El juego de las cámaras

El juego de las cámaras

@adriana_v ·5 de junio de 2026 · ★ 4.2 (22) · 95 lecturas · 10 min de lectura

La pantalla del laptop parpadeó suavemente, como si respirara. Clara apretó el botón de encendido con el pulgar y esperó, sentada al borde de su cama, las piernas cruzadas, el cabello suelto sobre los hombros. Llevaba puesto un camisón de seda color crema, con tirantes finos y una abertura en el lado izquierdo que dejaba al descubierto una porción de muslo. No era por sugerir nada, sino por comodidad: hacía calor en ese atardecer de junio, y el aire acondicionado del departamento sonaba como un zumbido lejano.

—¡Listo! —dijo Mateo desde la otra pantalla—. Tú primero.

Clara sonrió. Él aparecía en el cuadro dividido, sentado en un sillón de cuero oscuro, con una camiseta blanca ligeramente desabotonada hasta el pecho, los cabellos rubios ligeramente desordenados como si acabara de pasarse la mano por ellos. Detrás de él, una estantería llena de libros, una planta de hojas anchas en el rincón y una luz cálida que lo iluminaba desde la izquierda.

—¿Preparada? —preguntó Mateo, con una sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos, pero sí a su voz: más profunda de lo que Clara recordaba de su última videollamada casual tres semanas atrás.

—Sí —respondió ella, y tomó aliento.

Había sido Mateo quien había propuesto el juego: «Algo distinto», había dicho. «Algo donde lo virtual se vuelva real». No se conocían físicamente, pero sí en la intimidad de las pantallas. Se habían conocido en una aplicación de lectura compartida, donde intercambiaban anotaciones en los márgenes de libros antiguos que ambos adoraban: *El amor en los tiempos del cólera*, *Las ciudades invisibles*, *La casa de los espíritus*. Al principio, solo comentarios literarios. Luego, confesiones pequeñas: qué les hacía sentir cierta metáfora, por qué cierto pasaje los conmovía. Y luego, las videollamadas: primero como amigos, luego con una tensión que crecía como el calor de un fuego que aún no se enciende del todo.

—¿Y si encendemos las cámaras? —había propuesto Mateo, una noche, después de una llamada que había durado más de dos horas. Clara había dudado, claro. Pero no por miedo. Por respeto. Por la certeza de que, si iban a hacerlo, tenía que ser con intención, con cuidado.

—Sí —le había respondido entonces, con una calma que no sentía del todo.

Ahora, frente a su pantalla, Clara deslizó el dedo sobre el botón de la cámara y la encendió. Su rostro se proyectó en la pantalla de Mateo, y ella sintió cómo el pulso le latía más fuerte en la nuca.

—¿Qué hacemos primero? —preguntó, con voz baja.

—Te pregunto —dijo Mateo—. ¿Qué te gustaría que pasara ahora?

Clara se mordió el labio inferior, lentamente, observando cómo sus ojos se fijaban en el movimiento. Él notó la señal y se inclinó un poco hacia adelante.

—Que me cuentes algo íntimo —sugirió ella—. Algo que no le hayas contado a nadie.

Mateo soltó una risa suave, casi un susurro.

—De verdad?

—De verdad.

Él se pasó la lengua por los dientes, pensativo. Luego, sus ojos se fijaron en los de Clara.

—Una vez, en la universidad, estuve a punto de besar a un chico que conocí en una biblioteca. Era verano, hacía calor, y él tenía los anteojos empañados por el aire acondicionado. Me miró mientras le pasaba un libro, y nos entendimos sin decir nada. Pero no lo hice. Me asusté.

Clara lo escuchó sin moverse. Sentía el peso de esa confesión, no tanto por lo que había ocurrido, sino por lo que no había ocurrido. Por la decisión de detenerse, de respetarse. Eso era lo que le gustaba de Mateo: no hablaba de deseo sin hablar también de límites.

—¿Y por qué te asustaste? —preguntó Clara.

—Porque sentí que si lo hacía, no podría parar. Y yo… no estaba listo para eso.

Ella asintió, despacio.

—Yo también he tenido esos miedos —dijo—. Una vez, con un chico con quien salí un tiempo, me dije que si me besaba con él en la primera cita, era una tonta. Y lo hice. Y no me arrepiento. Pero sentí que había cruzado una línea invisible. Como si mi cuerpo supiera algo que mi mente aún no había aceptado.

