El hombre del ascensor

@diego_salas ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

Había pasado cinco años sin verlo, y cuando las puertas del ascensor se abrieron en el décimo piso y apareció él, con esa camisa blanca desabrochada hasta mitad del pecho y el pelo más corto pero los ojos igual de oscuros, sentí que el aire se me iba. No dijimos nada. Solo nos miramos. Él cargaba una bolsa de supermercado, yo iba con las llaves en la mano, frente a mi puerta. No me moví. Él tampoco.

—¿Todavía vives aquí? —preguntó, y su voz era más grave, más ronca.

—Sí —dije—. Nunca me fui.

Sonrió. Una sonrisa lenta, de esas que empiezan en los ojos y terminan en la boca, como si supiera algo que yo no. Dio un paso hacia mí.

—Yo tampoco me fui. Me mudé al piso de arriba.

No pude evitarlo. Me reí. Cinco años sin vernos, y ahora vivía encima de mí.

—¿Quieres subir? —dijo.

—No —respondí—. Quiero que bajes.

Y ahí, en el pasillo, con el olor a limpiador industrial y el zumbido de las luces del techo, se acercó. Me tomó del cuello, fuerte, como si tuviera derecho. Y lo tenía. Me besó como si me odiara, como si quisiera borrarme de un solo lametazo. Su lengua invadió mi boca, caliente, húmeda, urgente. Gemí. No pude evitarlo. Su cuerpo pegado al mío, su erección ya dura contra mi cadera, su mano bajando por mi espalda hasta agarrarme el culo con fuerza.

—Te extrañé —murmuró entre dientes, mordiéndome el labio inferior.

—Mentiroso —dije—. Si hubieras querido, me hubieras buscado.

—No —dijo—. No quería. Quería esto. Que tú me buscaras.

Me empujó contra la pared. Me levantó una pierna, me abrió, y empezó a frotarse contra mí, lento, profundo, como si estuviera follando ya. Sentí su polla dura, larga, presionando contra mi culo.

—¿Todavía te gusta así? —preguntó, rozándome el oído con los dientes.

—Sí —jadeé—. Sí, joder.

—¿Quieres que te folle aquí? En el pasillo. Que cualquiera salga y nos vea.

—No —dije—. Quiero que me folles adentro. En mi cama. Donde no tenga que aguantarme los gritos.

Abrió la puerta con mi llave. La tiró al suelo. Me empujó sobre la cama. Me desabrochó el cinturón con los dientes, despacio, como si saboreara el metal. Me bajó los pantalones, los calzoncillos de un tirón. Mi polla saltó libre, dura, hinchada, goteando.

—Joder —dijo—. Siempre te puse así.

Me escupió en la mano y me masturbó una vez, dos, rápido, doloroso. Grité.

—No —dije—. Quiero tu boca. Quiero tu boca en mi culo.

Se quitó la camisa. El pecho sudado, los pezones oscuros. Se arrodilló en la cama, me dio vuelta, me puso a cuatro patas. Me separó las nalgas con las manos y sin avisar, sin preparar, me metió la lengua hasta el fondo.

—¡Ah! —grité—. ¡Joder, Diego!

Lamía como un animal, hondo, voraz. Me abría con la lengua, me probaba el ano, lo chupaba, lo mordía. Sentí sus dedos en mi culo, uno, dos, entrando sin lubricante, con la saliva, con fuerza.

—¿Te duele? —preguntó.

—Sí —dije—. Sigue.

Se paró. Se bajó los pantalones. Su polla, larga, gruesa, con esa vena que late. Se paró frente a mí, me tomó del pelo.

—Mira lo que vas a tragar —dijo.

Me la metió hasta la garganta. Me ahogué. Me dejó. Me la volvió a meter.

—Te voy a coger ahora —dijo—. Como antes. Como siempre.

Me dio vuelta. Me levantó las piernas. Me puso los tobillos sobre sus hombros. Y sin más, sin nada, me penetró.

—¡Ah! —grité, con dolor, con placer, con todo.

Estaba más ancho, más fuerte. Sentí cómo me abría, cómo me llenaba, cómo me marcaba. Entraba y salía, lento al principio, luego más rápido, más duro. Me folla con furia, con rabia, con ganas de años.

—¡Más! —grité—. ¡Más fuerte, carajo!

Golpeaba mis nalgas con sus muslos. El sonido de la carne contra carne, el jadeo, el sudor. Me corrí sin tocarme, así, con su polla dentro, con su cuerpo sobre el mío.

Y él, sin parar, siguió follando mi culo, hasta que sentí que se tensaba, que gruñía, que se venía. Me llenó por dentro.

Se dejó caer encima de mí.

—Nunca me fui —repitió—. Solo esperé a que tú volvieras.

Y en ese silencio, con su semen caliente corriéndome por el culo, supe que no había terminado. Que esto apenas empezaba.

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