El Jardín de las Cenizas

El Jardín de las Cenizas

@natalia_fuego ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 6 min de lectura

Yo no era de las que andan buscando líos. Soy casada, con dos hijos pequeños, y mi vida transcurre entre las tareas de la casa y el trabajo en la peluquería de mi hermana. Pero hay días —pocos, pero que dolían como un chuzo en el riñón— en que el cuerpo se levanta y te recuerda que no es tan fiel como la mente.

Aquello empezó con una lluvia fina, de esas que empapan la piel sin que te des cuenta. Estaba parada bajo el toldo del paradero, con el celular en la mano y el abrigo mal puesto, cuando apareció él. Diego. Mi vecino de enfrente, el que nunca me saludaba más allá de un "buenos días" seco, como si temiera que sus palabras se pegaran al aire y lo acusaran de algo.

Pero ese día, bajo la lluvia fría de mediados de mayo, sus ojos no eran secos. Eran húmedos, calientes, y se clavaban en mí como si me estuviera quitando la ropa con la mirada. Me ofreció el paraguas. No era un gesto casual: era una invitación.

—¿O no te importa mojarte un poquito? —me dijo, esa voz ronca que nunca había escuchado antes.

No respondí. Solo tomé el paruguas y caminamos juntos hasta la esquina, donde él se detuvo.

—¿Te importa si te acompañó hasta la puerta?

Asentí. Y así, entre el sonido de las gotas resbalando por el plástico y el olor a tierra mojada, llegamos a mi casa. Me dio el paraguas de vuelta, y por un segundo, sus dedos rozaron los míos. No me retiré. Me quedé quieta, con el corazón palpitando como si me hubiera dado un paseo en motocicleta por el pecho.

Diego es alto, de hombros anchos, con el pelo canoso apenas en las sienes, y una cicatriz en la ceja izquierda que dice más de su historia que mil palabras. Trabaja en una librería antigua del centro, dice. Pero yo nunca lo vi con un libro en la mano. Solo lo vi observando. Observando a mí.

Una semana después, encontré una nota en mi buzón, escrita a mano, con tinta azul oscuro:

*“¿Te apetece un café en la terraza de mi casa? El cielo está limpio hoy.”*

No firmaba. Pero lo reconocí al instante. Y aunque sabía que era una tontería, que era una cuestión de segundos, de minutos, de una vida entera que se venía abajo con una sola decisión… acepté.

Esa noche, después de que los niños se durmieron y mi marido se fue a ver su partido favorito en la sala, bajé sigilosamente por la escalera de servicio y crucé la calle. No con miedo, sino con una especie de euforia callada, como cuando uno finalmente se atreve a tocar lo que siempre ha querido pero teme que se queme.

La puerta estaba entreabierta. Lo esperaba en la terraza, sentado en una silla de madera con cojín negro, fumando un cigarro que brillaba en la oscuridad como una estrella apagada. No me dijo nada. Solo me tendió la mano. Y yo la tomé. Como quien toma un trago de aguardiente cuando ya no aguanta más la sed.

—¿Por qué ahora? —le pregunté mientras me sentaba junto a él.

—Porque cada día que pasas al lado de alguien sin sentir lo que realmente quieres… es como quemar un libro sin leerlo.

Y entonces me besó.

No fue un beso suave. Fue un beso que ya llevaba días encerrándose en la lengua, que se desbordaba como un río en crecida. Sus labios eran duros y cálidos, y su lengua entró en mi boca con una seguridad que me hizo temblar. Sentí su barba raspándome la mejilla, su aliento cargado de tabaco y algo más, algo que no podía nombrar pero que sabía que era mío.

Me levanté sin pensarlo, y me senté en su regazo. Él soltó el cigarro al suelo y me agarró de la cintura con fuerza, como si me temiera que huyera. No iba a huir. Había esperado mucho tiempo para sentir ese calor.

—¿Estás segura? —me preguntó, la voz rota, los ojos clavados en los míos.

Asentí. Solo asentí.

Me levanté un poco para desabrocharme el blusón, y cuando lo dejé caer al suelo, vi cómo sus pupilas se dilataban. No era el mismo hombre de la calle. Era otro. Más oscuro. Más vivo.

—Te quiero ver —dije yo, por primera vez usando ese verbo que suena tan simple y tan peligroso.

Él me levantó la falda con cuidado, como si fuera un objeto frágil. Y cuando vi sus manos acercarse a mis muslos, sentí un cosquilleo que me subió por la espina dorsal hasta la nuca. Sus dedos rozaron la elástica de mi calza, y luego, despacio, se deslizaron hacia adentro, buscando el punto donde ya estaba mojada, donde ya lo había estado desde que puse un pie en su casa.

—Estás humedecida… —susurró, con un tono que no era de pregunta, sino de certeza.

—Sí —le confesé, con la frente apoyada en su hombro—. Desde que me diste el paraguas.

Él sonrió, y ese gesto lo hizo parecer más joven, más peligroso. Me giró suavemente y me acostó sobre la manta de la terraza, mientras el cielo se iluminaba con las primeras luces de la ciudad. Me desabrochó los zapatos, las medias, y luego me quitó el calzoncillo con una lentitud que me hizo gemir.

—Te mereces más que una terraza —me dijo, mientras me separaba las piernas con las rodillas.

—No necesito más que esto —respondí, y tiré de su camisa hasta que se la sacó por la cabeza.

Lo vi entonces, desnudo bajo la luz tenue de las farolas. Tenía un pito grueso, bien formado, y una cicatriz pequeña en el vientre, como si le hubieran cortado algo importante una vez. Me acerqué y lo toqué, con la palma, con los dedos, con la boca. Lo lamí suavemente, sintiendo cómo se ponía más duro entre mis manos.

—Mamá… —susurró, y ese apelativo me hizo temblar.

Lo tomé con las dos manos, lo llevé a mi boca, y lo chupé con fuerza, sintiendo cómo su cuerpo se estremecía. Él me sujetó la cabeza, pero no con violencia, sino con un cuidado que me hacía sentir poderosa, deseada, necesaria.

Cuando ya no aguanté más, me levanté, me senté sobre él, y lo introduje en mí con un movimiento lento, hasta el fondo. Se llenó de mí, y yo sentí que me deshacía, que me fundía como cera al sol.

—Más fuerte —le pedí, y él obedeció.

Nos movimos como si no hubiera mañana, como si el tiempo se hubiera olvidado de nosotros. Él me agarraba de las caderas y me empujaba con fuerza, mientras yo apoyaba las manos en su pecho, sintiendo su corazón latir como un tambor en la noche.

—Natalia… —me llamaba, con la voz rota por el esfuerzo—. ¿Me estás escuchando?

—Sí —le respondí, con los ojos cerrados—. Te escucho.

Y entonces, cuando sentí que se acercaba, que su cuerpo se tensaba como un arco, lo miré a los ojos y le dije:

—Ven dentro de mí.

Él se dejó llevar, y cuando lo hizo, sentí que algo dentro de mí se rompía, no de dolor, sino de libertad. Me corrió dentro, caliente y copioso, y yo lo sentí correr por dentro, como si me hubiera dado un regalo que no sabía que quería.

Se derrumbó sobre mí, sudoroso, agitado, y me besó la frente.

—¿Qué hacemos ahora? —le pregunté.

—Lo que siempre hicimos… pero con más ganas.

Y así, bajo el cielo de Medellín, entre el olor a gardenia y el recuerdo de la lluvia, supe que no volvería a ser la misma.

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