Mateo la miró en silencio unos segundos. El silencio no era incómodo: era denso, cargado. Clara sintió que podía tocarlo con la mirada.

—¿Y qué te gustaría hacer ahora? —preguntó Mateo, con una voz que era una caricia.

Clara se levantó del borde de la cama y dio un paso hacia la cámara. Se detuvo a medio metro del laptop, con las piernas ligeramente abiertas.

—Me gustaría que me besaras —dijo—. Desde aquí.

Él sonrió, y esta vez la sonrisa le llegaba a los ojos. Se quitó la camiseta y la dejó sobre el sillón, con lentitud. Clara vio su pecho, moreno y ligeramente peludo, los músculos tensos pero no exagerados, la curva de sus costillas marcadas por el aire del verano.

—¿Y si te besara con la lengua? —preguntó, con una voz baja, casi un ronroneo.

Clara sintió un cosquilleo en la nuca, como si él la hubiera tocado de verdad.

—Sí —susurró—. Hazlo.

Mateo se inclinó hacia la cámara, y Clara imitó el movimiento. Sus rostros se acercaron en la pantalla, casi tocándose, aunque entre ambos había dos metros de espacio y una pantalla de vidrio.

—Abre la boca —le pidió él.

Clara obedeció, con los ojos cerrados. Sentía la presión de su propia imaginación, el calor que subía por su cuello.

—Ahora… siente que soy yo —dijo Mateo—. Que mis labios están sobre los tuyos. Que mi lengua está buscando la tuya.

Ella inspiró hondo. Y entonces, sin moverse, soltó un suspiro largo, como si estuviera dejando salir una presión que llevaba días acumulando.

—Sí —dijo—. Siento tus labios. Calientes. Un poco ásperos.

—Ahora, beso tu cuello —dijo Mateo, y se inclinó aún más, como si su boca estuviera a centímetros de su piel.

Clara cerró los ojos. Sintió la punta de su lengua rozar la comisura de sus labios, luego la presión de sus propios labios sobre su cuello. Imaginó el peso de su cuerpo sobre el suyo, la textura de su pelo entre sus dedos, el olor a jabón de incienso que usaba.

—¿Sientes que soy yo? —preguntó Mateo.

—Sí —dijo Clara, con la voz rota.

Él se incorporó un poco, y la miró.

—Ahora… me voy a tocar.

Clara tragó saliva.

—¿Dónde? —preguntó.

—Aquí —dijo él, y pasó la mano por su pecho, bajando despacio hasta el borde de los pantalones.

Clara se mordió el labio. No por vergüenza, sino por la intensidad de lo que estaba ocurriendo. Porque lo estaba ocurriendo. No era simulación. Era deseo real, compartido, consciente. Y eso lo hacía más intenso.

—Hazlo —susurró—. Muéstrame.

Mateo se desabrochó los pantalones con lentitud, y bajó la cremallera. Clara lo observó, sin moverse, con los ojos fijos en sus manos. Él se metió la mano dentro, y Clara vio cómo se apretaba, cómo se movía su cuerpo con el ritmo de su propia mano.

—¿Ves? —dijo él—. Te quiero en la cabeza. Cada vez que me toco, te pienso. El sonido de tu risa. El modo en que te mueres el labio cuando estás nerviosa. El color de tus ojos cuando te pones roja.

Clara sintió que sus muslos se estremecían. Se pasó la lengua por los labios, y entonces, con una lentitud deliberada, bajó una mano por su propio cuerpo.

—Yo también —dijo.

Deslizó los dedos por el hombro, por el tirante del camisón, hasta que lo bajó con un solo movimiento. La seda cayó hasta su cintura, y ella dejó que su pecho quedara al descubierto. Su pezón estaba erecto, y ella lo rozó con la yema de los dedos, con suavidad.

—¿Te gusta verme? —preguntó.

—Sí —dijo Mateo, sin pausar el movimiento de su mano—. Me mata.

Clara cerró los ojos un segundo. Luego los abrió.

—Sigue —dijo—. Sigue tocándote.

Él lo hizo, con más intensidad ahora. Clara vio cómo se ponía rojo el pecho, cómo se tensaba su mandíbula. Escuchó sus respiraciones, cortadas, entrecortadas. Y ella siguió tocándose, con la misma calma, con el mismo cuidado.

