El espejo del balcón

@sombra ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

Yo nunca busqué esto. Ni siquiera sabía que existía dentro de mí, escondido como una herida que no sangra, hasta que ella apareció con sus tacones negros y una mirada que no pedía permiso, sino que lo exigía. Me llamo Daniel, tengo cuarenta y dos años, y esta es la primera vez que escribo algo así, no por necesidad de contarlo, sino porque el silencio empieza a pesarme más que el recuerdo.

Era una noche de octubre, el aire en la ciudad se volvía espeso, cargado de humedad y promesas que nadie cumpliría. Yo había salido a fumar al balcón de mi departamento, el último piso de un edificio antiguo en el centro. Las luces de la ciudad parpadeaban como luciérnagas cansadas. No sé qué me hizo mirar hacia el edificio de enfrente, quizás el reflejo de una cortina moviéndose con demasiada lentitud, como si alguien estuviera detrás, observando. Y entonces la vi.

Estaba desnuda frente al espejo, pero no de cualquier manera. Se miraba con una intensidad que no era de vanidad, sino de dominio. Una pierna levantada sobre una silla, el brazo izquierdo estirado hacia atrás, sujetando su propio cabello oscuro con fuerza, mientras con la otra mano se acariciaba con deliberada lentitud. No me vio al principio. Yo me quedé inmóvil, el cigarro colgando de los labios, el corazón golpeándome el pecho como si quisiera salir. No sentí culpa, ni asco, ni miedo. Sentí hambre.

Pero lo que me desarmó fue que, al girar la cabeza ligeramente, sus ojos encontraron los míos a través del cristal. Y no apartó la mirada. No se cubrió. Solo detuvo la mano, sonrió apenas con una comisura, y luego, muy despacio, me hizo un gesto con los dedos: acércate.

No lo pensé. Bajé las escaleras sin encender la luz, como si fuera un ladrón en mi propia casa. Crucé la calle como un hombre que ha recibido una orden divina. Subí al edificio de enfrente, que era más viejo, con olor a humedad y tabaco viejo. No había timbre. Toqué la puerta. Ella abrió al instante, como si hubiera estado esperando detrás.

—Sabía que vendrías —dijo, sin sorpresa.

Yo no supe qué responder. Ella era más alta de lo que parecía desde lejos, delgada pero con curvas que no se escondían, con una piel morena que brillaba bajo la luz tenue del pasillo. Llevaba solo un collar de cuero negro, ancho, ajustado a la garganta.

—No sé por qué vine —logré decir.

—No necesitas saberlo —dijo, tomándome de la muñeca—. Solo necesitas obedecer.

Me condujo al interior. El departamento era pequeño, ordenado, con libros de arte, una botella de vino tinto abierta sobre la mesa, y música clásica de fondo: un violín solo, lento, casi doloroso. Me sentó en un sillón viejo, frente al espejo donde la había visto. Ahora yo estaba del otro lado.

—Mírame —ordenó.

Y obedecí.

Se paseó desnuda frente a mí, sin prisa, como si yo fuera un juez, un sacerdote, un testigo necesario. No me tocó. No habló. Solo se movía, cambiaba de postura, se miraba en el espejo, se acariciaba el muslo, el cuello, el vientre. Y yo sentía que algo en mi interior se desarmaba, pieza por pieza. No era solo su cuerpo, era la forma en que lo poseía, como si fuera un arma que sabía usar con precisión.

—¿Te excita lo que ves? —preguntó, sin mirarme.

—Sí —dije, ronco.

—No mientas. No digas sí si no puedes demostrarlo.

Entonces me pidió que me desnudara. No con dulzura, sino con autoridad. Me desvistió con los ojos, con la voz. Me quitó la camisa, los zapatos, los pantalones. Me dejó solo con la ropa interior. Y luego, con un dedo, señaló el suelo.

—Arrodíllate.

No fue una pregunta. Fue un destino. Me arrodillé. No por miedo, sino porque algo en mí lo necesitaba. Ella dio un paso hacia mí, tomó mi cabeza con ambas manos y me miró desde arriba, con una mezcla de ternura y poder que nunca había visto.

—Nunca he hecho esto —dije, casi en un susurro.

—Lo sé —respondió—. Por eso es perfecto.

Me quitó el bóxer con lentitud, sin desviar la mirada. No me tocó. Solo me observó. Luego, caminó hacia la mesa, tomó la botella de vino y bebió directamente de ella. Un hilo rojo bajó por su barbilla, bajó por su cuello, por el pecho, hasta perderse entre sus senos. Se acercó de nuevo, y con el dorso de la mano, limpió el vino de su piel, pero no todo. Lo dejó correr.

—Límpialo —dijo.

Y yo, con la boca, lamí el vino de su piel. Sabía a fruta oscura, a tierra mojada, a algo antiguo. Lamí su clavícula, su pecho, el valle entre sus senos. Ella gemía bajo, sin moverse, como si estuviera midiendo mi sumisión. Luego, me empujó suavemente hacia atrás.

—Ahora mírame otra vez.

Volvió al espejo. Esta vez, se arrodilló frente a él, con la espalda recta, las nalgas tensas, la cabeza alta. Se tomó el cabello con una mano, lo levantó, y con la otra, se abrió lentamente. Yo no podía respirar.

—¿Ves lo que soy? —preguntó.

—Sí —dije.

—¿Y sabes lo que eres tú?

—No.

—Eres mi testigo —dijo—. Mi espejo. Y esta noche, mi devoción.

Entonces me llamó. Me hizo levantar. Me condujo hacia ella. Me puso de pie frente al espejo, detrás de su cuerpo. Me obligó a mirar nuestros reflejos. Mis manos temblaban. Ella tomó mis brazos y los colocó sobre sus caderas.

—Tócame como si fuera la última vez —dijo.

Y empecé a hacerlo. Con miedo, al principio. Luego, con hambre. Mis manos recorrieron sus muslos, su vientre, sus senos. Ella gemía, se movía, pero no me permitía ir más allá. Me detenía con una palabra, con un movimiento de cabeza. Hasta que, de pronto, se dio vuelta, me empujó al suelo, y se sentó sobre mí.

Fue entonces cuando sentí su piel contra la mía, su calor, su peso, su ritmo. No fue rápido. Fue lento, profundo, como si cada movimiento tuviera un significado. Ella me miraba a los ojos, sin parpadear, mientras se movía. No hablaba. Solo respiraba. Y yo, que nunca me había sentido tan expuesto, tan desnudo, ni siquiera cuando estaba sin ropa, sentí que me deshacía.

Cuando terminó, se recostó a mi lado, sin decir nada. El violín seguía sonando. El vino seguía en la mesa. Yo no supe qué hacer. Ella me acarició la mejilla.

—No tienes que agradecer —dijo—. No hiciste nada que no quisieras hacer.

Y tenía razón. No había sido forzado. Había sido elegido. Y eso era lo más aterrador.

Amanecimos juntos, pero no hablamos mucho. Ella me preparó café. Me dijo su nombre: Valeria. No me preguntó el mío. Lo sabía.

Cuando me fui, me dio una llave.

—Por si quieres volver —dijo.

No he vuelto. Pero cada noche, desde mi balcón, miro su ventana. Y a veces, en la penumbra, veo su silueta frente al espejo. Y sé que no me invita. Solo me recuerda que estoy vivo. Que algo en mí aún puede arder.

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