El Jardín de los Limoneros

El Jardín de los Limoneros

@andres_rio ·6 de junio de 2026 · ★ 4.5 (18) · 37 lecturas · 7 min de lectura

El sol de mediodía se deslizaba entre las hojas anchas del limonero del jardín, dejando caer manchas de luz dorada sobre la piel de Catalina. Ella estaba sentada en el banco de madera, con las piernas cruzadas, la falda subida un poco por el movimiento de la brisa y la espalda apoyada en el tronco grueso del árbol. Tenía los ojos cerrados y los dedos descalzos hundidos en la tierra blanda, como si estuviera conectando con algo más profundo que el calor.

A su lado, sin haber sido invitado pero sin haberse hecho esperar, se dejó caer Daniel. Llevaba la camisa blanca abierta hasta el ombligo, las mangas enrolladas hasta los codos, y el cabello húmedo de sudor en las sienes. Había estado trabajando en el piso de arriba, reemplazando las luces quemadas, pero desde que escuchó el sonido del riego automático y el leve crujido del banco, supo que hoy no volvería a concentrarse en eso.

—¿Te cansaste de leer? —preguntó, con la voz baja, como si temiera ahuyentar algo que ya estaba allí, flotando en el aire entre ellos.

Catalina abrió los ojos. No lo miró de inmediato. Primero dejó que su mirada se deslizara por su pecho, por el vello oscuro que se perdía bajo el botón superior, por la forma en que la tela se tensaba cuando respiraba. Luego, lentamente, alzó la vista hasta sus ojos.

—No —dijo—. Me cansé de esperar que llegaras.

Él sonrió, pero no del todo. Sabía que era peligroso. Sabía que su esposa —Marcela— estaba en la ciudad, comprando telas para las cortinas nuevas. Sabía que su hija menor, Valentina, estaba en casa de una amiga, y que su marido, Eduardo, había partido temprano con su equipo de construcción hacia el norte del Valle, para una obra urgente.

Pero eso no importaba. No en ese instante.

—¿Y si alguien te ve? —dijo Daniel, sin moverse.

—¿Y si no me ven? —respondió ella, y esta vez sí lo miró con claridad. Con intención.

Daniel se inclinó, tomó una de las manos de Catalina y rozó con el pulgar el interior de su muñeca, donde latía más rápido de lo que quería admitir. Ella no retiró la mano. Ni siquiera se estremeció —o eso fingió—, pero él sintió el leve temblor en los dedos, como si su piel ya hubiera aprendido el sabor del otro.

—Hoy, en la cocina… —empezó él.

—Sí —cortó ella, y por primera vez dejó que su voz sonara un poco más clara, más firme—. when te pasaste a recoger el café y me dijiste que el azúcar estaba muy blanco. Como el mariposeo de tu pupila cuando me miraste la espalda.

—Fue un comentario inocente.

—No lo fue. Los hombres inocentes no dejan que la taza se les caiga al suelo solo porque se les olvidó el nombre de su propia esposa.

Daniel soltó una risa baja, ahogada, como si se estuviera disculpando ante alguien que no existía. Pero no se levantó. Siguió sentado, con la rodilla rozando la suya, y cuando ella volvió a cerrar los ojos, él dejó que su mano descanse suavemente sobre su muslo, sin presionar, solo allí, como una promesa que no decía nada.

—¿Te acuerdas cuando íbamos a la finca de tu tío, esos veranos en el Cauca? —preguntó él, deslizando los dedos un poco más arriba, hasta donde la tela de la falda dejaba el calor del cuerpo expuesto.

—Me acordaba hace rato —respondió ella, y esta vez sí se estremeció, pero no por el contacto. Por la memoria.

Era verdad. Había sido una noche de verano, con el cielo tachonado de estrellas y el río murmurando detrás de las casetas de madera. Ellas, las primas, sentadas en el porche, con los pies mojados en la corriente fresca. Y él, entonces un chico de diecisiete años, con la camiseta empapada y las piernas cubiertas de tierra, ofreciéndole un limón recién cortado, con sal y chile en polvo. Ella lo había mordido, con cuidado, dejando que el jugo le corriera por el mentón, y él había tenido que apartar la mirada porque algo en esa expresión —fría, agria, dulce— le había hecho sentir algo que aún no tenía nombre.

