El Humo del Café en la Oficina
Vivía con la culpa como un segundo latido. No era una culpa de esas que se sienten después de una traición descarada —no, la mía era más sutil, más sorda, más mía: la de querer con fuerza a alguien que no era mío, y sentirlo como una descarga eléctrica en cada rincón del cuerpo, aunque nada hubiera pasado aún. Se llamaba Federico. Tenía treinta y siete años, los mismos que yo, pero parecía llevar veinte más de experiencia, de seguridad, de ese modo de moverse sin pedir permiso al espacio. Trabajábamos en la misma oficina desde hacía tres años. Él, en Contabilidad. Yo, en Logística. Nada que justificara un suspiro, mucho menos un deseo.
Pero Federico me miraba de una manera que no era casual. No era la mirada de un colega que te saluda con un gesto rápido y sigue con su café. Era otra cosa. Larga. Insistente. Como si estuviera desprendiendo capas de ropa mental con los ojos. Yo lo sentía en la nuca cuando pasaba frente a mi escritorio, cuando iba a la fotocopiadora, cuando tomaba el ascensor. A veces, cuando me asomaba a la cocinacita, lo encontraba allí, frente al horno microondas, con su taza de café negro humeante entre sus dedos, y me miraba. No decía nada. Sólo me miraba. Y yo —yo, que siempre fui ordenada, serena, la de los informes puntuales y las reuniones sin interrupciones— me quedaba paralizada, con las manos sudadas y el corazón latiendo como si hubiera corrido una carrera contra el tiempo.
Una tarde de viernes, justo antes de las 18, llovía a cántaros. El cielo se había deshecho en un torbellino gris y el aire dentro de la oficina olía a humedad y papel mojado. Me quedé hasta tarde, como hacía siempre cuando tenía que cerrar algo antes del fin de semana. Y él también. Nadie más en el piso. Sólo los sonidos del teclado, el zumbido de las luces fluorescentes y el goteo de la canilla rota en el baño de damas.
—¿Todavía acá? —su voz salió de la puerta, sin sorpresa, como si ya lo hubiera esperado.
Me giré. Estaba de pie, con la camisa sin abotonar hasta el ombligo, los mangos enrollados hasta los codos, y los rulos de los dedos de la mano izquierda manchados de café. Me miraba como si ya me hubiera quitado la ropa mentalmente, y la verdad sea dicha, me gustaba que lo hiciera.
—Tengo que cerrar el reporte de movimientos —mentí. El reporte ya estaba listo.
Fede se acercó. No con precipitación, sino con la lentitud de quien sabe que tiene tiempo. Se detuvo a un metro. Tan cerca que pude ver la vetita de sudor que le bajaba por el costado del cuello, desapareciendo bajo la camisa. Oí su respiración. Más lenta que la mía. Más segura.
—Y yo tengo que beber algo que me despierte —dijo, sin alejarse—. ¿Querés acompañarme?
No respondí. Sólo asentí con la cabeza. Como si mi cuerpo ya hubiera tomado la decisión y yo, la idiota de la cabeza, estuviera intentando convencerlo de que se arrepintiera.
Fuimos juntos a la cocinacita. El piso crujía bajo nuestros pasos. El silencio era tan denso que oía el sonido de mi propia sangre en los oídos. Él se sirvió café. Yo me serví un agua con hielo, aunque sabía que no me calmaría nada.
—¿Nerviosa? —me preguntó, sin mirarme. Sólo estaba inclinado sobre la cafetera, como si la clave del universo estuviera en ese maldito aparato.
—No —dije, y me di cuenta de que mentía.
—A mí me pasa siempre cuando estás cerca —admitió, y por fin me miró directo a los ojos—. Como ahora.
Su taza estaba frente a mí. Yo apoyé las manos en el borde de la mesada. Sentí la humedad del vidrio, el calor del líquido que aún le quedaba. Él se inclinó, lentamente, como si me ofreciera un pacto. Y lo hizo.
—Vení —susurró, con la voz áspera, como si le costara sacar la palabra.
No fue una orden. Fue una invitación. Y yo, que tantas veces me había reprochado no ser más atrevida, no dudé. Caminé hasta él. No corrimos. Caminé. Cada paso fue como una promesa que le hacía al deseo. Me detuve frente a su pecho. A un centímetro. Lo suficiente para sentir su aliento en mi frente.
