El espejo del living

@marco_vidal ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

El departamento de la esquina de Gorriti y Malabia olía a sal y a madera húmeda. Las persianas bajas no dejaban entrar del todo la luz del atardecer, pero igual se colaban rayos que cortaban el aire como cuchillos dorados. Sofía estaba sentada en el sillón de cuero negro, descalza, con las piernas abiertas apenas lo justo para que se le viera el elástico del calzón. Llevaba una camisa de hombre, abierta, sin corpi. Vos sabés cómo es el verano en Palermo: el calor pega, el aire no se mueve, y todo cuerpo termina desnudo tarde o temprano.

Lucas llegó con una botella de vino blanco helado. No el barato, no el de litro, uno de esos que cuestan más de mil pesos y que uno no compra si no es para festejar algo. O para empezar algo.

—Ya venía con ganas de verte —dijo, y le dio un beso en la boca, lento, con lengua. Sofía respondió, se aferró a su nuca, le metió la mano por debajo de la remera.

—Vos siempre venís con ganas —dijo ella, separándose apenas, con la respiración un poco más rápida—. Pero hoy no sos el único.

En ese momento, Marco entró del baño. Venía con una toalla alrededor de la cintura, el pecho mojado, el pelo todavía goteando. No era un tipo alto, pero sí fuerte, de hombros anchos, con ese vello que baja desde el pecho y se pierde en la cintura. Sofía lo miró y sonrió. Lucas se dio vuelta, sorprendido, pero no ofendido.

—¿Y este? —preguntó, sin soltar la botella.

—Este es Marco —dijo Sofía—. El que me vino a arreglar el aire. Y como el aire no andaba, decidimos esperar a que vos llegaras para seguir arreglando otras cosas.

Lucas se rio. No con sorna, sino con ganas. Miró a Marco, que se secaba el cuello con la toalla, sin apuro.

—¿Y vos, che, no te asustás de entrar en terreno caliente?

—Al contrario —dijo Marco, bajando la toalla—. Me encanta el calor.

Y ahí quedó al descubierto. La pija le colgaba gruesa, con la cabeza ya empezando a hincharse. Lucas no se quedó mirando, pero tampoco desvió la vista.

—Dale, traé el vino —dijo Sofía—. Y sentate.

Lucas abrió la botella con el sacacorchos del cajón. Sirvió tres copas. Nadie dijo nada, pero todos entendieron que no se iba a hablar mucho más. Sofía se paró, se sacó la camisa, dejó al descubierto los pechos, con los pezones duros. Se acercó a Lucas, le pasó la mano por la nuca, lo besó. Marco se acercó por atrás, le puso las manos en las caderas, le bajó el calzón con suavidad.

—Mirá cómo se te pone la concha cuando te tocan dos —dijo, y le metió un dedo. Sofía gimió contra la boca de Lucas.

Lucas se separó, se sacó la remera, se desabrochó el pantalón. La pija le saltó afuera, dura, con la punta brillante. Marco se arrodilló frente a él, sin pedir permiso. Le tomó la base con la mano derecha, abrió la boca y se la tragó hasta el fondo. Lucas echó la cabeza atrás, agarró el sillón.

Sofía se dio vuelta, se paró frente a Marco, le puso las manos en los hombros. Él levantó la vista, todavía con la pija de Lucas en la boca, y le sonrió. Sofía se agachó un poco, le pasó la lengua por el cuello, le mordió el lóbulo de la oreja.

—Dale, garchalo —dijo—. Yo quiero verlo.

Marco se paró, empujó a Lucas sobre el sillón. Le subió las piernas, se paró entre ellas. Le puso la punta en la entrada, y de un solo empujón, entró. Lucas gritó, se aferró a los bordes del sillón.

—¡Sí, sí, así! —gritó Sofía, y se agachó para chuparle un pecho a Lucas mientras Marco lo cogía con fuerza.

El sonido de la carne chocando contra carne llenó el living. El espejo de la pared devolvía la imagen: tres cuerpos sudados, manos por todas partes, bocas buscando piel. Marco no paraba, entraba y salía con empujones largos, profundos. Lucas gemía sin parar, con los ojos cerrados, las piernas temblando.

—Mirá cómo se te abre el culo —dijo Sofía, y se acercó para pasarle la lengua por el borde del ano, justo al lado de donde entraba la pija de Marco.

Marco se detuvo un segundo.

—Ahora vos —dijo.

Sofía se paró, se subió al sillón, se arrodilló frente a Lucas. Marco se corrió, se paró detrás de ella. Le separó las nalgas con las manos, le pasó la lengua por todo el surco.

—Hace rato que quiero esto —dijo.

Y sin más aviso, le metió la punta. Sofía gritó, se aferró a los muslos de Lucas.

—¡Dale, dale, así! —gritó Lucas, que ahora le chupaba un pecho a Sofía mientras Marco la cogía por atrás.

Era un desastre perfecto. Tres cuerpos enredados, sudor, saliva, gemidos que no paraban. Marco empujaba fuerte, con las manos clavadas en las caderas de Sofía. Ella se dejaba llevar, gemía, pedía más. Lucas, con la pija otra vez dura, se corrió sobre su propio pecho, con un grito ronco.

—¡Dale, che, dale! —gritó, y Sofía se dio vuelta, le agarró la pija con la mano, se la metió en la boca.

Marco seguía, sin bajar el ritmo.

—Ya casi —dijo, con la voz quebrada—.

Sofía se sacó la pija de la boca, se paró, se dio vuelta.

—Dentro —dijo—. Quiero sentirlo adentro.

Marco no necesitó más. La tomó de las caderas, la empujó contra la pared, y con dos empujones más, se corrió. Sofía sintió el calor, el chorreo, y se dejó caer contra él.

Lucas se acercó, les pasó las manos por la espalda, les besó el cuello.

—Che —dijo, con una sonrisa—, el aire todavía no anda.

Sofía se rio, con la cabeza apoyada en el hombro de Marco.

—No importa —dijo—. Acá adentro hace mucho calor.

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