El Espejo de Cristal
10 minEl Espejo de Cristal
La luz del atardecer se derramaba por el salón como miel espesa, bañando los muebles de roble en tonos ámbar y dorado. En la pared del fondo, un espejo ovalado de marco dorado —con filigranas que recordaban ramas de olivo antiguo— ocupaba casi todo el ancho de la habitación. No era uno cualquiera: había sido encargado expresamente por Elena para su nueva residencia en las afueras de Córdoba. Las dimensiones eran precisas: dos metros de alto por tres de ancho, y el cristal, fabricado a mano en Venecia, tenía una ligera curvatura central que distorsionaba suavemente las imágenes, como si todo lo que se reflejara allí estuviera contemplado a través de una lente de deseo.
Elena caminaba descalza sobre la madera pulida, el sonido de sus pasos apenas perceptible. Llevaba una bata de seda negra, abierta hasta la cadera, que dejaba entrever el contorno de sus muslos, la curva de su cintura y la suave elevación de sus senos bajo la tela fina. No se apresuraba. Sabía que el momento era un acto de paciencia. Que el verdadero placer no se apresura, sino que se gesta en la espera, en el instante justo antes de que la sombra se torne silueta, y la silueta, figura.
Afuera, en el jardín, el aire se volvía cálido y denso. El aroma del jazmín silvestre, que trepaba por la cerca de hierro forjado, se mezclaba con el olor a tierra mojada tras la lluvia matinal. El jardín era pequeño, íntimo, rodeado de muros altos que garantizaban privacidad absoluta. En el centro, sobre una mesa baja de mármol blanco, reposaba una botella de vino tinto, dos copas y una caja de seda roja.
Estaba él.
Sentado en una silla de mimbre, con las piernas cruzadas y las manos apoyadas sobre las rodillas, como si estuviera en meditación. Se llamaba Luciano, aunque ella ya lo sabía desde antes de que cruzaran la primera palabra. Era un fotógrafo de arte, reconocido por sus retratos de cuerpos en reposo, en movimiento, en el umbral entre la vida y el estado onírico. Tenía los ojos grises, casi plateados, y una barba bien recortada que le marcaba el mandíbula con dureza suave. Su piel, morena y luminosa, parecía haber absorbido años de sol mediterráneo. Vestía pantalones negros y una camisa blanca, abierta hasta el ombligo, sin camiseta debajo. Las mangas estaban enrolladas hasta los codos, dejando ver los antebrazos musculosos, marcados por venas tenues que se curvaban como hilos de seda bajo la piel.
Elena se detuvo a tres pasos del espejo. Se miró en él. Vio su reflejo: cabello castaño oscuro recogido en un nudo bajo, algunos mechones sueltos rozando la nuca. El cuello, largo y elegante. La bata, semitransparente, dejando ver una lencería de encaje negro: una tanga que apenas cubría la curva de sus nalgas y un sujetador sin aros que realzaba la forma redonda y firme de sus senos. No se sonrojó. Se miró sin juicio, sin apuro. Como si se estuviera tomando el pulso.
Entonces, lentamente, levantó una mano y desabrochó el cinturón de seda. No con prisa. Cada clic del botón era una nota en una partitura silenciosa. La bata se abrió, dejando al descubierto sus muslos enteros, la curva de su vientre, el vello suave y oscuro que marcaba el inicio de su pubis. Se dejó caer al suelo, sentándose en el borde del espejo, las piernas extendidas hacia el cristal, los pies juntos, los dedos ligeramente arqueados.
No miró a Luciano. Lo dejó ver desde el rabillo del ojo, como quien deja que un pájaro se acerque por su cuenta.
Luciano se puso de pie. No hacia el espejo. Hacia el jardín. Se desabotonó la camisa, dejándola colgar de los hombros, y se la quitó con lentitud, dejando al descubierto un torso atlético, con músculos definidos pero no exagerados, como si el cuerpo hubiera sido modelado por la fuerza y la gracia a partes iguales. Señaló con la cabeza la mesa baja. Ella asintió, sin decir palabra, y se levantó.
Camino hacia la mesa, tomó una copa de vino y la acercó a sus labios. Bebió un trago, dejando que el líquido oscuro resbalara por su garganta, y se la ofreció a él. Él la tomó, sin romper el contacto visual con su reflejo en el espejo.