—Sos peligrosa —dije, pero no era una queja. Era una confesión.
—Y vos —respondió, con una sonrisa que no llegaba a los ojos—, sos la única que me hace sentir que puedo perder el control.
Me tomó la mano. La apretó contra su pecho. Sentí el latido, rápido, desbocado. No era un latido de atleta. Era el de un hombre que lleva mucho tiempo conteniéndose.
—¿Y si nos descubren? —pregunté, pero ya sabía la respuesta. No me importaba.
—Que nos descubran —dijo, y me soltó la mano para pasarla por mi cintura—. Que sepan que vos querés esto tanto como yo.
Su otra mano me rozó la nuca, con los dedos templados, con la seguridad de quien ya no duda. Me inclinó la cabeza hacia atrás, con una suavidad que me hizo temblar. Y entonces me besó.
No fue un beso de despedida, ni de descaro en la sala de reuniones. Fue un beso lento, húmedo, como si nos estuviéramos reencontrando después de una guerra. Abrió mi boca con la lengua, con delicadeza, pero con una fuerza que me hizo aferrarme a su camisa. Sentí su sabor: café amargo, sal de piel, y algo más… algo que no pude nombrar, pero que me hizo sentir que estaba llegando a la superficie después de mucho tiempo bajo el agua.
Me separó apenas, lo suficiente para susurrarme al oído:
—Quiero llevarte a mi casa. No ahora. Pero hoy. No voy a aguantar más.
No respondí. Sólo puse la mano sobre su cuello, le acaricié la nuca con el pulgar, y le besé la mandíbula, el cuello, el punto justo donde sentí que latía todo su deseo contenido.
—Dime que sí —me pidió, con la voz rota.
—Sí —dije, y por primera vez en mi vida, no sentí culpa. Sentí libertad.
Se apartó un paso. Me tomó de la mano. Y juntos salimos de la oficina, sin mirar atrás. La lluvia seguía cayendo, pero esta vez no sentí frío. Sentí calor. El calor de algo que está por explotar.
Subimos al auto de él. Un auto gris, limpio, sin perfumes, con olor a cuero y papel. Me senté al lado. Me miró mientras ataba el cinturón.
—¿Y si alguien nos ve? —pregunté, por puro hábito.
—Que nos vea —respondió, y arrancó el auto con una sonrisa que me derretía el estómago.
La ciudad pasaba por la ventanilla, empapada, oscura, con luces que se reflejaban en el vidrio como estrellas caídas. Federico me tomó la mano otra vez, y esta vez no la soltó. Me apretó los dedos, y con el pulgar me dibujó círculos en el dorso. Me miraba de reojo, con una sonrisa que no se le borraba.
—¿Te acordás del primer día que trabajaste acá? —me preguntó.
—Claro —dije—. Llegué con dos horas de retraso, me tropecé con la puerta giratoria, y vos estabas justo al otro lado, con una taza de café en la mano.
—Sí —rió—. Y en ese momento, aunque parezca loco, pensé: *esta es la única que me va a hacer perder la cabeza*. No sabía que iba a tardar tanto en demostrártelo.
Llegamos a su edificio. No era grande. No era lujoso. Pero tenía algo: luz cálida en el hall, un elevador viejo que crujía como un viejo amigo, y un ascensor que subía despacio, como si también supiera que lo que venía no tenía que apresurarse.
Subimos. La puerta se abrió. Nos adentramos. Y ahí, en el umbral, sin esperar siquiera a que cerrara, me volteó, me atrajo contra su pecho, y me besó de nuevo. Esta vez, con más urgencia. Con más hambre. Con más verdad.
Me tomó la cara con ambas manos. Me obligó a mirarlo. Sus ojos estaban oscuros, brillantes, como si hubiera dejado de llover dentro de él.
—Decime lo que querés —me dijo—. Decime lo que necesitás. Que lo voy a hacer. Todo.
No le pedí nada. Sólo le besé los labios otra vez, y le susurré al oído, con voz que no sonaba a mí:
—Quiero que me garchés. Quiero que me garchés como si no hubiera mañana. Quiero que me garchés como si esto fuera lo único que nos queda.
