El juego de la casa vacía
4 minEl juego de la casa vacía
La casa de la esquina, la que nadie habitaba desde que don Fermín se marchó al norte, olía a polvo, madera vieja y humedad contenida. Pero aquella noche, con las ventanas abiertas al fresco del vereno antioqueño y las luces bajas de velas en frascos de mermelada, parecía otra cosa: un refugio, un secreto compartido.
Lucía había invitado a los tres. No con palabras directas, sino con miradas largas en el bar de la esquina, con un “¿te animás a venir si te llamo?” que le arrancó una sonrisa a Mateo, y con un “vos también vení, que acá no hay nadie que nos vea” que hizo que Valeria se mordiera el labio, bajó la mirada y asintió.
Mateo llegaba primero, con su camiseta mojada de sudor y el olor a cerveza y sal en la piel. Se sentó en el sofá roto, pero no por costumbre: lo hizo con intención, como quien se acomoda para jugar. Valeria entró después, con un vestido negro que le quedaba pequeño en las caderas y largo en las mangas, dejando ver los hombros y los tatuajes finos que tenía en los brazos. Se quitó las sandalias con lentitud, como si no quisiera que terminara la espera.
—¿Te asustaste? —le preguntó Lucía, acercándose con dos vasos de aguapanela helada.
—Nunca me asusto —respondió Valeria, pero su voz tembló un poco—. Solo me gusta esperar.
Lucía le tendió el vaso. Sus dedos se rozaron. Valeria no soltó el vaso de inmediato.
La tercera en llegar fue Sofía, que había llegado con una botella de ron casero y una caja de chocolates. No decía mucho, pero cuando hablaba, todos callábamos. Se sentó en el suelo, contra la pared, con las piernas cruzadas y la espalda recta, como siempre. Pero sus ojos, ese brillo que solo aparecía cuando algo iba a pasar… ese brillo ya no lo ocultaba.
—¿Empezamos? —preguntó Lucía.
Nadie respondió. Pero Mateo se levantó, se acercó a Valeria y le quitó una mecha de pelo que le caía en la frente. Le rozó la oreja con el pulgar. Valeria se estremeció, pero no se apartó.
Lucía se puso de pie, se desató el cabello y se acercó a Sofía. Le pasó la mano por el brazo, luego por el cuello, hasta detenerse en la nuca.
—¿Te acordás de cómo me hacés perder el control? —susurró.
Sofía asintió, apenas. Lucía la besó. No con urgencia, sino con saboreo. Lento. Profundo. Y cuando se separaron, Sofía tenía la respiración corta y el cuello ruborizado.
Mateo ya estaba de rodillas frente a Valeria. Le subió el vestido hasta la cintura con las dos manos, pero no la tocó aún. Solo miró. Las piernas de Valeria temblaban.
—Dime que querés —le pidió.
—Quiero que me mames —dijo Valeria, sin vergüenza, con voz clara—. Quiero que me hagas olvidar el nombre de todo el mundo menos el tuyo.
Mateo no dudó. Bajó su rostro. Le separó los muslos con las rodillas, le levantó una pierna sobre su hombro, y cuando sus labios tocaron el borde de su braguita, Valeria soltó un gemido que no intentó contener.
Lucía, al otro lado del sofá, se desabrochó la blusa. No se la quitó. Solo dejó que se abriera, mostrando el sujetador de encaje negro, los pechos redondos que se movían con cada respiración. Sofía la observaba, con los ojos pegados a la curva de sus pechos, al reflejo de la vela en el sudor de su clavícula.
—Vení —le dijo Lucía.
Sofía se levantó. Caminó hasta ella. Le pasó las manos por la cintura, le besó el cuello, le mordisqueó la oreja. Lucía inclinó la cabeza hacia atrás, dejándose llevar.
Mateo ya tenía a Valeria con las piernas abiertas, la lengua metida, succionando con suavidad, mientras con los dedos la estiraba, la abría, la hacía arquearse. Valeria se mordía el puño para no gritar, pero cuando Lucía se acercó y le besó la frente, perdió el control y soltó un “¡ahhh, mami!” que hizo temblar el aire.
Sofía, entre tanto, ya tenía las manos dentro de la blusa de Lucía. Le desabrochó el sujetador con un solo movimiento. Le tomó uno de los pechos, lo apretó con suavidad, pasó el pulgar por el pezón endurecido. Lucía cerró los ojos. Respiró.
—¿Querés que te lo mame también? —preguntó Mateo, levantando la cabeza, con la boca húmeda, la mirada fija en Lucía.
—Sí —respondió Lucía, sin dudar—. Pero primero, Valeria… querés que te lo meta suave?
Valeria asintió, con los ojos cerrados, la cara encendida.
Y así, en la casa vacía, entre velas que se derramaban y el canto lejano de los grillos, los cuerpos se encontraron sin prisa, sin miedo, con el silencio roto solo por los gemidos, los besos, las palabras entre dientes: “ricoooo”, “más fuerte”, “no pares”, “sí, así”.
Nadie ganaba. Nadie perdía. Solo se entregaban, uno por uno, a la noche que los había convocado.
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Escribo lo que pasa cuando se apaga la luz y quedan solo la piel y las palabras. Me obsesionan los detalles: un roce, un suspiro, lo que nadie dice en voz alta.