El espejo del cuarto piso

@adriana_v ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La ciudad se extendía más allá del balcón, un mosaico de luces amarillas y azules que palidecían con la llegada del amanecer. En el cuarto piso de un edificio antiguo, con techos altos y puertas de madera tallada, Lucas cerró la ventana lentamente, como si temiera romper el silencio que flotaba entre las paredes. No había dormido, o al menos no como se duerme cuando el cuerpo se rinde. Había estado despierto, con los ojos fijos en el techo, escuchando el crujido del piso de madera, el viento entre las cortinas, el eco de una risa que ya no pertenecía a ese lugar.

Se desabrochó el primer botón de la camisa. Luego el segundo. El aire del amanecer entraba fresco, apenas rozándole el pecho. No se miró al espejo, aunque estaba allí, enorme, con marco de bronce oscurecido por el tiempo. Hacía años que no lo usaba para verse, pero esa mañana sentía que algo había cambiado. No sabía si por dentro o por fuera, pero algo se había desplazado.

La puerta del departamento del fondo del pasillo se abrió. Lucas no lo vio, pero lo sintió. Un leve chirrido de bisagras, un paso ligero, luego otro. No era el portero. No era el vecino de siempre. Era alguien distinto. Alguien que no caminaba como si tuviera prisa.

Se asomó con cuidado, sin encender la luz del corredor. Desde la penumbra, vio a un hombre alto, de hombros anchos, con el cabello oscuro y una chaqueta de cuero colgada del hombro. Llevaba una bolsa de tela en la mano, y una mochila al hombro. No miró hacia los lados. No saludó. Solo caminó hacia el ascensor con una postura que no era de cansancio, sino de abandono. Como si ya hubiera vivido todo lo que necesitaba vivir.

Lucas se quedó inmóvil. No por miedo, sino por curiosidad. Por algo más antiguo que la razón.

A las siete y veintitrés, el timbre sonó. No era el de su departamento. Era el del fondo. Y luego, el silencio. Lucas se sirvió un vaso de agua y se sentó en el sofá. No encendió la televisión. No leyó. Solo esperó. No sabía qué.

A las nueve, oyó música. Suave. Un piano, tal vez. Algo que no conocía, pero que le recordaba una escena de juventud: una fiesta en una azotea, alguien cantando con los ojos cerrados, el humo de un cigarrillo flotando entre dos rostros.

Lucas se duchó. Se afeitó con cuidado, como si alguien fuera a verlo. Se puso una camisa clara, sin corbata. Bajó al patio interior, donde las plantas crecían desordenadas entre losas de piedra. Había una banca de madera. Nunca la había usado. Esa mañana, sí.

Y allí estaba él.

Sentado al otro extremo del patio, con un libro en las manos, el hombre nuevo. Lucas no leyó el título. Solo vio sus dedos, largos, con una vena azul marcada en la muñeca. El hombre levantó la vista. No sonrió, pero tampoco apartó la mirada.

—Buenos días —dijo el hombre.

—Buenos días —respondió Lucas.

El hombre cerró el libro y lo dejó en el banco.

—¿Siempre se sienta aquí a esta hora?

—No —dijo Lucas—. Hoy es la primera vez.

—Yo tampoco vengo mucho. Solo cuando el aire dentro se vuelve demasiado denso.

Lucas asintió. No preguntó por qué. No hizo falta.

Pasaron minutos sin hablar. El sol subía entre los edificios, dibujando líneas sobre el suelo. Lucas sintió el calor en la nuca. Cerró los ojos un instante.

—¿Le gusta el silencio? —preguntó el hombre.

—Más que las palabras —dijo Lucas—. A veces, las palabras se tragan lo que sientes. El silencio lo deja respirar.

El hombre sonrió por primera vez. Fue un gesto pequeño, apenas un leve levantamiento de comisura, pero cambió todo.

—Me llamo Gael —dijo.

—Lucas.

Se repitieron los nombres en voz baja, como si probaran su sonido. No hubo apretón de manos. No fue necesario.

Gael volvió al libro. Lucas observó cómo pasaba las páginas, cómo se detenía en un párrafo, cómo volvía a leerlo. No era una lectura rápida. Era una lectura de quien sabe que las palabras pueden quedarse dentro.

