El fuego del aljibe

@el_forastero ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

Yo nunca creí que algo así me pasara. Acá, en este pueblito del sur mendocino, donde todo parece detenido, donde el tiempo se estira como el humo de un cigarro al viento, yo pensaba que ya había visto de todo. Pero aquella tarde, con el sol cayendo tras las sierras y el aire caliente lleno del olor a polvo y jazmín, entendí que todavía me quedaba algo por descubrir.

Yo me llamo Daniel, aunque por acá todos me dicen el Forastero, porque no nací acá, y porque nunca me quedo demasiado en un solo lugar. Tenía mi cabaña al fondo del parque, cerca del viejo aljibe de piedra, ese que ya no se usa desde que pusieron la red de agua. Yo lo usaba para bañarme de noche, cuando el agua se calentaba con el sol del día. Esa tarde, sin embargo, no estaba solo.

Escuché risas. Voces de mujer, una más grave, otra más aguda, mezcladas con el chapoteo. Me asomé con cuidado desde el costado del muro de piedra y las vi: Lía y Camila. Lía, la profesora de literatura del colegio, de treinta y pocos, pelo oscuro hasta los hombros, ojos claros que brillan cuando se ríe. Y Camila, su sobrina, de veintiséis, delgada, con tetas pequeñas y prietas, culo redondo como una canilla bien torneada. Estaban desnudas, bañándose en el aljibe, con el agua hasta la cintura, el cuerpo brillante bajo el sol que se moría.

No me vieron. Yo me quedé ahí, apoyado contra la piedra, con la pija ya endureciéndose en el pantalón. No por la vulgaridad, no por lo fácil. Por la belleza. Por cómo se miraban, cómo se tocaban el brazo, el hombro, sin prisa, como si el mundo no existiera. Lía le pasó la esponja por la espalda a Camila, despacio, con una mano que no era solo de tía. Y Camila cerró los ojos, echó la cabeza atrás, y dijo: *—Mirá cómo me hacés sentir, tía… como si me encendieras por dentro.*

Entonces Lía se acercó más, le puso una mano en la nuca, y la besó. Un beso lento, húmedo, profundo. Yo no pude moverme. Me quedé ahí, con el aliento cortado, la pija a punto de reventar el botamanga. Ellas siguieron, se abrazaron, se frotaron, los pechos desnudos contra el agua, los labios unidos, las manos buscándose. Hasta que Camila se separó un poco y dijo, con voz ronca: *—Vos sabés que yo siempre quise esto. Desde que era chica, te miraba y me ardía todo.*

Lía no dijo nada. Solo sonrió. Y entonces me vio.

Sus ojos se encontraron con los míos. No se asustó. No gritó. Solo me miró, fija, como si me conociera desde siempre. Y en vez de taparse, se irguió, sacó el cuerpo del agua, con los pechos al aire, el vello del pubis mojado brillando. *—Vení, Daniel —dijo—. Hace calor. El agua está buena.*

No lo pensé dos veces. Me saqué la remera, los pantalones, los calzoncillos. Me quedé desnudo frente a ellas, con la pija tiesa, palpitante. Camila me miró con los ojos muy abiertos, pero no por sorpresa. Por hambre. *—Dios, qué buena pija que tenés —dijo, sin vergüenza—. Llevás toda la vida guardándola para esto, ¿no?*

Entré al aljibe. El agua tibia me envolvió. Ellas se acercaron al mismo tiempo. Lía me tomó la cara, me besó con una lentitud que me desarmó. Camila, por atrás, me abrazó, me mordió el hombro, me frotó el culo con sus manos pequeñas. Sentí cómo me acariciaba la pija por abajo, con una suavidad que me hizo gemir.

—No tengas miedo —me dijo Lía al oído—. Hoy no mandás vos. Hoy mandamos nosotras.

Y así fue. Me sentaron en el borde de piedra, con las piernas abiertas. Ellas se arrodillaron. Lía me tomó la pija con la boca, despacio, como si la probara. Camila me acariciaba los huevos, me mordía el muslo, me pasaba la lengua por el culo. Yo no podía hablar. Solo gemía, con los ojos cerrados, el pecho agitado.

Lía subía y bajaba, con la boca caliente, los labios firmes. Camila le decía: *—Así, tía, así… que sienta todo.* Y entonces, sin avisar, Lía se levantó, me tomó de la mano, y me hizo parar. *—Ahora vos —dijo—. Pero primero, quiero que veas cómo se coge mi sobrina.*

Se acostó en el suelo de piedra, se abrió las piernas. Tenía la concha hinchada, húmeda, con pocos pelos oscuros. Camila se arrodilló entre sus piernas, le separó los labios con dos dedos, y empezó a lamerla. Lenta, profundamente. Lía gemía, se agarraba las tetas, levantaba las caderas. *—Sí, nena, así… meteme la lengua… como si fuera tu pija.*

Yo miraba, con la pija en la mano, sin poder creer lo que veía. Hasta que Lía me llamó. *—Vení. Quiero que la veas venir desde adentro.*

Me acerqué. Me paré frente a Camila, que seguía lamiendo a su tía, con la cara brillante de jugo. Le tomé la cabeza, le levanté el pelo. *—Miráme —le dije.*

Ella me miró. Con los ojos brillantes, la boca húmeda. Yo le puse la punta de la pija en los labios. *—Abrí.*

La metí. Lenta. Ella me tomó con la boca, con los ojos fijos en los míos, sin dejar de lamer a su tía. Fue entonces cuando sentí la mano de Lía en mi culo. *—Dale —me dijo—. Metele. Quiero sentirte a vos también.*

Me saqué de la boca de Camila, me di vuelta. Lía estaba en cuatro, con el culo alto, la concha chorreando. Me acerqué, le pasé la lengua desde el culo hasta la concha, despacio, como si la estuviera probando. Ella se estremeció. *—Sí… así… como si me conocieras de toda la vida.*

Me paré, le pasé la punta de la pija por la rajadura. *—¿Querés? —le pregunté.*

— *Dale, pibe —me dijo—. Haceme tuya.*

La penetré de una estocada. Ella gritó, se arqueó. Camila, desde atrás, nos miraba, se tocaba la concha con dos dedos. *—Quiero los dos —dijo—. Ahora.*

Me salí de Lía, la ayudé a levantarse. Camila se acostó en la piedra. Lía se subió encima de ella, le metió dos dedos en la concha, le lamió los pezones. *—Vení —me dijo—. Ponela de espaldas.*

Lo hice. Camila quedó boca arriba, con las piernas abiertas. Lía le metía los dedos, yo le besaba los muslos. Hasta que Lía dijo: *—Ahora, Daniel. Quiero verte entrar en ella. Y quiero que, cuando garches a mi sobrina, me mires a mí.*

Entré. Suave. Camila gritó, me agarró los brazos. *—Dale… dale… no pares…*

Y no paré. Moví las caderas, lento, profundo. Sentía a Lía mirándome, con los ojos encendidos. Hasta que se acercó, se puso de rodillas frente a mí, y me metió la pija en la boca mientras yo cogía a Camila. Tres cuerpos, un solo fuego.

Cuando llegué al límite, me salí, me corrí sobre el vientre de Camila, con un gemido largo. Lía me besó, me lamió el semen de los labios. *—Hermoso —dijo—. Nunca vi algo así.*

Nadie habló más. Nos quedamos ahí, en el aljibe, bajo las estrellas, con el aire tibio y el silencio. Yo entendí, esa noche, que el deseo no tiene edad, ni reglas, ni miedo. Solo tiene cuerpo. Y el cuerpo, a veces, encuentra su camino.

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