El farol de la esquina
La lluvia de verano caía espesa y caliente sobre el barrio de Almagro, empapando los adoquines de la calle Honduras y haciendo brillar el farol de hierro forjado en la esquina como si fuera un faro en medio de un mar oscuro. Adentro, en el departamento pequeño del tercer piso, el aire acondicionado zumbaba bajo, incapaz de contener el calor que se acumulaba entre las paredes de ladrillo visto. Marcos estaba sentado en el borde de la cama, descalzo, con la camisa desabrochada y los ojos clavados en la puerta del baño, de donde salía el sonido del agua corriendo.
Hacía dos horas que se habían conocido en el bar de la esquina, uno de esos antros oscuros donde la cerveza es barata y la mirada dura. Marcos, de treinta y dos, alto, pelo corto canoso en las sienes, mirada de tipo que no necesita hablar mucho. Y Lucio, veintisiete, delgado, piel morena, cejas gruesas, una sonrisa que parecía desafiar al mundo. Se cruzaron en la barra, un choque de caderas, una excusa murmurada, y después, el silencio cargado que solo dos hombres que se reconocen pueden entender.
—Vení —le había dicho Marcos, apenas salieron a la calle, bajo la lluvia que ya empezaba a caer. —¿Y si me cago de frío? —había bromeado Lucio, pero ya lo seguía, pegado a su costado, rozándole el brazo con cada paso.
Ahora, en el departamento, el agua se cortó. Lucio salió del baño con una toalla alrededor de la cintura, el pelo mojado pegado a la frente, gotas resbalando por el cuello, entre los pectorales, por el surco del abdomen. Marcos no se movió. Lo miró como si fuera un cuadro que no quería arruinar con palabras.
—¿Y ahora qué? —preguntó Lucio, con una media sonrisa, desafiante.
Marcos se paró lento, como si el tiempo le perteneciera. Se acercó, sin hablar, y le quitó la toalla de un tirón. Lucio no se movió, solo dejó que el aire frío del cuarto le erizara la piel. Su pija, semiendurecida, colgaba entre los muslos, larga y fina, con una vena azul marcada en el costado. Marcos la tomó con la palma abierta, despacio, desde la base, y subió hasta la punta, despacio, como si estuviera midiendo su peso, su temperatura.
—Tenés una pija hermosa —dijo, ronco—. Como de pibe, pero con experiencia.
Lucio se rió, corto, y le agarró la muñeca. —No me toques así si no querés que te la meta en la boca ahora.
Marcos sonrió, por primera vez sin ironía. Lo empujó sobre la cama. Lucio cayó de espaldas, con las piernas abiertas, los muslos tensos, el culo asomando por el borde del colchón. Marcos se arrodilló entre sus piernas, le separó más las rodillas con los hombros, y sin aviso, le metió la lengua al agujero, profundo, húmedo, caliente. Lucio gritó, se arqueó, le agarró el pelo con ambas manos.
—¡Dale, dale, así, como si te la fueras a comer entera! —gritó, con la voz quebrada.
Marcos no paró. Saboreó el culo de Lucio como si fuera el último bocado de algo prohibido: salado, cálido, con un leve amargor que le hizo crecer la pija dentro del pantalón. Le metió dos dedos al mismo tiempo, sin preparación, solo con saliva y fuerza. Lucio gritó de nuevo, pero no de dolor, de placer puro, de esa mezcla de dolor y éxtasis que solo dos tipos que saben lo que quieren pueden reconocer.
—Quiero que me coger —dijo Lucio, con la voz entrecortada—. Quiero que me llenes el culo de leche, Marcos. Quiero sentir que me partís en dos.
Marcos se paró, se sacó la ropa con furia, sin cuidado. Su pija, gruesa, con una cabeza ancha y venosa, saltó libre, apuntando directo al agujero que Lucio le ofrecía, dilatado, rosado, palpitante.
—Dale, cogé —jadeó Lucio, levantando las piernas, apoyando los pies en los hombros de Marcos—. Metémela toda.
Marcos se acercó, se frotó la punta contra el ano, jugó un segundo, haciendo presión, pero sin entrar. Lucio lo miró con ojos desorbitados, suplicante.
—¡Dale, carajo! —gritó—. ¡Metémela!
Y Marcos empujó.
La pija entró de una, lenta pero inevitable, como un tren que no puede frenar. Lucio gritó, largo, agudo, con las venas del cuello marcadas, los dedos clavados en la sábana. Marcos no paró hasta que estuvo todo adentro, hasta que sus pelotas chocaron contra el culo de Lucio.
—¿Y ahora? —preguntó Marcos, con la voz ronca, sudando—. ¿Sigo?
—Sí —jadeó Lucio—. Cogé. Cogé fuerte.
Y Marcos empezó a moverse.
Primero lento, como si midiera el espacio, el ritmo, el calor. Pero después, más fuerte, más rápido, con golpes que hacían temblar el colchón, que hacían rechinar la cama contra la pared. Lucio gemía, gritaba, se corría sin tocarse, apenas con el movimiento de la pija adentro, abriéndole el culo como si fuera nuevo.
—¡Dale, dale, más! —gritaba—. ¡Más fuerte! ¡Como si quisieras matarme!
Marcos le agarró los tobillos, los levantó más, y empezó a cogerlo con furia, con ganas de deshacerlo. Cada embestida hacía que Lucio gritara, que se corriera otra vez, que le suplicara que no parara. El olor a sexo, a sudor, a piel caliente, llenaba el cuarto. El farol de la esquina parpadeaba, como si respirara con ellos.
Y cuando Marcos sintió que iba a correrse, no salió. Se quedó adentro, empujó más, y se corrió con un gruñido largo, profundo, llenando el culo de Lucio con chorros espesos, calientes, que Lucio recibió como si fueran un regalo.
—Ay, sí —gimió Lucio—. Llename, llename todo.
Marcos se dejó caer encima, sin sacar la pija, todavía palpitando. El silencio volvió, solo roto por la respiración agitada, por el goteo del grifo en la cocina, por el farol que seguía encendido, como un testigo mudo.
—¿Y ahora? —preguntó Lucio, otra vez, con una sonrisa en la voz.
—Ahora —dijo Marcos, besándolo en el cuello—, empezamos de nuevo.
¿Te ha gustado? Valóralo