El Jardín de las Tres Voces

El Jardín de las Tres Voces

@lucia_noche ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 10 min de lectura

La casa de campo, escondida entre olivos y cipreses en los cerros de Jalisco, parecía haber sido construida para un solo propósito: albergar el silencio cómplice de los cuerpos que se atrevían a cruzar su umbral. No había carteles ni señales, solo una puerta de madera oscura con un picaporte de bronce en forma de luna creciente. Allí, bajo un cielo que aún retenía el calor del atardecer, se reunieron los tres.

Elena, con su silencio de mujer que ha aprendido a hablar con las manos y los ojos, llevaba un vestido de algodón crudo, suelto y abierto por los hombros, que dejaba ver la curva suave de sus clavículas y la sombra que el sol había dejado en su talle. Caminó primero, con los pies descalzos, como si temiera que el suelo la acusara. Pero no había acusación en el aire, solo expectación, como cuando el viento se detiene antes de una tormenta.

Detrás venía Mateo, alto, de hombros anchos pero postura reposada, con una sonrisa que no alcanzaba nunca del todo sus ojos —o tal vez sí, pero eran ojos que guardaban mucho más de lo que mostraban. Llevaba una camisa blanca, desabrochada hasta el ombligo, y los puños enrollados hasta los codos. En la muñeca izquierda, una cicatriz en forma de media luna, casi invisible si no se sabía dónde mirar.

Y por último, Iris, que entró con una indolencia que parecía ser una elección deliberada: una falda plisada de seda gris que rozaba las rodillas, una blusa blanca abierta sobre un top de encaje negro, y los pies calzados con sandalias de cuña que hacen un sonido suave contra el terrazo. Su cabello, rubio ceniza, lo tenía recogido en un nudo bajo, con algunas hebras sueltas que le acariciaban el cuello. Llevaba en una mano una botella de vino tinto, sin etiqueta, y en la otra, tres copas de cristal tallado, que entrelazó en el aire como si ya hubiera soñado este momento.

—Cada uno elige su lugar —dijo Elena, sin mirarlas, mientras abría la puerta—. Aquí no hay escenarios. Solo hay quien se deja encontrar.

La casa no tenía muebles llamativos. Un sofá bajo, cubierto con una manta de punto en tonos tierra; una mesa baja de madera con una lámpara de arco; y, en el centro del salón, una alfombra antigua, tejida con hilos rojos y dorados que dibujaban ríos y árboles. En la pared del fondo, un espejo rectangular, sin marco, que parecía haber estado allí desde siempre, esperando.

—¿Por qué el espejo? —preguntó Iris, dejando las copas sobre la mesa.

—Porque a veces, cuando alguien te toca, necesitas ver tu propia cara —respondió Elena, ya sentada al borde del sofá, con las piernas juntas y las manos apoyadas sobre las rodillas, como si estuviera aprendiendo a sentarse de nuevo.

Mateo se acercó a la ventana, abriéndola con lentitud. El aire cargado del atardecer entró, trayendo consigo el olor a tierra mojada, a romero seco y a leña quemada en una chimenea que ya no usaban. En el jardín, un árbol de fruta desconocida colgaba con racimos pequeños, redondos, de un color entre violeta y púrpura. Nadie lo nombró.

—¿Alguien tiene miedo? —preguntó Iris, pero no sonaba como una duda. Sonaba como una invitación.

Elena levantó la vista. No la miró directamente, sino que dejó que su mirada se deslizara por ella, como un dedo que recorre una curva sin presionar.

—No —dijo—. Solo tengo curiosidad.

Mateo, entonces, se giró. Por primera vez, sus ojos se encontraron con los de Iris, y luego, lentamente, con los de Elena. No hubo interrogación, ni evaluación. Solo reconocimiento.

—¿Alguna vez han hecho esto antes? —preguntó Mateo, con la voz baja, casi musical.

—No —respondió Iris—. Pero he pensado en cómo sería la manera en que dos personas me miran cuando se tocan. Cómo cambia la luz en sus ojos.

—Yo sí —dijo Elena—. Pero nunca con alguien que me miraba así.

Iris sonrió, esta vez con los ojos abiertos, verdaderamente.

—Entonces, empecemos por mirar —propuso.

