El Grito del Viento
8 minEl Grito del Viento
La habitación olía a sal, a sudor y a fuego bajo la piel. Afuera, el viento del mar golpeaba las ventanas del loft de concrete y vidrio en la costa de Puerto Vallarta. Mariana se deslizó entre las sábanas de algodón egipcio, la piel todavía húmeda del último baile, de la última copa de mezcal que no había logrado apagarle el calor. En su mano, el collar de cuero negro con la estrella de David plateada —un regalo de su ex, un detalle que aún llevaba por costumbre, no por nostalgia— le rozaba el cuello como una promesa antigua.
Luis estaba sentado en el suelo, de espaldas al sofá, las piernas abiertas, las manos sobre las rodillas. Llevaba solo unos pantalones vaqueros desabotonados, la cremallera bajada hasta el vello púbico, y una camiseta negra empapada en sudor. Sus ojos, oscuros y fijos, seguían cada movimiento de Mariana mientras se arrastraba hacia él, lento, como una serpiente que sabe que la presa ya está atrapada.
—Me miras como si supieras lo que voy a hacer —dijo ella, acercándose hasta que su pecho rozó la musculatura tensa de sus muslos.
—Sí —respondió él, la voz ronca, arrastrada—. Sé que me vas a comer la lengua mientras me chupas la polla hasta que me derrita.
Mariana sonrió, una sonrisa sin dulzura, con los dientes al descubierto. Se quitó el top de encaje negro que aún llevaba y lo lanzó al suelo. Sus pechos, firmes y redondos, con pezones oscuros y hinchados por la excitación, se alzaron como frutas maduras. Se inclinó, puso las manos sobre sus muslos y se metió los dedos en la boca. Los chupó uno a uno, lentamente, mientras lo miraba fijamente. Luis exhaló un suspiro profundo, la entrepierna se le marcó aún más, el pene ya medio erecto, el glande húmedo, el prepucio subiendo y bajando con cada latido.
—Toca tu clítoris —ordenó él—. Mientras me miras.
Ella no dudó. Se pasó el pulgar por encima del botón hinchado, presionando con firmeza, con ritmo. Su respiración se aceleró, pero no perdió el contacto visual. Lo veía cómo se le tensaba el cuello, cómo le temblaban los dedos sobre sus muslos, cómo su pene se endurecía más, más, hasta que la cabeza se volvió roja y brillante, cubierta de preseminal.
—¿Quieres que te chupe ahora? —preguntó ella, sin soltar su clítoris.
—Sí —dijo él—. Pero no con la lengua. Con la boca. Con la garganta. Quiero que me tragues entero, que sientas cómo me llenas, cómo te lleno.
Mariana se puso de rodillas frente a él. Lo miró mientras desabrochaba el cinturón y bajaba la cremallera por completo. Los pantalones se le deslizaron por las caderas, y luego los muslos, hasta caer a los pies. Su polla saltó al aire, larga, gruesa, cubierta de venas azuladas, el glande hinchado como una mora madura. Olía a hombre, a sal, a cuero y a una ferocidad que le hacía temblar las rodillas.
Se inclinó, abrió la boca, y lo tomó de golpe. Hasta la base. El aire se le salió de los pulmones en un grito silencioso. Su garganta se contrajo, lo envolvió, lo apretó, lo estrujó como si quisiera hacerlo pedazos. Luis gritó, una palabrota incoherente, las manos agarrando sus cabellos, no para detenerla, sino para empujarla más hondo. Ella lo aceptó, lo tragó, la lengua rozando su prepucio, los labios estirados hasta el límite, las lágrimas de la presión brotándole en los ojos.
Lo sacó con lentitud, con un sonido húmedo y grave. El pene de Luis relucía, brillante, con gotas de preseminal que se deslizaban por su shaft. Ella lo miró, lamió los labios, y volvió a clavar su boca. Esta vez, con la lengua. La pasó por debajo, subió hasta el glande, lo chupó con fuerza, lo mordió apenas, con un mordisco rápido y agudo que lo hizo gruñir. Luego lo envolvió con la boca otra vez, esta vez moviendo la cabeza con un ritmo constante, de abajo hacia arriba, de arriba hacia abajo, como una bomba de succión viva.
—Mierda… —susurró él, la voz rota—. Me vas a hacer venir ya.
Ella no respondió. Solo lo tomó con ambas manos, apretando la base, mientras su boca trabajaba con furia, su garganta se abría y cerraba al ritmo de sus embestidas inconscientes. Luis no pudo más. Las rodillas le temblaron, su espalda se arqueó, y con un grito ronco, una explosión seca, su polla latió dentro de la boca de Mariana, eyaculando en tres chorros fuertes, espesos, calientes, que se deslizaron por su garganta, le llenaron la boca, le corrieron por la barbilla.
Ella no se retiró. Lo dejó eyacular entero, tragando cada gota, mientras sus ojos se cerraban, mientras su cuerpo se sacudía con el afterglow de él, mientras su garganta se contraía con el último latido de su eyaculación.
Cuando lo soltó, el pene de Luis se le había encogido un poco, pero seguía firme, húmedo, brillante. Ella se limpió la barbilla con el dorso de la mano, lo miró con una sonrisa oscura, y se llevó los dedos a la boca. Los chupó uno a uno, lento, con una mirada que decía: *¿Quieres más?*
—¿Te la voy a comer ahora? —preguntó ella.
