El intercambio del viernes
7 minEl intercambio del viernes
La lluvia fina de junio pegaba al vidrio del living como un suspiro constante. Federico, con la camiseta de algodón desabotonada hasta el ombligo y las piernas cruzadas sobre el sofá, miraba cómo Lucía se servía un vaso de vino tinto en la cocina. La luz cálida del pendiente de latón iluminaba sus hombros desnudos, el contorno suave de sus brazos, y la curva de su cuello cuando inclinaba la cabeza para beber un trago. Federico ya la había estado mirando así desde que llegaron: con esa mezcla de timidez y urgencia que solo da la certeza de que esta noche no volverá a ser como las otras.
—¿Viste cómo se puso el cielo? —dijo Lucía, acercándose con el vaso en la mano y sentándose a su lado, sin tocarlo aún.
—Sí —respondió Federico, con la voz más grave de lo normal—. Parece que el mundo se apaga antes de empezar.
No era poesía lo que buscaban, pero en su casa, entre amigos que ya conocían sus límites y sus ganas, las palabras tenían un peso distinto. Hacía tres meses que venían a estos encuentros mensuales en la casa de Mariana y Cristian: dos vecinos de Recoleta que habían abierto su espacio con una naturalidad que, al principio, los había puesto nerviosos. Pero con el tiempo, Federico y Lucía habían aprendido a soltarse: a mirar sin vergüenza, a tocar sin prisa, a decir lo que querían sin disimulos.
Esa noche, Mariana había llegado con un vestido negro de tirantes finos que dejaba al descubierto su espalda curveada y los hombros pálidos. A su lado, Cristian, con la barba bien recortada y la mirada tranquila, sostenía una botella de malbec y una sonrisa de complicidad. Ambos tenían esa paz de quienes saben exactamente qué quieren y cómo conseguirla.
—¿Qué les parece si empezamos con el vino y después vemos cómo se va armando la noche? —preguntó Mariana, sentándose en el borde de la mesa baja y cruzando las piernas con una lentitud deliberada.
Lucía asintió, y Federico, sin quitarle los ojos de encima, notó cómo se le erizaban los pechos bajo la fina tela del blazer que había llevado por si acaso. Se lo quitó sin prisa, colgándolo en el respaldo de una silla, y luego desabotonó las primeras dos botones de la blusa blanca. Federico tragó saliva. Lucía no era de las que se desvisten de golpe: lo hacía como si cada gesto fuera una palabra, como si el despojarse fuera un lenguaje que aún estaban aprendiendo a dominar juntos.
Cristian se acercó a la mesa, sirvió vino en copas pequeñas y se sentó frente a ellos. Sus ojos, oscuros y atentos, pasaron de Mariana a Lucía y luego a Federico, como si midiera un pulso invisible.
—¿Alguien se anima a empezar con algo suave? —dijo, y su voz no tenía presión, solo invitación.
Federico, que ya tenía la entrepierna tiesa, se inclinó hacia adelante y apoyó los codos en las rodillas. Miró a Lucía y le dijo:
—Vení.
Ella no se movió de inmediato. Solo lo miró, con las cejas ligeramente levantadas, como preguntándole si estaba seguro. Él asintió, y entonces Lucía se puso de pie, caminó hasta él con pasos lentos, y se sentó sobre su muslo derecho, cruzando las piernas por detrás de su cintura. Federico le puso una mano en la nuca, sintiendo su cabello húmedo por la lluvia, y la atrajo hacia su boca.
El beso no fue urgente. Fue húmedo, profundo, con lengua y sabor a vino y a promesa. Lucía se dejó llevar, pero con las manos apoyadas en sus hombros, como para sostenerse, como para medir la distancia. Federico notó cómo se le aceleraba el pulso en la sien, cómo se le dilataban las pupilas cuando le rozó el cuello con los dientes.
—Me tenés que decir si algo no te gusta —le susurró Lucía, y Federico supo que era su forma de decir *sí*.
Mariana, que los observaba con una sonrisa leve, se levantó y se acercó a Cristian. Le quitó la camisa con un gesto fácil, como si llevara rato ansiando hacerlo, y luego bajó sus manos por su pecho plano, marcado por los músculos, hasta desabrocharle el cierre de los pantalones. Cristian no dijo nada, solo respiró hondo y le puso una mano en la nuca, atrayéndola hacia él.