A mediodía, Lucas subió a su departamento. Comió un sándwich frente a la ventana. No pensaba en el trabajo, ni en las tareas pendientes. Pensaba en la forma en que Gael había dicho su nombre. Como si ya lo conociera de antes.

A las cinco, el ascensor subió. Lucas lo oyó. Luego, pasos. Luego, una llave girando en una cerradura. No fue al balcón. No espió. Pero cuando se levantó para preparar té, sintió que alguien lo observaba. No desde fuera. Desde adentro.

A las siete, tocaron a su puerta.

Abrió. Allí estaba Gael, con una botella de vino tinto en la mano.

—No tengo copas —dijo Lucas.

—Tampoco yo —dijo Gael—. Pero traje dos vasos.

Lucas lo dejó pasar. No dijo nada mientras Gael colocaba la botella sobre la mesa del comedor. No dijo nada mientras Gael abría el vino con un sacacorchos que sacó de su bolsillo. No dijo nada cuando Gael le tendió un vaso, sin etiqueta, de vidrio grueso.

Brindaron sin palabras.

El vino era oscuro, con un regusto a tierra húmeda y cereza madura. Lucas bebió despacio. Gael también.

—¿Por qué mi departamento? —preguntó Lucas.

—Porque está frente al mío —dijo Gael—. Y porque vi la luz encendida anoche. Y esta mañana. Y esta tarde.

—No es mucho motivo.

—No necesito muchos.

Lucas lo miró. Había algo en la forma en que Gael lo decía todo, como si cada palabra fuera un paso hacia adelante, sin prisa, sin miedo.

—¿Qué lees? —preguntó Lucas.

—Un libro sobre un hombre que pierde la memoria —dijo Gael—. Pero no la de los hechos. La de los sentimientos. Olvida cómo se siente el miedo, la alegría, el deseo. Y entonces tiene que volver a aprenderlos todos.

Lucas bajó el vaso.

—¿Y aprende?

—Todavía no lo sé. Solo voy por la mitad.

Se quedaron en silencio. El aire entre ellos ya no era el de dos extraños. Era el de dos personas que se reconocen sin haberse visto antes.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Gael.

—Pregunta.

—¿Alguna vez has sentido que una persona, sin decir nada, sin tocarte, sin siquiera mirarte bien… te ha desnudado?

Lucas no respondió de inmediato. Miró sus manos. Luego, al suelo. Luego, a Gael.

—Sí —dijo—. Ahora.

Gael asintió. No se acercó. No hizo nada. Solo sostuvo su mirada, como si estuviera esperando a que Lucas decidiera si cerrar o abrir la puerta.

—Yo también —dijo Gael.

Lucas sintió un calor en el pecho, como si algo se deshiciera. No era miedo. Era reconocimiento.

—¿Y qué se supone que hagamos con eso? —preguntó.

—Nada —dijo Gael—. O todo. Depende.

Lucas se levantó. Caminó hacia la ventana. Fuera, la ciudad seguía encendida. Dentro, todo era quietud.

—No soy bueno con lo que no tiene nombre —dijo.

—Yo tampoco —dijo Gael—. Pero a veces, lo que no tiene nombre es lo único que vale.

Lucas se dio vuelta. Gael no se había movido. Estaba allí, en el centro del comedor, con el vaso en la mano, con la chaqueta aún puesta, con los ojos fijos en él.

—¿Y si tengo miedo? —preguntó Lucas.

—Entonces no hagas nada —dijo Gael—. Queda el vino. Queda el silencio. Queda el hecho de que estás aquí, y yo también.

Lucas dio un paso. Luego otro. Hasta que estuvo frente a Gael. No habló. Solo dejó el vaso sobre la mesa. Y luego, muy despacio, alzó la mano. No hacia la cara. Hacia el hombro. Lo tocó. Solo eso. Un dedo sobre la tela de la chaqueta.

Gael no se movió. Solo cerró los ojos.

—¿Esto cuenta como hacer algo? —preguntó Lucas.

—Cuenta —dijo Gael, sin abrir los ojos—. Cuenta como el principio.

Lucas deslizó la mano hasta el cuello. Sintió el calor. Sintió el pulso. Sintió que Gael temblaba, apenas.

—¿Y si no quiero que sea solo el principio?

—Entonces —dijo Gael, abriendo los ojos—, que sea todo.

Lucas lo besó.

