El juego de la silla
Yo nunca pensé que algo tan simple como una silla de cocina pudiera cambiar mi vida sexual. Pero acá estoy, con el culo ardiendo, la concha chorreando y el corazón a mil, recordando cómo todo empezó con un “¿te animás a probar algo nuevo?” de Matías, mi marido, mientras lavaba los platos un viernes cualquiera.
—¿Y qué querés probar? —le pregunté, secándome las manos en el delantal, haciéndome la inocente.
Él me miró con esa sonrisa de costado que conozco bien, la de cuando tiene algo caliente en mente. Se acercó despacio, me agarró del cuello y me besó con fuerza, la lengua adentro sin pedir permiso. Me empujó contra la heladera y me subió el vestido de un tirón.
—Te quiero atada —me dijo al oído—. Quiero que me obedezcas.
—¿Y si no obedezco? —le mordí el labio.
—Entonces te voy a tener que castigar —me respondió, y me dio una nalgada que me hizo saltar.
Así empezó.
Primero fue suave: me ató las manos a la espalda con una bufanda de seda, nada de cuero ni cadenas. Me sentó en la silla de la cocina, la que usamos todos los días para desayunar, y me dijo que no me moviera. Me dejó con la pollera arriba, las piernas abiertas, la concha al aire.
—Mirá cómo te tengo —me dijo, acariciándome el muslo—. Como una mina buena que espera que la garchen.
—Sí, como una mina que quiere que la garchen —le respondí, abriendo más las piernas.
Me metió un dedo de golpe, sin aviso.
—¡Ah! —grité—. ¡Qué fuerte, boludo!
—Callate —me dijo, y me dio otra nalgada, esta vez más fuerte—. No hablás si no te doy permiso.
Me quedé muda. Me encendió como nunca. Sentí el calor en el culo, en la concha, en la panza. Me sacó el dedo y me escupió encima, justo en el clito, y después me lo restregó con dos dedos, despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Yo me retorcía, pero no me dejaba moverme.
—¿Querés más? —preguntó.
Asentí con la cabeza.
—No —me corrigió—. Decilo.
—Sí, quiero más —dije, con la voz quebrada—. Quiero que me garches.
—No todavía —me dijo—. Ahora te voy a hacer esperar.
Y así fue. Me dejó sentada ahí, con las piernas abiertas, la concha chorreando, mientras él se servía un vaso de vino como si nada. Me miraba de reojo, sonriendo, y yo sentía que iba a explotar.
—Matías… —intenté.
—¿Qué pasa, pendeja? —me miró, frío—. ¿No te gusta?
—Sí, pero…
—Callate —me cortó—. No pedís nada. Yo decido cuándo te toco.
Volvió despacio, me agarró del pelo y me tiró la cabeza para atrás.
—Decime quién te manda —me dijo.
—Vos me mandás —respondí.
—¿Y quién es tu dueño?
—Vos —dije, y me corrió el labio con el pulgar.
—Bien —dijo—. Ahora sí.
Me agarró de las caderas y me sentó más al borde de la silla. Me abrió las piernas más, me escupió otra vez en el clito y me metió dos dedos de golpe. Grité, pero me aguanté el resto. Me los movió adentro, en círculos, mientras con el pulgar me frotaba el culo.
—¿Te gusta que te toque el culo? —preguntó.
—Sí —dije, sin aliento—. Me encanta.
—¿Querés que te meta un dedo ahí?
—Sí, por favor —dije, y me corrí un poco más adelante.
Me metió el dedo despacio, con saliva, justo en la entrada del culo. Lo sentí estirarme, y me encendió como nunca.
—Estás caliente —me dijo—. Estás lista para más.
Sacó los dedos de adentro y se paró frente a mí. Se desabrochó el pantalón, sacó la pija y me la restregó por la cara.
—Chupala —me dijo.
Me la metí entera en la boca, sin pedir permiso. La sentí dura, caliente, con el gusto salado de la piel. Me agarró del pelo y empezó a cogerme la boca, fuerte, sin cuidado. Me ahogaba, pero no me detuvo.
—Mirá cómo me chupás —dijo—. Como una mina buena.
Después de un rato, me sacó la pija de la boca y me dijo:
—Ahora vas a sentarte encima.
Me paró, me dio vuelta y me hizo sentar sobre su pija, de espaldas a él. Me agarró de las caderas y me bajó despacio. Sentí cómo me abría, cómo me llenaba.
—¡Ah, carajo! —grité—. ¡Qué grande, boludo!
—Callate —me dijo—. Dejate coger.
Me empezó a mover arriba y abajo, agarrándome fuerte las tetas, pellizcándome los pezones. Yo me retorcía, pero él me sostenía. Me corrí rápido, la primera vez, sin aviso, con un grito que me salió del fondo.
—Todavía no —me dijo—. Tenés que esperar a que yo te diga.
Me aguantó las ganas, me movió más lento, me hizo sufrir. Me corrió el clito con dos dedos, me metió uno en el culo otra vez.
—¿Querés que te corra? —preguntó.
—Sí —dije, lloriqueando—. Por favor.
—No todavía —dijo—.
Me tuvo así un rato más, hasta que sentí que no aguantaba más.
—¡Matías, por favor! —le supliqué—. ¡Déjame correrme!
—Ahora sí —dijo—. Correte.
Y lo hice. Me corrí con fuerza, con espasmos, con gritos, con lágrimas. Me agarró fuerte las tetas y me cayó encima, respirando agitado.
—¿Y ahora? —le pregunté, todavía sobre su pija.
—Ahora —me dijo—, vos me limpiás.
Y así fue. Me bajó, me hizo arrodillar, y me pidió que le limpiara todo.
Desde ese día, la silla de la cocina no es solo para comer. Es mi lugar favorito para esperar que me aten, que me castiguen, que me garchen.
Y yo, feliz, me dejo.
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