabe.
La tensión se cortaba con cuchillo.
Pasaron al interior. La conversación giró al arte, al cine, a los cuerpos. Hablaron de desnudos en pinturas, de escenas de sexo en películas mal filmadas, de cuerpos que se desean sin pedir permiso. Lucía, entre los dos, sentía que algo se encendía. No era celo, no era inseguridad. Era deseo puro, crudo, como cuando uno reconoce un sabor que creía olvidado.
—¿Y si nos propongo un juego? —dijo Lucía, de pronto, mirando a ambos.
Nicolás arqueó una ceja. Martín sonrió apenas.
—¿Qué clase de juego? —preguntó.
—Uno de miradas. Nada más. Solo vernos. Sin tocar. Solo mirar.
Se hizo un silencio.
Entonces, uno por uno, los tres se sentaron en el sofá. Lucía en el medio. No hubo más palabras. Solo miradas.
Nicolás empezó mirando a Martín. Lo recorrió con calma, desde los hombros hasta el bulto discreto bajo el pantalón. No lo hizo con descaro, sino con hambre contenida. Martín, en vez de apartar la vista, le sostuvo la mirada, como diciendo: *sí, podés*.
Lucía los observaba. Sentía la humedad entre las piernas, la concha pulsándole. Pero no se movió.
Luego, fue el turno de Martín. Se giró hacia Nicolás, pero esta vez con los ojos bajos, fijos en su boca, en su cuello, en la línea de su camisa entreabierta. Lentamente, alzó una mano y rozó el pecho de Nicolás con la yema de los dedos. Solo un roce.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó.
—Me gusta lo que imagino —respondió Nicolás, ronco.
Lucía no aguantó más. Se paró, se sacó el vestido de un tirón y quedó en ropa interior. Negra, ajustada.
—Entonces dejemos de mirar —dijo.
Fue ella quien tomó la iniciativa. Se acercó a Martín, le desabrochó el pantalón con una lentitud deliberada. La pija de él ya estaba dura, lista. Pero no la tocó. En vez de eso, se giró y se puso de espaldas, frente a Nicolás.
—Vení —le dijo—. Ayudame a sacarle el resto.
Nicolás no dudó. Se acercó, ayudó a bajarle el pantalón a Martín. La pija saltó libre, gruesa, con una vena que palpitaba. Lucía no se agachó. En vez de eso, se inclinó hacia adelante, apoyó las manos en el respaldo del sillón y mostró su culo, redondo, perfecto.
—Garchame —dijo—. Pero antes, quiero que él te mire.
Martín se sentó, sin dejar de ver.
Nicolás se acercó por atrás, le separó las nalgas con las manos y, sin apuro, pasó la lengua por toda la rajita. Lucía gimió.
—Sí… justo ahí…
Pero Nicolás no entró. En vez de eso, se apartó, se dio vuelta y se acercó a Martín. Se miraron. Y entonces, sin pedir permiso, Nicolás se arrodilló y tomó la pija de Martín con la boca.
Lucía se dio vuelta.
—Dios… —murmuró.
Martín cerró los ojos, pero no se movió. Dejó que Nicolás lo chupara, lento, profundo. Hasta que no aguantó más.
—Pará —dijo—. Vos no te quedás afuera.
Lucía se acercó. Se arrodilló al lado de Nicolás. Y entre los dos, con las bocas juntas, con las lenguas rozándose, con las manos en las piernas del otro, se turnaron para chupar la pija de Martín.
No hubo más palabras. Solo calor. Solo piel. Solo el sonido de respiraciones que se mezclan, de cuerpos que se reconocen.
Y cuando todo terminó, con un gemido profundo, con semen en la cara, en el pelo, en
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