Se sentaron en círculo en la alfombra. No hubo tregua, ni preparativos. Solo tres cuerpos que se acercaban, no por necesidad, sino por elección consciente. Mateo se sentó entre las dos mujeres, con las piernas cruzadas, las manos apoyadas en las rodillas. Elena, a su izquierda, con una pierna estirada, la otra doblada, la cabeza ligeramente inclinada hacia adelante. Iris, a su derecha, sentada con las manos sobre las rodillas también, pero con la espalda recta, como si estuviera aprendiendo a ser firme.

—¿Nos tomamos el vino primero? —preguntó Iris.

—Sí —dijo Mateo—. Pero que sea lento.

Elena tomó la botella y vertió el líquido oscuro en las tres copas. El vino era espeso, con un aroma a fruta oscura, a tierra y a madera vieja. Elena levantó su copa y bebió un sorbo pequeño, dejando que el sabor se disolviera en la lengua antes de tragar. Mateo hizo lo mismo, con lentitud, sin quitarle la vista de encima. Iris, en cambio, lo miró mientras bebía, como si estuviera aprendiendo el gesto.

—Es un vino de otoño —dijo Mateo—. Pero hace mucho calor.

—Entonces es un vino de verano —respondió Iris—. Con el recuerdo del otoño.

Elena sonrió. Luego, con una lentitud que parecía haberse ensayado en sueños, se levantó y se sentó frente a Mateo, con las rodillas a cada lado de sus muslos. No lo tocó. Solo se inclinó hacia adelante, lo suficiente para que su cabello cayera sobre sus hombros y su aliento rozara su mejilla.

—¿Qué sientes cuando me miras así? —le susurró.

—No sé si lo siento —respondió Mateo, con la voz grave, pero sin temblar—. Lo reconozco.

—Entonces dilo.

—Tú —dijo, y se detuvo un momento—. Y ella.

Elena cerró los ojos. Luego, abrió las manos y las colocó sobre sus muslos. Las manos de Mateo se movieron, lentamente, hasta apoyarse sobre las suyas. Los pulgares trazaron círculos pequeños en sus muñecas, como si estuvieran midiendo algo invisible.

Iris, desde su lugar, no movió un músculo. Solo los observaba, con los ojos fijos en las manos entrelazadas, en la curva de la espalda de Elena, en el modo en que Mateo, sin forzar nada, la acercaba más a sí. Luego, con una lentitud que parecía seguir el ritmo del viento, se puso de pie y caminó hacia ellos.

No se sentó. Se arrodilló.

Puso una mano sobre la rodilla de Mateo, la otra sobre la de Elena. Y entonces, lentamente, bajó su cabeza hasta que su frente rozó la de Elena. Su aliento se mezcló con el de Mateo, y el de Elena, en un movimiento que no necesitaba consentimiento verbal. Era ya una regla tácita.

—Estoy aquí —dijo Iris.

Elena abrió los ojos. Miró a Mateo. Miró a Iris. Y sonrió.

—Sé que sí.

El silencio que siguió no fue vacío. Fue denso, como el aire antes de una lluvia fuerte. Mateo, entonces, giró ligeramente la muñeca y tomó la mano de Elena. La llevó a su pecho, sobre el corazón. Ella no se sorprendió. Solo apoyó su frente contra la suya, y escuchó.

—¿Y ahora? —preguntó Iris, con la voz apenas más fuerte que el susurro del viento.

—Ahora —dijo Mateo—, cambiamos de lugar.

Elena se levantó. No con urgencia, sino con deliberación. Se colocó frente a Iris, con las manos extendidas, como si le ofreciera algo. Iris tomó una de ellas, luego la otra. Y juntas, se sentaron una frente a la otra, con las rodillas apoyadas, los muslos tocándose.

—¿Te gusta cómo se siente? —preguntó Iris, con los ojos fijos en los de Elena.

—Sí —respondió Elena—. Pero quiero sentir más.

—Entonces dilo.

—Quiero que me toques como si me reconocieras —dijo Elena—. Como si me hubieras conocido antes de vernos.

Iris no respondió con palabras. Inclinó su cuerpo hacia adelante, con una sola mano sobre la nuca de Elena, la otra bajando por su espalda hasta la cintura. Y entonces, con los ojos cerrados, rozó sus labios con los de Elena. No fue un beso. Fue un acercamiento, una interrogación que no necesitaba respuesta.

