El Jardín de los Espejos Rotos
3 minEl Jardín de los Espejos Rotos
La primera vez que vi el jardín, la puerta estaba entreabierta. No era una puerta cualquiera: de madera oscura, tallada con figuras que parecían moverse si se las miraba demasiado tiempo. Yo no supe por qué empujé, pero el movimiento fue instintivo, como si mi cuerpo recordara algo que mi mente aún no había descifrado.
Dentro, el aire olía a humedad y a pétalos marchitos, pero también a algo más: incienso de sándalo, un rastro que se desvanecía tras cada paso. Las flores no tenían nombre que pudiera identificar —pétalos negros con venas doradas, tallos curvados como nudillos apretados—. En el centro, un estanque negro, tan liso que reflejaba el cielo nocturno al revés: las estrellas colgaban boca abajo, como gotas suspendidas.
Y entonces apareció él.
No oyó mis pasos. Lo vi antes de que él pudiera sentirme. Vestía una túnica blanca, pero no era de algodón ni seda —algo que parecía tejerse con la luz misma, oscilando entre translúcido y opaco según el ángulo. Sus ojos eran grises, pero no estáticos: cambiaban con la luz, como el agua del estanque cuando una brisa invisible los agita.
—Has cruzado la puerta —dijo, y su voz no era aguda ni grave, sino una resonancia que vibraba en los dientes.
—No vine a quedarme —respondí, aunque ya sabía que mentía.
Una sonrisa le curvó los labios, lenta, deliberada. No era una sonrisa de triunfo, sino de reconocimiento. Como si me hubiera estado esperando desde antes de que yo naciera.
—Entonces vuelve a cruzarla.
Pero no lo hice. En su mano derecha sostenía una llave de bronce, tallada con símbolos que no pertenecían a ningún idioma conocido. La giró entre los dedos, y por un instante, el jardín se detuvo. Las estrellas en el estanque dejaron de moverse. Las flores exhalaron un aroma intenso, casi doloroso, como si su perfume tuviera peso.
—¿Qué necesitas? —pregunté, por fin.
—Tu confianza —respondió—. No como promesa. Como entrega.
Extendió la mano. No fue una orden. Fue una invitación, suave como una hoja cayendo.
Tardé tres respiraciones en tomarla.
Su palma era cálida, pero no por temperatura: era una calidez que no venía de afuera, sino de adentro de él, como si llevara dentro un fuego silencioso. Me atrajo hacia sí sin fuerza, sin presión, y entonces el jardín se transformó.
Los espejos que antes no había visto —alineados en los muros, altos y estrechos, como guardias invisibles—, se agitaron. No se rompieron, no. Se abrieron. Cada uno mostraba una versión distinta de mí: una con los ojos cerrados, otra con la boca entreabierta, otra con las manos temblorosas. Pero ninguna era mía del todo. Eran versiones que yo había reprimido, que había enterrado bajo rutinas y discursos racionales.
—No es un espejo —susurró él, casi contra mi oreja—. Es un umbral. Y tú ya estás cruzándolo.
Sentí un calor en el cuello, no por contacto, sino por la sola cercanía de su respiración. Su aliento rozó mi piel, pero no era aire lo que sentí: era un susurro de fuego, una promesa que aún no se había convertido en acción.
—¿Y si no quiero ver lo que hay detrás? —pregunté, aunque ya sabía que la respuesta no sería negativa.
—Entonces te irás. Pero… —su dedo índice rozó mi mandíbula, un roce ligero, casi accidental— …algo en ti ya sabe que no podrás.
El jardín seguía quieto. Las flores negras parecían latir en sincronía con mi pulso. Él no forzó. No necesitó. Simplemente esperó, con esa sonrisa que ahora entendí: no era de victoria, sino de paciencia.
Porque en ese lugar, el tiempo no era línea. Era espiral. Y cada vuelta acercaba más.
—¿Cuánto tiempo permaneceré? —pregunté.
—Lo que el jardín permita —respondió—. Y el jardín permite lo que tú aceptes.
Su mano subió, despacio, hasta la nuca. No me apretó. Me sostuvo, como quien sostiene una flor recién abierta.
Y entonces, por primera vez, dejé de resistir. Dejé que su dedo deslizara la cinta de mi cabello.
La tela se soltó con un susurro.
Pero eso, eso ya era otra historia.
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