El Faro de la Punta del Morro

El Faro de la Punta del Morro

@el_marinero ·11 de junio de 2026 · 🔥 4.3 (30) · 41 lecturas · 10 min de lectura

La tarde en Cartagena se derramaba como miel espesa sobre los techos de teja roja y los muros calurosos del Casco Antiguo. El sol, ya medio escondido tras la silueta del castillo San Felipe, pintaba de cobre los ventanales de madera y encendía los ojos de los transeúntes que caminaban con paso pausado, como si el calor no los quemara, sino los acariciara. En la punta de la península, donde el viento del mar entraba por la nariz como un gallo que olfatea pichón, estaba el faro: un torreón de piedra caliza, medio oculto entre palmas encorvadas y enredaderas que se aferraban a sus grietas como amantes viejas y cansadas.

Allí trabajaba Mateo, un muchacho de veintiséis años, moreno como el café recién colado, con manos ásperas de tanto pescar y de subir escaleras de hierro oxidado hasta lo más alto, donde el viento no perdonaba ni el aliento. Llevaba el pelo rapado, salvo en la nuca, donde una coleta deshecha se le deshacía con el sudor. Usaba camisetas de manga corta, descoloridas por el sol, y pantalones cortos de algodón que le quedaban un poco sueltos, como si los hubiera comprado en el mercado de Getsemaní por veinte mil pesos y un chiste.

Esa tarde, Mateo subió con el café en una taza de plástico, humeante, con dos cucharadas de azúcar —como le gustaba—, y un trozo de pandebono recién horneado que le trajera su tía Rosa. El viento del mar le golpeaba el rostro, le revolvía la coleta y le hacía fruncir el ceño cada vez que una ráfaga más fuerte le decía algo que no entendía, pero sentía.

—¿Tú eres el que se encarga del faro? —preguntó una voz detrás de él, suave, como si hubiera salido de entre los pinos.

Mateo se dio vuelta. Ella estaba apoyada en el muro bajo del mirador, con una falda larga de algodón, color miel, y una blusa blanca, semitransparente, que dejaba ver el bronceado que ya le había comenzado a marcar los hombros. No usaba calcetines, y los pies descalzos se hundían ligeramente en la arena que se había acumulado en la base del muro. Tenía el pelo largo, castaño, con hebras doradas por el sol, y una coleta alta, un poco deshecha, como si hubiera estado corriendo. Pero no tenía prisa.

—Sí, soy yo —respondió Mateo, y se le atragantó un poco el café.

Ella sonrió. No con los ojos, al principio, pero sí con la boca. Una sonrisa que le duró tres segundos, como si le hubiera costado recordar cómo hacerlo.

—Me llamo Valeria. Vine a ver el atardecer desde aquí. Dicen que es el mejor punto.

—Depende del día —dijo Mateo, y le tendió la taza—. Si te gustan los cafés de vieja escuela, con azúcar y sin miedo, aquí tienes uno.

Ella lo tomó sin titubear. Miró el contenido, lo olió, y dio un trago. Su boca se movió lento, como si estuviera calculando cada gota. Luego, dejó la taza en el borde del muro, entre los dos.

—Está rico —dijo. Y no era una excusa. Era verdad.

—¿Te gusta el café? —preguntó Mateo.

—Me encanta. Pero prefiero el ron. —Y se pasó la lengua por los labios, una pasada lenta, casi imperceptible, pero Mateo la vio. Como un relámpago que se apaga antes de que el trueno suene.

—Aquí no hay ron. Solo café y pan.

—Entonces el café es suficiente —dijo Valeria, y se acercó un paso más. No fue un avance, fue una caída suave. Como si el viento la hubiera empujado sin querer.

El viento sí había empujado. Y no solo a ella.

Mateo sintió un cosquilleo en la nuca, como si algo le hubiera recordado que el faro no era solo piedra y luz, sino también historia, y que muchas historias se habían escrito allí —no escritas, sino vividas—, con besos que no dejaban marca, pero sí huella. Con manos que se perdían entre los pliegues de una falda, con cuerpos que se escondían detrás de los espejos rotos del observatorio.

—¿Vienes seguido por aquí? —preguntó Mateo, tratando de sonar casual, como si no le temblara la voz un poco.

