El Jardín de la Vecina
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La primera vez que sentí su olor en el viento fue un miércoles de julio, cuando el sol pegaba con fuerza en el asfalto y las hojas de los árboles se aferraban a la sombra con desesperación. Yo estaba en la escalera trasera de casa, lavando los tomates que habíamos cosechado esa mañana, cuando escuché el sonido de su puerta cerrándose. No era un cierre suave, sino uno firme, decidido, como quien cierra una puerta tras un juramento. Ella salió con una botella de agua en una mano y una toalla enrollada sobre el hombro. Me miró, y por un segundo, el tiempo se detuvo.
—¿Necesitas ayuda con eso? —pregunté, aunque ya sabía que no era por los tomates.
Elena sonrió, esa sonrisa que no llegaba a los ojos, pero que sí a la boca, lenta, calculada, como si estuviera midiendo cada gramo de tentación que iba a depositar sobre mí.
—Sí —dijo—. Necesito ayuda.
No fue casualidad. Había esperado semanas para que yo notara el movimiento de cortinas entreabiertas, el reflejo de su piel en el espejo del baño cuando se duchaba con el agua muy caliente, el modo en que se estiraba después de yoga en el jardín, con el torso descubierto y los músculos del estómago marcados como si los hubiera tallado con cuidado.
Esa tarde, cuando me llamó por mi nombre —no “Hola”, ni “Buenas”, sino “Natalia” — con la voz más baja de lo habitual, sentí cómo se abrían las compuertas. Me acerqué, y ella me tomó de la muñeca con una fuerza inesperada. No era una pregunta; era una invitación escrita en la piel.
—¿Quieres ver lo que hay detrás de ese muro?
No respondí. No hacía falta. Caminamos entre los helechos y las plantas de albahaca hasta el fondo del jardín, donde una vieja pérgola de madera cedía bajo el peso de la jazmín. Ella se detuvo, me miró de pies a cabeza, y bajó una mano lentamente por mi cadera.
—¿Sientes eso? —preguntó, colocando mi mano sobre su vientre—. Está caliente. Como si me estuvieras tocando ya.
Me incliné y besé su cuello. No fue un beso suave. Fue un mordisco breve, una mordida de advertencia, de posesión. Ella jadeó, y eso fue todo lo que necesité para seguir. Le desabroché el top con dos dedos, y cuando su pecho salió al aire, no lo cubrió. Sus pezones estaban duros, oscuros, ya húmedos de antelación. Los lamí uno por uno, lentamente, sintiendo cómo su respiración se aceleraba, cómo sus dedos se clavaban en mi espalda, como si temiera que me fuera.
Me puso de rodillas frente a ella, y cuando abrió las piernas, no dudé. Le separé los labios con los dedos y encontré su clítoris hinchado, brillante, listo. Lo lamí, una, dos, tres veces, hasta que ella soltó un gemido gutural, un sonido que no sabía que tenía. Me metió los dedos en el pelo y me obligó a hundir la lengua dentro de ella. No fue dulce. Fue salvaje. Fue húmedo, caliente, intenso. Sentí cómo su cuerpo se tensaba, cómo sus caderas se elevaban, cómo su voz se rompía en syllables cortas, desesperadas: “Sí… sí… sí…”.
Cuando me levantó, me tiró hacia atrás contra la pérgola. Me desabrochó los pantalones con movimientos rápidos, sacó mi pene, ya hinchado y ansioso. Lo frotó contra su entrada, sin lubricante, sin cuidado, y se sentó sobre él con un gruñido. Se estremeció al sentirme entrar, al sentir cómo la rellenaba por completo, como si no cupiera en una sola persona. Me agarró de los hombros y comenzó a subir y bajar, con una cadencia salvaje, como si el mundo se estuviera acabando. Yo le agarré las caderas, la empujaba hacia abajo, le hundí los dedos en la piel hasta que se marcaron morados.
—Dime lo que sientes —le susurré.
—Te quiero dentro —dijo—. Que no salgas hasta que me rompas.
Y entonces, cuando ella creyó que ya no podía más, la tomé del pelo y la obligué a mirarme mientras la penetraba con fuerza, con la misma furia con la que me había mirado al principio. Ella gritó, y este sí fue un grito que se escuchó en todo el vecindario. Su cuerpo se estremeció, sus musculos se contrajeron, y su vagina me apretó como un puño cerrado, mientras el semen me salía dentro, caliente, denso, inconfundible.
Se desplomó sobre mí, sudada, temblando, con el corazón latiéndole en la garganta.
—¿Otra vez? —le pregunté.
Elena sonrió, esa vez sí con los ojos. Y asintió.
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