El Intercambio del Pico de la Virgen
7 minEl Intercambio del Pico de la Virgen
La noche del viernes se le puso tensa a Medellín. Llovía con esa intensidad propia de la estación, gotas grandes que golpeaban el techo de chapa del departamento de los Ríos como si alguien les estuviera pegando con los puños cerrados. Dentro, Camila y Julián se movían con lentitud, como si el tiempo se hubiera acelerado para afuera, pero dentro de esa casa de El Poblado, todo estaba a propósito despacio.
—¿Te acuerdas cómo quedó la última vez? —preguntó Camila, sentada en el borde de la cama, los pies descalzos apoyados en el suelo de mármol, la falda negra subida hasta la mitad del muslo, el sujetador de encaje ya abierto por detrás, las tetas colgando un poco, suaves, sin perder forma, pero ya sabiendo que iban a ser apretadas, chupadas, mordidas.
Julián no respondió con palabras. Se acercó, se arrodilló frente a ella, le agarró la rodilla derecha con una mano y con la otra le subió la falda hasta la cintura. Le pasó los dedos por el interior del muslo, lentamente, hasta topar con el bordado del slip de satén violeta. Lo rozó, lo apretó un poco, y ella soltó un suspiro que era medio queja, medio súplica.
—Te acuerdas, ¿sí o no? —insistió.
—Claro que me acuerdo —dijo él, al fin—. Te la comí hasta que te saliste llorando, y después te puse en cuclillas y te puse el pito en el culo sin más aviso.
Camila le dio una palmada en la cara, suave, pero con fuerza, como quien le dice a un perro que se porta bien: no es castigo, es reconocimiento.
—Joder, Julián… vos sí sabés cómo hacerme recordar.
Él se levantó, la tomó de la cintura y la sentó de espaldas en la mesa de cristal del comedor. La mesa que usaban para cenar los domingos, con sus vasos de vidrio y sus servilletas dobladas. Le abrió los dos botones delanteros de la blusa y le sacó los pechos. Se los chupó con saña, uno, luego el otro, con la lengua moviéndole el pezón como si fuera un botón de encendido y él necesitara que el motor arrancara de una.
—Hoy no somos nosotros —le dijo Julián, mientras con los dedos le abría el culo, separándole las nalgas para ver bien cómo quedaba, la raya oscura, el orificio apretado, humedecido ya por la expectativa—. Hoy somos regalos.
La puerta se abrió a las 22:03. No hubo timbre. El dueño del otro grupo —Carlos, un tipo de calvas prematuras y manos grandes, de esas que parecen hechas para sujetar cabestros— entró sin pedir permiso, seguido por su novia, Daniela, una morena de ojos verdes y cadera ancha, con una falda plisada que le llegaba a la mitad del muslo y una blusa blanca, abierta por dentro, sin sostén, los pechos flotando como dos frutas recién cortadas.
—Bienvenidos —dijo Camila, sin moverse de la mesa, las manos apoyadas atrás, los codos flexionados, el pecho hacia adelante, ofrecido—. Apenas estábamos calentando.
Carlos no dijo nada. Se acercó, le echó una mirada a los pechos de Daniela, luego a los de Camila, y se lamió los labios. Luego, sin más, le agarró el pelo a Daniela y la obligó a arrodillarse frente a la mesa. Le bajó la falda y el slip, dejando al descubierto su pito, medio blando, pero ya húmedo en la punta. Le pidió que se lo lamiera, y ella lo hizo con una naturalidad que era parte del juego: lengua plana, besos húmedos, chupetones suaves, como si estuviera sacándole una tajada de mango.
Julián se dio vuelta, se quitó la camisa, los pantalones, las bragas. Quedó en calzones, con el pito ya medio erguido, grueso, la cabeza roja, la fores abierta, gotas de pre-cum que se le salían como miel espesa. Le hizo una señal a Camila: “Tu turno”.
Ella se levantó, le quitó los calzones a Carlos, lo tomó de la base y lo sacudió un par de veces, como quien sacude una manta antes de tenderla. Luego lo llevó con la mano hasta su boca, le dio un beso en la punta, lo chupó una vez, con fuerza, y luego lo metió entero en su boca, hasta la base. Se lo mamió con lentitud, subiendo y bajando, con los ojos cerrados y la lengua rozándole el glande en cada bajada.