—Sí. A veces. No siempre veo al encargado. —Y se pasó una mano por el pelo, atrapando una mecha detrás de la oreja. El gesto fue tan natural, tan femenino, tan suyo, que Mateo sintió un calorcito en el vientre, bajo el ombligo.

—Entonces hoy me tocó suerte.

—O que el faro se cayó y tuviste que subir con más prisa —dijo ella, y volvió a sonreír. Esta vez, con los ojos. Y eso fue peor.

El sol ya se había comido medio cielo, y la luz se había vuelto ambarina, suave, como el ron que Valeria decía preferir. El mar, allá abajo, se estrellaba contra las rocas con un ruido sordo, constante, como un latido que se olvida de ritmo.

—¿Y qué haces cuando no estás viendo atardeceres? —preguntó Mateo, y se apoyó en el muro, a un metro de ella.

—Trabajo en un hotel, en Getsemaní. Soy recepcionista. —Y se pasó la lengua otra vez, pero esta vez por la comisura superior. Como si estuviera saboreando una palabra que no quería decir.

—¿Y eso? ¿Te gusta?

—Me gusta ver la gente. A veces, la gente trae cosas. Cosas pequeñas. Un anillo. Un collar. Un pañuelo. Cosas que se les olvidan cuando están con alguien.

—¿Y tú qué olvidas?

Ella lo miró. Fijo. Como si estuviera midiendo cuánto quería saber.

—No olvido nada. Solo recuerdo. Y a veces, recuerdo tanto que me duele la cabeza. —Y se llevó una mano a la sien, lentamente, como si el gesto fuera parte de un ritual.

Mateo no dijo nada. Se limitó a mirarla. A ver cómo el viento le movía la falda, cómo se le marcaba la cintura, cómo se le elevaban los pechos con cada respiración. Pechos que no eran pequeños, ni gigantescos, sino redondos, firmes, como dos naranjas maduras que prometían jugo y dulzura. Y la piel, clara, con pecas que le salpicaban los hombros, como sal sobre una empanada.

—¿Te importa si me siento? —preguntó Valeria, señalando un banco de madera, medio escondido entre las enredaderas.

—Claro que no —dijo Mateo, y se sentó a un lado.

Ella se sentó más adelante, con las piernas cruzadas, las manos apoyadas sobre las rodillas. Una postura de espera. O de ofrenda.

—¿Vives solo aquí? —preguntó, sin mirarlo.

—Casi. Mi tía me deja quedarme en la casa de al lado, cuando no hay tormenta. Pero cuando viene la humedad, subo. Aquí es mejor.

—¿Por qué?

—Porque el viento aqui me habla. Y a veces, cuando no digo nada, me responde.

Ella se giró hacia él. Por primera vez, sin disimulo.

—¿Y qué te dice?

—Que no todo lo que brilla es luz. A veces, es fuego.

Valeria se puso de pie lentamente. Se sacudió la falda, como si le hubiera caído arena. Y se acercó a la escalera de hierro, que subía al observatorio.

—¿Puedo subir?

—Depende —dijo Mateo, y se paró también.

—¿Depende de qué?

—Depende de si quieres ver lo que nadie más ha visto.

—¿Y qué es eso?

—La luz. La que no enciende. La que solo se ve cuando el faro se apaga.

Valeria lo miró, esta vez con una sonrisa que sí llegó hasta los ojos. Una sonrisa que le abrió la boca, que le hizo brillar los dientes, que le dijo a Mateo que ya no estaba en Cartagena, sino en algún lugar entre el mar y el cielo.

—Entonces, enciéndela.

Él subió primero. Ella lo siguió, peldaño por peldaño. No corrió, no se apresuró. Subió como quien sube una escalera de iglesia: con respeto, pero con deseo. Y Mateo, detrás, la miraba el culo: redondo, firme, con un movimiento suave, como una marea que no quiere romperse.

La escalera era estrecha, de hierro viejo, y cada paso crujía como un suspiro. Al llegar al observatorio, Mateo se giró. Ella ya estaba allí, de pie, frente al gran ventanal de cristal empañado, que daba al mar. El sol ya no se veía, pero su luz se había metido por la ventana, y le pintaba el perfil de dorado.

—Es hermoso —dijo Valeria.

—Sí. Pero hoy no está encendido.

—¿Por qué?