Mateo, entre ellas, no se movió. Solo las miraba, con las manos apoyadas sobre las rodillas, como si estuviera aprendiendo a ser testigo. Pero luego, lentamente, se inclinó hacia adelante y puso su mano sobre la espalda baja de Iris, sin presionar, solo acompañando.

—¿Te gusta esto? —le preguntó a Iris.

—Sí —respondió ella, sin romper el contacto con Elena—. Pero quiero que me preguntes otra vez después.

—¿Después de qué?

—Después de que sepa cómo suena mi nombre en tu boca.

Elena, entonces, apartó su rostro. No con vergüenza, sino con un gesto de entrega. Miró a Mateo.

—Dilo.

Él respiró. Luego, en voz baja, dijo:

—Iris.

No era solo un nombre. Era una promesa, una clave, un mapa.

Elena volvió a besarlo. Esta vez, con más tiempo. Con más intención. Y mientras lo hacía, Iris, con la misma lentitud, se inclinó hacia Mateo y puso su mano sobre su muslo. No subió. Solo se quedó ahí, como una ancla.

—¿Te gustaría que lo hiciera? —preguntó Iris, sin mirar a Elena.

—Sí —respondió Mateo—. Pero no así.

—¿Cómo, entonces?

—Con calma. Como si no hubiera prisa por llegar a ninguna parte.

—Entonces no llegaremos —dijo Iris—. Y eso me gusta.

—A mí también —dijo Elena, sin despegar los labios de los de Mateo.

El sol se había ido. En el jardín, el árbol de frutas parecía arder con una luz interna, como si estuviera prendido por dentro. Las sombras se alargaron sobre la alfombra, sobre las piernas entrelazadas, sobre las manos que se movían sin prisa.

Mateo, entonces, se levantó. No para alejarse, sino para tomar algo. Volvió con una manta de lana suave, la extendió sobre la alfombra, y se sentó sobre ella, con las piernas cruzadas. Elena y Iris lo siguieron, sentándose a cada lado, como si formaran un triángulo perfecto.

—¿Alguna vez han sentido que el tiempo se detiene solo por estar con alguien? —preguntó Mateo.

—Sí —dijo Iris—. Pero nunca con dos personas al mismo tiempo.

—Yo sí —dijo Elena—. Pero no fue con dos personas. Fue con una que me hacía sentir que estaba con todas.

—Entonces —dijo Iris—, es diferente.

—Sí —respondió Mateo—. Es diferente.

Luego, sin prisa, sin presión, Mateo tomó la mano de Elena y la colocó sobre su muslo. Luego, con la otra mano, tomó la de Iris y la puso sobre su pecho, sobre el corazón. Y así, con las tres manos unidas en un solo punto, se quedaron así por un largo rato.

No hubo más besos. No hubo más palabras. Solo el sonido de la respiración entrelazada, el calor que se compartía, el modo en que la piel se acostumbraba a la presencia del otro.

Iris cerró los ojos. Elena apoyó su cabeza sobre el hombro de Mateo. Él, con la mano libre, acarició suavemente el brazo de Elena, luego bajó hasta la muñeca, y luego, lentamente, hasta los dedos de Iris.

—¿Te acuerdas del vino? —preguntó Iris, con los ojos cerrados.

—Sí —dijo Mateo.

—¿Te acuerdas de cómo lo abrimos?

—Sí.

—¿Te acuerdas de cómo lo bebimos?

—Sí.

—Entonces —dijo Iris, abriendo los ojos y mirando a Elena—, ¿por qué no lo hacemos otra vez?

Y esta vez, Mateo tomó la botella, vertió el vino en las copas, y se las pasó una a una, de mano en mano, como un rito.

Elena bebió primero. Luego Iris. Y luego Mateo.

Y cuando terminaron, se miraron. No con ansiedad. No con necesidad. Solo con reconocimiento.

Porque sabían que algo había cambiado. No era amor, ni deseo, ni siquiera posesión. Era algo más simple y más profundo: el descubrimiento de que había más formas de pertenecer.

Y en ese momento, bajo la luz tenue de la lámpara, con el aire cargado del jardín entrando por la ventana y el vino aún en los labios, los tres se permitieron quedarse así, sin nada que demostrar, sin nada que ganar.

Solo existir.

Juntos.

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