Carlos jadeó, soltó un “joder, chucha”, y le pidió que parara. Le dijo que no quería terminar ahí. Que quería meterse en su culo.
—El mismo de siempre —dijo él—. El que me dejó con ganas la última vez.
Camila se separó, se limpió la boca con el dorso de la mano, y se puso de pie. Se volvió hacia la pared, se apoyó con las manos, levantó la falda y se inclinó, dejando su culo en alto, abierto, esperando. Daniela, aún arrodillada, se acercó con un frasco de aceite de almendras, lo abrió, se echó un poco en la palma, lo frotó con las manos, y lo aplicó sobre el ano de Camila, masajeándolo con el pulgar, en círculos pequeños, presionando suavemente hasta que el músculo se relajó y aceptó el dedo.
—Mira cómo se le abre —dijo Daniela, en voz baja, como si fuera un secreto compartido entre mujeres—. Ya lo tiene abierto, como si lo hubiera estado esperando toda la semana.
Julián se acercó, se puso detrás de Camila, le agarró las caderas con fuerza, le metió la punta del pito en el ano, y le dijo: “Respira”. Ella inhaló, y él empujó, lento, lento, hasta que todo su pito entró, hasta que le tocó el ombligo con la base. Camila soltó un grito que era medio dolor, medio placer, medio risa.
—¡Joder, Julián! ¡Qué rico! —dijo, y se agarró fuerte al borde de la mesa.
Carlos, ahora de pie, se acercó a Daniela, la tomó de la cintura y la levantó como si fuera un saco de arroz. La sentó en la mesa, entre los platos y los vasos, y le abrió las piernas. Le metió el pito, que ya estaba duro como una vara de palo, y la empotró contra la pared. Daniela gritó: “¡Ay, Dios!”, y se le aferró a los hombros, las uñas clavándose en la piel.
—¡Más fuerte! ¡Más fuerte! —le decía ella.
Y él le daba más. Le daba con fuerza, con golpes secos, con la cadera golpeándole las nalgas, con el pito entrando y saliendo con ese sonido húmedo, carnoso, que solo el sexo bien hecho produce.
Mientras eso pasaba, Camila y Julián seguían en su ritmo. Él la embestía con lentitud, pero con profundidad, con la cabeza del pito rozándole el punto G cada vez que entraba, y ella se daba contra él, con las nalgas chocando contra su vientre, con el culo abriéndose y cerrándose como un corazón que late al compás del deseo.
—¿Te gusta verlo? —le preguntó Julián, sin soltarle el culo, con la voz ronca.
—Sí —dijo Camila, entre jadeos—. Me encanta verlo mamarle la polla a mi marido mientras le mete el pito al culo a mi amiga.
Julián se rió, una risa baja, de hombre que sabe que está ganando.
—Pues agárrate fuerte, porque ahora voy a darte un regalo.
Y le metió la mano por el ombligo, le bajó el sujetador, le agarró un pecho, lo apretó, y se lo chupó con fuerza, mientras seguía metiéndose en su culo como si fuera un hombre que va a morir al día siguiente y solo tiene esta noche.
Daniela se corrió primero. Un grito agudo, descontrolado, con los ojos cerrados y la cara pegada al hombro de Carlos. Él le siguió el paso un minuto después, empujando fuerte, agarrándole el pelo, y derramándole dentro con un gruñido que sonó como un perro de guarda que ha encontrado a su presa.
Julián, entonces, se sacó, se dio vuelta, y se acercó a Daniela. Le agarró la cara con las dos manos, la besó en la boca, con la lengua, y le metió el dedo en la boca. Luego, sin soltarla, le dijo: “Ahora tú”.
Y le metió el pito en la boca. Se lo mamió como si fuera un chupete, sin pausa, sin respirar, hasta que Daniela se puso roja, le temblaron las piernas, y se corrió otra vez, esta vez con el pito de Julián en la boca.
Cuando todo terminó, cuando los cuerpos estaban
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