El Jardín de las Pálidas Flores
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Aquel viernes, las flores del jardín de la casa de Veracruz estaban más pálidas de lo usual, como si hubieran llorado en silencio durante la noche. Yo había ido a ayudar a mi prima Maya a organizar las plantas antes de que llegaran sus amigas para la cena. Ella trabajaba en su tesis de arquitectura y necesitaba luz natural para dibujar, así que me ofrecí a cuidar el jardín mientras ella se encerraba en su cuarto con sus planos.
Me puse mis guantes de algodón viejos, los que olían a tierra húmeda y clorofila. El sol ya pegaba fuerte, pero la brisa del Golfo entraba por la ventana entreabierta, llevándose el calor como una caricia. Entonces la escuché: un suspiro Ahogado, casi imperceptible. No era por dentro de la casa. Venía del otro lado del muro bajo, donde crecían las gardenias y donde —por costumbre— no se ponía el pie.
Me acerqué despacio, como quien se acerca a un nido de aves nerviosas. Maya no sabía que yo había notado antes que a veces, cuando caminaba por la calle trasera, un par de ojos oscuros la seguían desde la ventana del vecino. No era curiosidad mala, era solo una observación más, como notar que el perro del vecino ladra siempre a las ocho y media. Pero aquel día, al inclinarme para cortar una rama seca, escuché el roce de una silla de madera, el crujido de una manta deslizándose sobre el concreto.
Y lo vi.
A él. A Luis, el vecino de enfrente. No más de treinta y tantos, pelo canoso en las sienes, manos grandes y manchas de café en las muñecas. Estaba sentado en su banca de madera, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza inclinada, como rezando. Pero no rezaba. Tenía una foto entre los dedos: una foto de Maya, tomada de casualidad, en plena calle, con su blusa blanca abierta sobre el pecho y el viento levantándole el borde del pantalón.
Me quedé quieto. No me dio miedo. Me dio otra cosa: una especie de vértigo suave, como cuando el cuerpo reconoce algo que ya sabía pero que no había querido nombrar.
Ella no sabía.
Y yo no iba a decírselo. No por respeto a ella, sino por respeto a mí. Porque en ese instante, viendo cómo Luis giraba la foto con el pulgar, como si oliéndola, sentí algo que no esperaba: no era envidia, tampoco ira. Era deseo. No por él. Por el hecho de haber sido testigo. Por la intensidad con que él miraba, por la forma en que su pecho se hundía al exhalar, por el temblor en su dedo índice cuando pasaba por el borde de la foto.
No me moví. Ni siquiera cuando ella salió del cuarto, con una toalla enrollada en la cabeza y una playera de algodón que le quedaba corta. Caminó hacia el jardín, descalza, con las uñas de los pies pintadas de verde, como las hojas nuevas. Se sentó en la banca contraria a la de Luis, sin verlo, como si ya supiera que estaba allí. Y él —Luis— no hizo ruido. Solo se puso de pie, lentamente, y se acercó a ella. No la tocó. Solo se detuvo a un palmo de distancia, respirando el mismo aire que ella.
—¿Te acuerdas de cuando plantamos estas gardenias? —preguntó Maya, sin mirarlo.
—Sí —respondió él, con voz que le temblaba apenas—. Fue un jueves. Llovía.
—Y tú dijiste que florecerían antes si les hablabas.
Él asintió. Y entonces, por primera vez, ella lo miró. No con sorpresa. No con vergüenza. Con algo más hondo: reconocimiento.
—¿Les hablaste? —preguntó Maya.
—Sí. —Él tragó saliva—. Les dije que florecerían para ti.
Y entonces, sin más, Maya se puso de pie y se acercó a él. No lo besó. Solo apoyó la frente contra su pecho, como si hubiera estado esperando ese momento desde antes de nacer. Él la tomó de las nalgas, con las palmas calientes, y la levantó un poco, como si la cargara con cuidado de flor frágil. Ella se estiró y le besó el cuello, justo donde la venita latía más fuerte.
No dije nada. Me quedé en la sombra del muro, entre las hojas de plátano, con los guantes aún en las manos, oliendo a tierra y a flores, y a algo más antiguo, más dulce: deseo hecho calma.
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