—¿Te gusta cómo te ves? —preguntó Elena, sin moverse del lugar donde se había sentado.
—Sí —respondió Luciano, con voz grave, pausada—. Me gusta mucho.
—¿Por qué?
—Porque no estás intentando complacerme. Estás observándote. Y eso es más íntimo que cualquier posesión.
Elena sonrió. Pequeña, apenas perceptible. Movió la cabeza y señaló el espejo.
—Mira.
Él obedeció. Miró al cristal. En él, Elena se veía sentada en el suelo, con las piernas abiertas a los lados, las manos apoyadas detrás de ella, los codos flexionados. Su cabello había caído en desorden sobre los hombros. La luz del atardecer iluminaba su piel desde atrás, creando un halo dorado alrededor de su silueta.
—¿Qué ves? —preguntó ella.
—Una mujer que sabe lo que quiere.
—No. Mira mejor.
Él acercó la copa a los labios, bebió, y volvió a fijar la mirada en el espejo. En ese instante, Elena levantó la pierna derecha, colocando la planta del pie sobre la rodilla izquierda. Se inclinó hacia adelante, con las manos apoyadas en la esquina de su muslo, y dejó que el cabello le cubriera el rostro. La bata se abrió aún más, dejando al descubierto la curva de su cadera, el inicio de su muslo interno, y la línea delicada del bikini.
—Veo una mujer que se muestra. Pero no se entrega.
—Todavía no —susurró ella.
Luciano dejó la copa sobre la mesa y se acercó. No a ella, sino al espejo. Se plantó a escasos treinta centímetros del cristal, frente al reflejo de Elena. Ella no lo miraba. Seguía observándose a sí misma en el espejo.
—¿Te parece que me veo bien? —preguntó ella, sin girar la cabeza.
—Sí. Muy bien.
—Entonces, ¿por qué no me tocas?
—Porque no es el momento. El cuerpo se expone, pero el deseo se construye. Y tú… estás construyendo el tuyo.
Elena giró la cabeza, y por primera vez, sus ojos encontraron los de él. No había picardía. Solo calma. Deseo contenido, como una llama tras una chimenea antigua.
—¿Tú también lo estás haciendo?
—Sí. Hace diez minutos que no te miro directamente. Solo te observo en el cristal. Es más fácil mirar sin que te miren devolver la mirada.
Elena se puso de pie lentamente. La seda se le arrastró sobre los muslos, rozando la piel con un leve susurro. Se acercó al espejo hasta que su pecho casi tocaba el cristal frío. Se puso de puntillas, como para alcanzar su propio reflejo, y con la yema de los dedos trazó una línea desde la clavícula hasta el centro del pecho, donde el corazón latía con fuerza. Su respiración se volvió más profunda, más pausada.
—Y ahora, ¿qué ves?
—Veo que estás temblando.
—No. —Ella negó con la cabeza—. Es el cristal.
—No. Es tu cuerpo.
Luciano extendió una mano hacia el espejo. La colocó sobre el cristal, frente a su pecho. El reflejo mostraba su palma abierta, los dedos separados, la línea de las venas. Ella hizo lo mismo. Sus dedos se tocaron a través del vidrio.
—¿Te gusta esto? —preguntó él.
—Me gusta que sepas cuándo detenerte.
—¿Y si no me detuviera?
—Entonces… —Elena suspiró—. Entonces tendrías que seguir hasta el final.
Él sonrió. Pequeño, sincero. Se apartó del espejo y se acercó a ella, por fin, en el espacio real. No para besarla. No aún. Se puso de rodillas, frente a ella, y se inclinó hacia adelante, con las manos sobre sus muslos. La seda de su bata se movió con el gesto, dejando al descubierto el interior de sus muslos, la curva de sus caderas, el centro de su ser.
—¿Me dejas? —preguntó, sin mirarla directamente, como si la pregunta fuera para el cristal, para el silencio, para el momento.
Elena no respondió. Solo colocó una mano sobre su cabeza, con suavidad. Los dedos se hundieron en su cabello, suave y corto. Y lo atrajo hacia adelante.
