El espejo del baño

@adriana_v ·17 de abril de 2026 · ★ 4.7 (5) · 482 lecturas

Me quedé sola en casa un viernes a las siete de la tarde, y ya desde que cerré la puerta con llave supe que no iba a salir. El aire olía a polvo caliente y a perfume viejo, el de esa botella de Narciso que se me quebró el tapón hace dos meses y nunca reemplacé. Me tiré en el sillón con las piernas abiertas, sin zapatos, con la falda subida apenas, y me miré los muslos. Tenía ganas. No de alguien, no de un nombre, no de un cuerpo ajeno. Tenía ganas de mí. De mi concha hinchada, de mis tetas que se me marcan el pezón cada vez que el aire cambia, de mi culo redondo que se me marca en el espejo cuando me miro por atrás. Tenía ganas de sentirme mía, de cogerme como si fuera otra, pero sin perderme un gemido, sin que nadie más decida el ritmo.

Me paré frente al espejo del baño. El marco es viejo, de metal dorado, con manchas de humedad en las esquinas. Me miré los ojos, oscuros, cansados, pero con fuego. Me desabroché la blusa con calma, uno a uno los botones, como si estuviera desnudándome para alguien que no existe. Pero no había nadie. Solo yo. Solo mi reflejo, que me devolvía una sonrisa de lado, como diciéndome: *andá, dale, cogéte como te gusta*.

Me saqué el corpiño. Mis tetas cayeron libres, redondas, con los pezones parados como si me estuvieran chupando. Me toqué un pecho con la mano izquierda, apreté el pezón entre el pulgar y el índice, y gemí. Fue un sonido bajo, ronco, de gata en celo. Me miré en el espejo mientras me tocaba: *mirá cómo te gusta, mirá cómo te ponés*. Me agaché un poco, abrí más las piernas, y me pasé la mano por la concha, todavía cubierta por la ropa interior. Sentí el calor. El tanga de algodón ya estaba húmedo, empapado. Me lo bajé despacio, por las caderas, por los muslos, y me lo saqué con los dedos de los pies. Lo tiré al piso y seguí mirándome.

Mi concha brillaba. Hinchada, húmeda, con el pelo rizado y oscuro pegado a los labios. Me separé los pliegues con dos dedos y me asomé al espejo. Adentro estaba todo rosado, hinchado, listo. Me metí un dedo. Lento. Hasta el fondo. Gemí otra vez, más fuerte. Me miré los ojos en el espejo mientras me cogía con un dedo, y me di cuenta de que nunca me había visto así: follando conmigo misma, con la boca abierta, con el pelo sudado pegado a la frente. Me metí otro dedo. Dos. Ahora más rápido. Empujaba con fuerza, como si quisiera sacarme algo de adentro. Me tocaba el clítoris con el pulgar, en círculos, fuerte, hasta que sentí que me iba a venir.

Pero paré. Justo cuando estaba por venirme, saqué los dedos y me quedé quieta. Me miré en el espejo, jadeando. *No todavía*, me dije. *Querés más*. Y tenía razón. Quería más. Quería sentirme llena, quería sentirme jodida. Fui al placard del baño, el segundo cajón, y saqué el consolador. Negro, grueso, con venas marcadas, de cabeza ancha. Lo apoyé en el borde del lavabo, como si fuera un objeto sagrado. Lo miré. Lo miré como si me fuera a coger de verdad.

Me paré otra vez frente al espejo, pero esta vez me di vuelta. Me agaché un poco, apoyé las manos en el borde del lavabo, y miré mi culo. Redondo, prieto, con la rajita húmeda ya. Me pasé el consolador por la raja, de arriba abajo, despacio, dejando que el plástico frío me hiciera cosquillas. Me metí la punta apenas. Un centímetro. Gemí. Me volví a mirar en el espejo: *mirá cómo te gusta, mirá cómo te abrís*. Me metí más. Dos centímetros. Tres. Hasta que sentí que me estiraba. Seguí, más adentro, más fuerte. Hasta que lo tuve todo adentro. Hasta que sentí que me llenaba por completo.

Empecé a moverme. A cogerme con el consolador, de espaldas al espejo, mirándome el culo mientras entraba y salía. Me agarré un pecho con una mano, con la otra me separé los labios y me toqué el clítoris. Me cagué de placer. Me cogí fuerte, como si fuera un tipo enojado, como si me estuvieran garchando contra la pared. El consolador entraba y salía, mojado de mi concha, con un sonido húmedo, chupado. Me miraba en el espejo y veía cómo se me movían las tetas, cómo se me contraía el culo, cómo se me abría la concha con cada embestida.

—Sí, sí, así, cogeme —dije en voz alta, aunque no había nadie. Pero me gustaba escucharme. Me gustaba ser yo la que me decía qué hacer.

Sentí que se me venía. El calor subió desde el culo, desde la concha, hasta el estómago. Me mordí el labio inferior, apreté los ojos, y me vine. Fuerte. Con espasmos. Con gritos bajos, ahogados. Me vine con el consolador adentro, con los dedos en el clítoris, con las tetas doloridas de tanto apretarlas. Me vine como si hubiera alguien, como si me hubieran cogido durante horas, como si me hubieran hecho el amor y la guerra al mismo tiempo.

Cuando terminé, me quedé agachada, con el consolador todavía adentro, respirando fuerte. Me miré en el espejo: sudada, roja, con los ojos brillantes. Me saqué el consolador despacio, y vi cómo se me salía todo el jugo, cómo me chorreaba por los muslos. Me limpié con una toalla, me lavé la concha con agua tibia, y me volví a mirar.

Estaba feliz. No necesité a nadie. Me cagué en los hombres, en las citas, en las mentiras. Me cogí yo. Me garché como me gusta, sin pedir permiso, sin excusas. Me miré en el espejo y me dije: *sos mía*. Y lo soy. Totalmente. Cada pedazo de mi cuerpo, cada gota de mi concha, cada gemido que no escuchó nadie. Mío. Solo mío.

Me puse un vestido liviano, sin ropa interior, y me serví un vino. Me senté en el sillón, con las piernas abiertas otra vez, y sonreí. El espejo del baño todavía me miraba. Y yo le devolví la sonrisa.

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