Fede soltó un gruñido. No fue una palabra. Fue un sonido de desesperación y entrega. Me tomó en brazos, como si pesara cero, y me llevó al cuarto. La luz estaba apagada. Sólo entraba la luz de la ciudad, tibia, amarilla, como una promesa.
Me dejó sobre la cama. No con brusquedad, sino con una ternura que me rompió el pecho. Se arrodilló frente a mí. Me desabotonó la camisa, una por una. Cada botón era una promesa rota. Cada movimiento, una confesión. Cuando me quedé con el sostén y la pollera, él se puso de pie, se sacó la camisa, y por primera vez, lo vi desnudo de cintura para arriba. Tenía el pecho ancho, marcado por un tatuaje pequeño en el costado: una frase en latín que no supe leer, pero que me hizo sentir que estaba leyendo mi destino.
Se sentó a mi lado. Me acarició el muslo. Subió la mano despacio, con los ojos puestos en los míos, como si me preguntara permiso en cada centímetro. Cuando llegó al borde de la pollera, me miró. Yo asentí. Me levanté un poco. Me ayudó a sacármela. Y entonces, allí, con la luz de la ciudad cayendo sobre mi piel, me dijo:
—Sos hermosa.
No fue una frase vacía. Fue una verdad. Y yo, por primera vez, me creí cuando me decía eso.
Me tendió sobre la cama. Me besó el ombligo. Me rozó el pecho con la lengua. Me chupó un pezón hasta que se puso duro, hasta que me arqueé contra su boca. Me abrió las piernas con las rodillas, y se inclinó sobre mí. Me separó la concha con los dedos, y me lamió. No fue rápido. Fue lento. Profundo. Como si estuviera leyendo mi cuerpo, como si estuviera descubriendo un mapa que nadie más había visto.
—Fede… —le dije, con la voz rota.
—Sí —respondió, sin dejar de lamer.
—Sí —le susurré—. Me estás garchando con la lengua… y me está explotando el cuerpo.
Me lamió más fuerte. Me chupó el clítoris como si fuera su último suspiro. Y entonces, sin avisar, me metió un dedo. Y otro. Me estiró hasta el borde de la cama. Me abrió más las piernas. Y me lamió de nuevo, mientras los dedos se movían, mientras yo me retorcía, mientras yo no sabía si quería que parara o que nunca dejara de hacerlo.
—Quiero estar adentro —me dijo, alzándose.
Se puso de pie. Se quitó el bóxer. Lo vi allí, erguido, grande, hermoso. Me sonrió. Me tendió la mano. Yo la tomé. Me senté. Me senté sobre sus piernas. Me senté sobre su dureza.
—Decime que sí —me pidió.
—Sí —dije.
Y entonces, con un movimiento lento, me empujó dentro. Me llenó. Me partió en dos. Me hizo olvidar el nombre. Me hizo olvidar el lugar. Me hizo olvidar el mundo. Sólo quedaba él, adentro mío, moviéndose con una lentitud que me hacía gemir como una loca.
Me sujetó las caderas. Me movió con él. Me besó. Me mordió el labio. Me susurró al oído:
—Sos mía. Decilo.
—Soy tuya —dije—. Totalmente.
Y entonces, sin más advertencia, me corrió. Me corrió adentro, como si fuera su último aliento. Me corrió con fuerza, con desesperación, con una entrega que me hizo estallar con él. Me corrió hasta que no pude más. Me corrió hasta que me quedé sin aliento. Me corrió hasta que me derrumbé contra su pecho, con las lágrimas en los ojos, no de tristeza, sino de algo que no sabía nombrar.
Después, nos quedamos abrazados. Sin hablar. Sin moverse. Sólo respirando. Sólo existiendo.
—Nunca más volveremos a ser los mismos —dije, al fin.
—No —respondió, y me besó la frente—. Pero vamos a quererlo.
Y en ese momento, con el olor de su piel pegado a la mía, con su corazón latiendo contra el mío, con el recuerdo de su cuerpo adentro mío aún fresco en la piel, supe que la culpa no iba más. La culpa había muerto en ese cuarto. Y en su lugar había algo más fuerte. Algo que se llamaba verdad. Algo que se llamaba deseo cumplido.
Y yo, que tantas veces me había negado a sentir, ahora sentía todo. Todo con intens
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