No fue un beso de urgencia. Fue un beso de descubrimiento. Lento. Cauteloso. Como si estuvieran aprendiendo el mapa del otro. Las manos de Lucas subieron hasta el cabello de Gael. Las de Gael se posaron en su cintura, con fuerza, como si temiera que fuera a desaparecer.

El vino quedó olvidado. El libro también. El tiempo se detuvo en el punto exacto en que los labios se separaron por primera vez.

—¿Puedo quedarme? —preguntó Gael.

—No —dijo Lucas—. Puedes quedarte.

Gael sonrió. Lucas también.

Se desvistieron sin prisa. Cada prenda caía al suelo como si tuviera su propio peso. No había vergüenza. No había dudas. Solo el ritmo de dos cuerpos que se encuentran como si siempre hubieran sabido que lo harían.

Lucas vio el torso de Gael por primera vez. La línea del vello que bajaba desde el ombligo. La cicatriz pequeña, blanca, en el costado. Las manos grandes, con venas marcadas. Se acercó. Besó el hombro. Luego el pecho. Luego el lugar donde el corazón latía con fuerza.

Gael lo tomó de la nuca. Lo acercó más. No habló. Solo lo miró, con una intensidad que Lucas no había conocido.

—¿Estás seguro? —preguntó Gael.

—No —dijo Lucas—. Pero no necesito estarlo.

Gael lo empujó suavemente hacia el sillón. No fue un gesto de dominio. Fue un gesto de entrega. Lucas cayó sobre el respaldo, con los ojos abiertos, con la respiración entrecortada.

Gael se arrodilló frente a él. Le desabrochó el cinturón. Le bajó los pantalones con cuidado. Le acarició el muslo con la palma abierta. Lucas cerró los ojos. No por pudor. Por sensibilidad. Cada roce era una descarga.

—¿Puedo? —preguntó Gael.

Lucas asintió.

Gael lo tomó con la boca.

No fue un acto de ansiedad. Fue un acto de devoción. Lento. Profundo. Como si estuviera adorando algo sagrado. Lucas se mordió el labio. No quería gemir. No quería romper el hechizo. Pero no pudo evitarlo. Un sonido escapó de su garganta, bajo, profundo.

Gael no se detuvo. Lo llevó al borde. Y luego, justo antes, se detuvo.

Lucas abrió los ojos. Gael lo miraba. Tenía los labios húmedos. La mirada brillante.

—Quiero verte —dijo.

Lucas se levantó. Ayudó a Gael a quitarse los pantalones. Lo besó otra vez. Lo empujó suavemente hacia el dormitorio. No encendió la luz. Solo dejó que la luz de la ciudad entrara por la ventana, dibujando sombras sobre la cama.

Se acostaron. Cuerpo a cuerpo. Boca a boca. Mano a piel. No hubo prisa. No hubo reglas. Solo el ritmo que nacía de ellos mismos.

Lucas sintió el calor de Gael dentro de él. No fue dolor. Fue plenitud. Fue como si algo que había estado roto se volviera a unir. Gael se movía con cuidado, con respeto, con una ternura que Lucas no esperaba.

—Mírame —dijo.

Gael abrió los ojos. Estaban húmedos. Brillantes.

—Estoy aquí —dijo.

Lucas asintió. No necesitó más palabras. Se aferró a los hombros. Levantó las piernas. Se entregó.

El orgasmo llegó como una ola. No fue explosivo. Fue profundo. Como un río que se abre paso entre rocas. Lucas gritó sin querer. Gael se corrió dentro de él con un gemido que sonó como un nombre.

Se quedaron quietos. Sudorosos. Agitados. Con los corazones latiendo al mismo ritmo.

Gael se dejó caer a un lado. Lucas se acercó. Lo abrazó. No dijeron nada. No hacía falta.

—¿Y ahora? —preguntó Lucas, tiempo después.

—Ahora —dijo Gael—, el amanecer.

Lucas miró por la ventana. El cielo ya no era negro. Era gris claro. Pronto sería otro día.

—¿Y qué hacemos con el amanecer?

—Nada —dijo Gael—. Solo estar.

Lucas cerró los ojos. Se acurrucó contra el pecho de Gael. Sintió el latido. Sintió el calor.

Y por primera vez en años, no tuvo miedo de dormir.

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