Su boca encontró su clavícula. Luego, la curva de su hombro. Un beso. Lento. Húmedo. Elena cerró los ojos, y por primera vez, dejó que el mundo exterior se desvaneciera. Solo existía el calor de su piel, el sabor de su saliva, el susurro de la tela rozando su cuerpo.
Luciano se incorporó, y esta vez, la tomó de la cintura. La levantó con facilidad, como si fuera ligera, y la llevó hacia la mesa baja. Elena se sentó sobre el mármol, frío al tacto. Él se arrodilló entre sus piernas, separándolas con las manos. La bata, ya completamente deshecha, se deslizó por sus caderas hasta el suelo. Quedó ella desnuda sobre la mesa, con los pies colgando, las rodillas flexionadas, los muslos abiertos.
Luciano la miró. No como un hombre que mira a una mujer. Como un artista que contempla su obra maestra. Con atención. Con reverencia.
—Tú eres el espejo —susurró ella.
Él asintió. Le rozó el muslo con la yema de los dedos, subiendo lentamente, hasta que sus dedos rozaron el borde de su lencería. No la quitó. Solo deslizó el dedo índice por encima del encaje, trazando el contorno de su pubis, su clítoris, la entrada entreabierta. Ella contuvo la respiración, pero no movió un músculo.
—¿Te gusta que te vea así? —preguntó él.
—No. Me gusta que sepas que te dejo verme.
—Entonces, ¿quieres que te toque?
—Sí —dijo ella, y por primera vez, su voz tembló—. Pero no con las manos.
Él se puso de pie. Se desabrochó el cinturón, bajó la cremallera de su pantalón y se lo quitó con lentitud. Luego, se quitó la camiseta interior. Quedó frente a ella, desnudo, con su miembro erecto, grueso, bien formado, con la punta húmeda y brillante. Se acercó hasta ella, y con una mano, levantó su rostro.
—Tú me miras, Elena. ¿Me ves?
Ella asintió. Lo miró. No con deseo desbocado, sino con atención plena. Con reconocimiento.
—¿Quieres que te toque?
—Sí.
—¿Y si no te toco?
—Entonces… me miras.
Él sonrió. Se colocó frente a ella, con las piernas separadas, y la tomó de la cintura. La levantó hasta que sus pies tocaron el suelo, y luego la giró suavemente, colocándola de espaldas al espejo. Ella se apoyó en el cristal, con las palmas de las manos sobre él. Luciano se puso detrás de ella, con el cuerpo pegado al suyo, el calor de su piel fundiéndose con el suyo. Con una mano, le acarició el vientre, subiendo hasta rozar el pecho. Con la otra, le separó los labios de la vagina, descubriendo su núcleo, húmedo y brillante.
—Mírate —susurró él—. Mírate en el espejo. Mírame entrando en ti.
Elena cerró los ojos. Luego, los abrió. Miró su reflejo. Vio su cuerpo, la curva de su espalda, el arco de sus caderas, los pechos colgando ligeramente con el peso de su cuerpo. Y detrás de ella, Luciano: los hombros anchos, el pecho cubierto de vello oscuro, el miembro erecto, la punta rozando su clítoris.
Ella inspiró. Exhaló. Se abrió hacia atrás,接纳 suavemente. Él la penetró con lentitud, una pulgada a la vez, hasta que su pubis tocó el suyo, hasta que el espejo se cubrió de vaho.
—Ahora —dijo ella—. Ahora sí.
Él comenzó a moverse. Lento. Profundo. Cada empuje hacía que su cuerpo chocara contra el cristal, que sus pechos se aplastaran contra el frío vidrio, que su cabeza se inclinara hacia adelante, con los cabellos rozando el mármol de la mesa.
Luciano le acarició el pelo, lo despeinó completamente, y luego le sujetó la muñeca. No con fuerza, pero con firmeza. Lo hizo con la mano que no lo penetraba. La otra le acarició el pecho, el pezón endurecido por el deseo.
—¿Te gusta esto? —preguntó él, mientras su ritmo aumentaba, sin perder la calma, sin perder el control—. ¿Te gusta verme mirarte?
—Sí —gimió ella—. Sí, sí, sí…
¿Te ha gustado? Valóralo