—Te vi morderlo —dijo él, ahora con la voz ronca—. Y supe que quería tenerlo en la boca alguna vez.

Catalina abrió los ojos de golpe, pero no lo rechazó. Solo lo miró, fijamente, como si estuviera midiendo si el riesgo valía la pena. Y luego, con una lentitud que era suya, levantó la mano y le acarició la mejilla, con la yema de los dedos, como si estuviera probando si él seguía siendo real.

—Ahora no es un limón —susurró—. Es otra cosa.

—Sí —asintió él—. Ahora es peligro. Es culpa. Es… lo que no debemos.

Ella sonrió, pero no era una sonrisa de burla. Era más bien una aceptación. Como quien se quita los zapatos antes de entrar al río, sabiendo que el agua va a cortar la piel, pero es la única forma de sentirse vivo.

—Entonces —dijo—, ¿qué hacemos?

Daniel no respondió con palabras. Simplemente se inclinó, con la mano en su nuca, y la atrajo hacia sí. El primer roce fue fugaz, apenas una advertencia, como el frío del limón antes de que el sol lo caliente. Pero ella lo sostuvo, abrió la boca con naturalidad, sin miedo, y lo dejó entrar.

Y entonces, todo cambió. Porque Catalina no era una mujer que se dejara llevar. Ella mordió su labio inferior, suavemente, como para hacerlo detenerse, como para que él supiera que ella también sabía de dónde venía cada gesto. Le pasó la lengua por los dientes, lo invitó a profundizar, y cuando lo hizo, él sintió que el suelo se deslizaba bajo sus pies, que el limonero ya no era solo un árbol, sino un testigo.

—Catalina… —dijo él, separándose apenas, con la frente apoyada en la suya—. Si esto se va de aquí… —la respiración le fallaba—. Si alguien lo sabe…

Ella no le contestó con miedo. Con la mano libre, tomó una de sus yemas y la llevó a su boca, la rozó con los labios, sin morder, solo con intención.

—Entonces —dijo—, lo hacemos bien.

Se levantó con lentitud, sin soltar su mano, y lo llevó hacia la parte trasera del jardín, donde las paredes de adobe se humedecían con la sombra del limonero y el aire olía a tierra mojada y a fruta madura. Había una mesa de madera, de esas que usaban para pelar café, con los bordes desgastados por los años y las manos de los trabajadores. Ella se sentó, sin mirar atrás, con las piernas abiertas a propósito, como si ya no tuviera nada que ocultar.

—Quítate la camisa —ordenó, con voz clara, de mujer que sabe lo que quiere.

Él lo hizo. Desabotonó lentamente, dejando que la tela se deslizara por sus hombros, y cuando la puso sobre la mesa, Catalina se puso de pie. Se acercó, con los ojos fijos en su pecho, en el vello oscuro que subía hasta el ombligo, en la cicatriz antigua que tenía a un costado —una caída en bicicleta, de los quince años—.

—Tú no me miras —dijo él—. Pero yo te miro todo el tiempo.

—Entonces mira —dijo ella, y se quitó la blusa.

No había brasil, ni coquetería. Solo cuerpo, con la piel clara y las marcas de la vida: una estría en el vientre, los pechos un poco más caídos de haber amamantado, la curva suave de la cintura que ya no era de adolescente. Pero era suyo. Era real. Y él se arrodilló, sin pedir permiso, sin esperar.

Con la mano, le separó las piernas, y con la otra, subió la falda hasta la cadera. No besó primero. No la acarició con delicadeza. Simplemente puso la boca allí, donde ya sabía que estaba húmeda, donde ya sabía que temblaba, y la sorbió como si hubiera estado esperando ese sabor desde la primera vez que la vio.

Catalina se arqueó, sin decir nada, solo dejándose ir. Le agarró la cabeza con fuerza, no para alejarlo, sino para mantenerlo más cerca. Y cuando él introdujo un dedo, despacio, con cuidado, ella soltó un gemido bajo, como si no creyera que pudiera sentirse así.

—Estás rico —dijo ella, con la voz rota—. Tienes que estarlo, porque yo ya no puedo más.

Él no respondió. Simplemente metió dos dedos, con un movimiento lento y firme, y la besó de nuevo, esta vez con más urgencia, como si supiera que no tenían mucho tiempo, pero que lo que tenían era real.

Cu

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