—Sí —dijo él—. Pero esta vez, con los dedos. Con la lengua. Con todo.
Mariana se puso de pie, se quitó el short de algodón negro que aún llevaba. Se separó los labios vaginales con los dedos y se inclinó hacia atrás, mostrándole su vagina. Húmeda, oscura, los labios mayores abiertos, los menores rojizos y hinchados, el clítoris erguido como una perla. Un hilo de flujo claro se deslizaba por su entrepierna.
—Mira —dijo ella—. Estoy mojada por ti.
Luis se puso de pie. Se acercó, la tomó por la cintura, la levantó como si pesara nada y la sentó sobre el borde de la mesa de cristal que había frente al sofá. Mariana se abrió las piernas, la espalda apoyada contra el respaldo, los talones en sus caderas.
—¿Quieres que te meta los dedos primero? —preguntó él.
—Sí —dijo ella—. Tres. Ya.
Él se puso de rodillas frente a ella, entre sus piernas. Se pasó la lengua por los labios, y con la punta de la lengua, rozó su clítoris. Ella gritó, una exhalación aguda, arqueó la espalda, los dedos de los pies se crisparon.
—Mierda… —murmuró él—. Estás más hinchada que ayer.
—Sigue —dijo ella.
Él metió el índice. Fácil. Su vagina la acogió con un calor seco, con un apretón suave pero firme. Luego el corazón. Ella jadeó, los ojos se le pusieron vidriosos. Él la miró mientras la metía y sacaba, con movimientos lentos, profundos, girando la muñeca, rozando el punto G, el punto que la hacía temblar.
—¿Sientes eso? —preguntó él.
—Sí —gimió ella—. Más.
Él metió el dedo del medio. Ahora había dos. Mariana se estremeció, sus pechos se agitaron con la respiración, su clítoris se le hinchó aún más. Él la miró, sus ojos oscuros, sus labios entreabiertos, y con los pulgares, separó sus labios vaginales. Vio cómo su vagina palpitaba, cómo el flujo se volvía más claro, más abundante, cómo su clítoris se erizaba bajo su dedo índice.
—Me vas a comer la polla ahora —dijo él.
—No —dijo ella—. Me la vas a meter. Ahora.
Él se puso de pie. Se quitó la camiseta, se acercó. Se frotó el pene contra su vagina, rozando su clítoris con el glande húmedo. Ella gimió, se estiró, lo tomó por la cintura.
—No me lo pongas suave —dijo ella—. Métemelo entero. Que me duela.
Él se colocó frente a ella, la tomó por las caderas, y con un movimiento brusco, la empujó hacia abajo. El pene entró, grueso, firme, abriendo su vagina como una espada. Ella gritó, un grito agudo, una mezcla de dolor y placer, sus uñas se clavaron en sus brazos.
—Sí —dijo ella—. Sí. Ahora.
Él empezó a moverse. Fuerte. Rápido. Profundo. Cada embestida la levantaba de la mesa, su vagina se estiraba, su clítoris se frotaba contra su pubis, su cabeza se golpeaba contra la mesa con cada penetración. Ella gemía, gritaba, pedía más, decía *“sí, sí, sí”* como una oración.
Él la tomó por el cuello, la apretó con fuerza, no para asfixiarla, sino para marcarla. Ella lo miró con los ojos cerrados, con la boca abierta, con la lengua fuera, jadeando. Su vagina se contrajo, se estrechó alrededor de su pene, como si quisiera retenerlo, como si no quisiera que se saliera.
—Me voy a venir —dijo él.
—Sí —dijo ella—. En mí. Que me llene.
Él la miró, sus ojos se pusieron rojos, sus músculos se tensaron. Con un último empuje brutal, se metió hasta la base, y eyaculó. Tres veces. Cuatro. Su pene latía dentro de ella, cada latido una descarga eléctrica, cada eyaculación un chorro caliente que le llenaba el útero, que le subía por las paredes vaginales, que le hacía temblar el cuerpo entero.
Mariana gritó, su clítoris se le hinchó como una bala, sus músculos se contrajeron en espasmos, su vagina se cerró como un puño, lo retuvo, lo apretó, lo masajeó hasta que él se derritió dentro de ella.
Cuando todo terminó, él se retiró despacio, el pene se le salió con un sonido húmedo, arrastrando semen con él. Ella se dejó caer sobre la mesa, la espalda arqueada, los ojos cerrados, la respiración entrecortada. Luis se sentó a su lado, la tomó por la cintura, la giró para que lo mirara.
—¿Te gustó? —preguntó él.
—Sí —dijo ella—. Me gustó que me hayas metido la polla como si no nos importara quién nos vea. Como si el mundo se acabara mañana.
—Pues no se acaba —dijo él—. Y mañana volvemos.
Ella sonrió, una sonrisa de fiera satisfecha. Se levantó, caminó hacia el balcón, la piel brillante de sudor y semen, la vagina still abierta, still húmeda, el clítoris aún latiendo bajo la luz del atardecer. El viento del mar la acarició, y ella se estiró, como si quisiera que él la mirara una vez más.
—¿Vienes? —preguntó ella, sin volver la cabeza.
—Sí —dijo él—. Pero esta vez, tú me comes.
Y así fue.
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