Federico y Lucía se separaron apenas, lo justo para mirarse. Ella le quitó la camiseta, pasando las manos por su pecho, por sus costillas, y luego bajó hasta el borde del pantalón. Federico la tomó de la muñeca.
—No todavía —dijo, y la llevó hasta el sofá—. Quiero verte.
Lucía se recostó, con las piernas abiertas en un ángulo natural, y se llevó las manos a los pechos. Federico se arrodilló frente a ella, y con la punta de los dedos, trazó círculos alrededor de sus pezones, ya duros y visibles bajo la blusa. Ella suspiró, y Federico se inclinó para lamer uno, suavemente, mientras con la otra mano le masajeaba el otro, tirando con delicadeza hasta que Lucía arqueó la espalda.
—Sí… sí, Federico —murmuró.
Él le bajó el pantalón y la medias, con lentitud, y cuando lo tuvo todo a la vista, se detuvo. Lucía tenía la concha bien depilada, los labios hinchados y oscuros, y la humedad ya se le veía en el pliegue. Federico no se apresuró: primero besó su muslo interior, luego el hueco debajo del ombligo, y finalmente, con la lengua apenas rozando, pasó por encima de su clítoris.
Lucía gimió, bajo pero firme, y Federico sonrió contra su piel.
—¿Te gusta así?
—Sí, vos sabés cómo me gusta —dijo ella, y lo tiró hacia ella para besarla otra vez.
Mientras tanto, Mariana y Cristian estaban en el suelo, con ella sentada a horcajadas sobre él, los pechos de Mariana rozando su pecho mientras él la mordía suavemente en el cuello. Ella se movía con pequeños círculos, buscando el ritmo, y cuando Cristian le puso las manos en las caderas y la empujó hacia abajo, ella soltó un grito ahogado.
—Garchame ya, por favor —le pidió, con los ojos cerrados y el cabello pegado a la frente.
Cristian la giró y la tomó por la cintura, levantándola apenas para meterse dentro de ella. Mariana gimió fuerte, como si le doliera y le gustara al mismo tiempo. Federico y Lucía los miraron mientras se movían, mientras Lucía se llevaba una mano entre las piernas y se frotaba con el pulgar, con los ojos fijos en el culo de Mariana, en la forma en que Cristian la cogía con seguridad.
—¿Querés que te lo meta? —le preguntó Federico, con la boca pegada a su oreja.
—Sí —dijo Lucía, sin dudar—. Quiero sentirte adentro.
Él se levantó, se sacó los pantalones y la ropa interior, y se puso frente a ella. La abrió con las manos, encontró su humedad, y se colocó contra su entrada. Lucía le tomó el pene con la mano, lo guió, y lo empujó hacia adentro con una lentitud que los dos sabían que no iba a durar mucho.
—Ah… —gimió Lucía, con los ojos cerrados y la boca entreabierta.
Federico se dejó llevar, entrando todo, hasta que los dos estuvieron pegados, sudorosos y temblorosos. Lucía le puso las piernas alrededor de la cintura y lo atrajo hacia ella, buscando más profundidad. Él empezó a moverse, con golpes cortos, secos, y cada vez más fuertes, hasta que Lucía empezó a jadear, con los pechos subiendo y bajando, con los ojos vidriosos.
—Casi… casi —susurró.
Mariana, que había terminado primero, se acercó y se sentó a lado de Cristian, quien aún cogía a Lucía con fuerza. Se puso de pie, se quitó el vestido y se acercó a Federico. Le pasó una mano por el brazo, lo besó en el hombro, y luego le puso la boca en el pene, lamiéndole la punta mientras Lucía se estremecía con cada movida.
—Decile que me garche después —le dijo Mariana a Federico, sin soltarlo.
Él asintió, y mientras Lucía llegaba con un grito estrangulado, con los ojos cerrados y las uñas clavadas en sus muslos, Federico empujó a Mariana hacia atrás y se metió dentro de ella.
Ella no dijo nada, solo se dejó hacer, con los ojos cerrados y la cabeza hacia atrás, mientras Federico la cogía con el mismo ritmo que le daba a Lucía, como si la misma
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