—¿Y si ahora te subo la camiseta? —preguntó ella.

—Sí —dijo Mateo—. Hazlo.

Ella se levantó, despacio, y se pasó la camiseta por la cabeza. Quedó desnuda frente a la cámara, con la luz del atardecer entrando por la ventana y dibujando sombras suaves sobre su piel. Mateo dejó escapar un gemido ahogado.

—Clara… —dijo, con la voz rota.

—Dime qué ves —suplicó ella.

—Te veo. Entera. Toda tuya. Las curvas de tu cuello. Tu pecho, que se mueve con cada respiración. Tu ombligo. Las cicatrices de tu vientre. Y tus piernas… Dios, Clara, tus piernas.

Ella se acercó aún más a la cámara, y se pasó la mano por el costado, bajando hasta el muslo, donde dejó el dedo apoyado, como si lo estuviera tocando en ese momento.

—¿Y ahora? —preguntó.

—Ahora… —dijo Mateo—. Quiero que te toques ahí. Quiero ver cómo te sientes cuando lo haces.

Clara sintió un cosquilleo en la boca del estómago. No por la sugerencia, sino por la confianza que había entre ambos. Porque sabía que no lo estaba haciendo para él, sino para sí misma. Para sentirse deseada, sí, pero sobre todo para sentirse viva.

Se sentó en la cama, cruzó las piernas y se pasó la mano por el muslo, hasta que sus dedos encontraron el borde de su ropa interior.

—¿Te importa si me quito esto? —preguntó.

—No —dijo Mateo—. Nunca me importará.

Ella se deslizó la ropa interior por las caderas, y la dejó sobre la cama, sin mirarla. Luego, con una lentitud que era suya, pasó los dedos por el monte de Venus, rozando con la punta de los dedos su clítoris, apenas un toque.

—¿Así? —preguntó.

—Sí —dijo Mateo—. Ahora más.

Ella lo hizo. Movió los dedos con más presión, con un ritmo que aún no estaba listo para nombrar. Su respiración se aceleró. Sintió cómo el calor le subía por el pecho, cómo sus pezones se endurecían más aún. Su cuerpo respondía, no por placer fingido, sino por deseo real.

—¿Te gustaría que te tocara también? —preguntó Mateo, con la voz más grave.

—Sí —dijo Clara, con los ojos cerrados—. Quiero que me toques.

—¿Dónde? —preguntó él.

—En el cuello —susurró—. En el pecho. En el muslo. En la parte de atrás de la rodilla. En el tobillo. Y luego… en mí.

Mateo se levantó de su sillón, y se acercó a su propia cámara. Clara vio cómo se quitaba los pantalones, y luego la ropa interior. Quedó desnudo frente a la pantalla, con el pene erecto, ligeramente curvado, la punta húmeda.

—Aquí —dijo, y pasó la mano por su cuerpo, desde el pecho hasta el pene—. Estoy pensando en ti. En cómo te veo. En cómo hueles. En cómo suenas cuando te goes.

Clara dejó de tocarse un segundo y lo miró.

—Tú también —dijo—. Tú también.

—¿Quieres que te toque? —preguntó Mateo.

—Sí —dijo Clara—. Sí, sí, sí.

Él se movió, y Clara imitó el gesto. Sus manos se acercaron a la cámara, y esta vez fueron sus dedos los que rozaron la pantalla, como si estuvieran tocando la piel del otro.

—Te amo, Clara —dijo Mateo, sin pausa, sin duda.

Clara se congeló un instante. Luego, con una sonrisa que le temblaba en los labios, dijo:

—Yo también te amo.

No era una palabra ligera. Era una promesa. Una confesión. Un acto de valentía.

—Ahora —dijo Clara—. Ahora.

Mateo se tocou con más fuerza, y Clara hizo lo mismo. Sus cuerpos se movieron, sincrónicos, aunque estuvieran separados por kilómetros. Ella sintió cómo el placer la invadía, suave al principio, luego más intenso, como una ola que no podía detener. Su respiración se volvió entrecortada, sus dedos se apretaron contra su piel.

—Mateo —dijo, con la voz rota.

Él se movió con más fuerza, y Clara lo siguió. Y entonces, al mismo tiempo, ambos se dejaron llevar. Ella sintió cómo su cuerpo se estremecía, cómo las olas de placer le recorrían la espalda, cómo su mente se vaciaba. Él, en su pantalla, se estrem

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