—Porque hoy no hay barcos. Y porque hoy quiero que estés tú.

Ella se giró. Y esta vez, no sonrió. Solo lo miró. Con los ojos abiertos, con la boca entreabierta, como si estuviera esperando que él dijera algo que no sabía.

—¿Quieres que te lo encienda?

—No —dijo ella—. Quiero que me lo mires.

Mateo dio un paso adelante. Y otro. Hasta que estuvo frente a ella. Tan cerca que sintió su aliento en el cuello. Sentía el olor a sal, a sudor, a perfume barato que le quedaba caro. Y también el olor a café, a pan, a calor.

—¿Tú sabes lo que es encender algo sin usar fuego? —preguntó.

Ella no respondió. Solo asintió, lentamente, como si estuviera recordando una canción.

—Entonces, dímelo.

Y ella lo hizo. Con la mano. Le llevó la mano a la cara, le pasó el pulgar por el labio inferior, y luego por el cuello, hasta que le tocó la nuca. Y lo atrajo hacia ella.

El beso no fue un estallido. Fue una llama que se encendía poco a poco. Sus labios se unieron como dos barcos que se acercan a un muelle, con cuidado, con respeto, con urgencia. Valeria abrió la boca, y Mateo entró con la lengua, lento, como si estuviera entrando a una cueva que no conocía. Ella lo dejó entrar. Le acarició la lengua con la suya, le chupó un poco, como si quisiera saber si era real.

Y Mateo, que nunca había sido un poeta, se dio cuenta de que estaba escribiendo un verso en su cabeza. Un verso que no tenía palabras, pero sí sensaciones: el calor de su boca, el peso de sus pechos contra su pecho, el olor de su piel, el sonido de su respiración.

Ella lo empujó suavemente hacia atrás, hasta que él se apoyó en el ventanal. Y entonces, con una lentitud que dolía, Valeria le quitó la camiseta. No con prisa, no con ansia, sino con intención. Como si cada botón fuera una promesa que había que cumplir.

Mateo la ayudó. Le desabrochó la blusa, le deslizó las tiras de los hombros, y luego, con las manos temblorosas, le quitó la falda.

Ella estaba en ropa interior: una braguita de encaje negro, con un nudo pequeño en el frente, y un sostén que dejaba los pechos casi al descubierto. Pechos grandes, redondos, con pezones oscuros, como cerezas maduras. Y la piel, clara, con una marca pequeña, casi invisible, en el costado derecho: una cicatriz de quince años, de una caída en el colegio.

—¿Te gusta? —preguntó Valeria, y se pasó una mano por el pecho, como para asegurarse de que aún allí estaba.

—Me encanta —dijo Mateo, y la abrazó. Le apretó la cintura, le hundió los dedos en la espalda, y la besó otra vez.

Ella respondió con más fuerza. Con más lengua. Con más mordida. Y luego, lo llevó de la mano hacia el rincón del observatorio, donde había una cama de madera, vieja, cubierta con una sábana blanca. Una cama que nadie usaba, pero que todos sabían que existía.

—Acuéstate —dijo ella.

Él lo hizo. Y ella lo siguió. Se quitó el sostén, se quitó la braguita, y se acostó sobre él, con las rodillas a los lados de su cuerpo. Y entonces, lo miró. Miró su pito, que ya se le había levantado, erguido, húmedo en la punta, como una promesa.

—Está rico —dijo Valeria, y le pasó la mano por encima, despacio, desde la base hasta la cabeza.

Mateo gimió. No fue un grito. Fue un sonido que le salió del fondo del pecho, como un susurro de guerra.

—¿Quieres que te lo mame? —preguntó ella.

—Sí —dijo él, y se le escapó otra vez.

Ella sonrió. Y se inclinó. Le tomó el pito entre los labios, lento, como si estuviera probando un vino nuevo. Y luego, con la lengua, le acarició la parte de abajo, le chupó el glande, le lamió el coño antes de meterlo todo. Y Mateo, que nunca había sentido nada así, se arqueó. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Se le cerró la boca. Y gritó su nombre.

—¡Valeria!

Ella no paró. Lo siguió mamiando, con ganas, con hambre, como si no hub

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De puerto en puerto, de cama en cama. Mis relatos saben a sal, a noches ajenas y a encuentros que duran lo que tienen que durar.

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