El Encuentro en la Biblioteca de las Horas

@emilio_santos ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 10 min de lectura

La lluvia golpeaba suavemente las ventanas del viejo edificio de ladrillo rojizo, como un latido constante que resonaba en el silencio de la tarde. La biblioteca municipal de Córdoba, construida a finales del siglo XIX, guardaba en sus paredes el eco de siglos de lectores silenciosos, de manos que hojeaban páginas con reverencia. Aquel día, sin embargo, el silencio no era absoluto: había un murmullo leve, casi imperceptible, que venía de la sala de manuscritos, donde la luz filtrada por los vitrales iluminaba polvos de tiempo suspendidos en el aire.

Clara entró a las 16:42, con el abrigo ligeramente húmedo y los rizos negros recogidos en un moño desordenado. Llevaba puestos unos anteojos de montura fina que resaltaban su mirada atenta, de color avellana, y una bufanda de lana gris que había tejido su abuela. En sus manos, un sobre marrón con el sello de la universidad y una nota escrita a mano: *“Si desea consultar el fondo de la Colección Álvaro Montes, debe presentarse hoy a esta hora. —J.”*

No conocía a Álvaro Montes. Solo sabía que había sido un bibliotecario apasionado, coleccionista de poesía erótica marginal, cuya donación había llegado años atrás, clasificada con sigilo y orden riguroso. Lo había buscado por casualidad: una tesis sobre la representación del amor en la literatura del siglo XX necesitaba un antecedente más antiguo, más secreto. Y allí estaba, el fondo Montes, en la sala de manuscritos, accesible únicamente bajo supervisión.

—¿Clara? —la voz vino desde el umbral, suave, sin urgencia.

Ella giró. Él estaba de pie junto a la puerta, con las manos en los bolsillos de un saco de lana marrón, algo desgastado pero impecable. Tenía el cabello canoso, recortado con precisión, y los ojos castaños, profundos, como si hubieran leído demasiado y aún así siguiaran buscando. Una arruga ligera entrecejo marcaba su expresión seria, pero sus labios, cuando se abrieron en una pequeña sonrisa, revelaban una calidez inesperada.

—Soy Mateo —dijo—. Soy quien dejó la nota.

Clara asintió. No esperaba que fuera tan… común. En su imaginación, Álvaro Montes había dejado huellas más teatrales. En cambio, aquí estaba Mateo, un hombre que parecía haber salido de un capítulo de novela rusa: serio, medido, con una voz que no forzaba autoridad, pero que la exigía por la sola certeza de sus palabras.

—¿Puedo ayudarle a encontrar algo?

—La Colección Montes —respondió ella, con la seguridad de quien no está segura, pero se niega a mostrarlo.

Mateo asintió de nuevo y se apartó para dejarla pasar. El salón era pequeño, con mesas de roble, estantes bajos y archivadores que olían a papel viejo y cera de abeja. Detrás de uno de ellos, una puerta de madera oscura, con una cerradura antigua y una placa en bronce: *Fondo Reservado. Consulta bajo vigilancia.*

—Sígueme —dijo Mateo.

Abrió la puerta con una llave que sacó del bolsillo interior. El aire que salió era distinto: más fresco, más oscuro, con un olor que era el de los libros envejecidos, sí, pero también algo más: vainilla, tabaco seco y un toque floral apenas perceptible, como si alguien hubiera dejado allí una flor marchita hace mucho tiempo.

—Álvaro… —empezó Clara, mientras Mateo tomaba una lámpara de mesa de plata y la encendía—. ¿Fue su maestro?

Mateo encendió la luz suavemente, iluminando un rincón del salón. Alzó la mirada.

—Fue mi padre.

Clara lo miró, sorprendida. Él no había dado señales de afecto, pero ahora, con la luz sobre su rostro, vio que sus párpados se entornaban un poco, como si el recuerdo viniera con suavidad, pero con peso.

—Perdón —dijo ella—. No pretendía…

—No hay nada que perdonar. Solo es que… —Mateo caminó hacia uno de los archivadores, lo abrió y sacó una carpeta de cartón.— Álvaro no creía en el silencio como castigo. Creía en el silencio como pausa. Como espacio necesario para que algo que se ha leído pueda ser comprendido.

Clara se acercó. La carpeta estaba numerada: *Caja 7 — Montes, A. — Poesía erótica (1942–1968)*. En la portada, una etiqueta con letra cursiva: *“Para quién sepa esperar”*.

—¿Puedo…?

—Claro. —Mateo le tendió unos guantes de algodón—. Pero tenga cuidado. Algunas hojas están frágiles.

Ella los puso con lentitud, como si cada gesto fuera parte de un ritual. Abrió la carpeta. Dentro, manuscritos sueltos, cartas, poemas escritos a mano, algunos en papel amarillento, otros en hojas más modernas. Uno de ellos, con la fecha *23 de abril de 1953*, llamó su atención. No por la fecha, sino por el título: *“El encuentro en la biblioteca de las horas”*.

—¿Este…?

—Mi padre lo escribió en una noche de tormenta —dijo Mateo, acercándose sin ruido—. Había estado todo el día ordenando cartas de un amigo que había muerto. Y cuando el sol se ocultó, y la primera gota golpeó el cristal, se sentó aquí, en esta mesa, y escribió esto.

Clara lo leyó. El poema era sencillo, pero intensamente físico. No hablaba de deseos, sino de presencia: del peso de una mano sobre una mesa de madera, del frío de los dedos al tocar una hoja de papel, de la respiración contenida cuando alguien entra en una habitación y el silencio cambia de forma.

Al terminar, se dio cuenta de que estaba respirando más lento.

—Es hermoso —dijo, sin mirarlo.

—Sí —respondió Mateo, con una pausa—. Pero no es eso lo que vine a mostrarle.

Se giró, caminó hasta el fondo de la sala y abrió una puerta lateral. Clara lo siguió. Allí, detrás de una cortina de terciopelo pardo, había una pequeña sala redonda, con ventanas estrechas y una mesa circular de roble, cubierta con un paño de lino blanco. Sobre la mesa, un jarrón de cristal tallado con una sola flor: una gardenia.

—Mi padre decía que el cuerpo también lee —dijo Mateo, ya cerca de ella—. Que tiene su propio vocabulario, sus propias pausas. A veces, cuando la mente se cansa, el cuerpo sigue leyendo.

Clara sintió un calor leve en las mejillas. No era vergüenza, ni nervios. Era reconocimiento. Como si, de pronto, alguien hubiera puesto una mano sobre su espalda y le hubiera susurrado: *sí, esto también es verdad*.

—¿Y qué quiere que lea yo? —preguntó, en voz baja.

Mateo la miró. Y esta vez, la sonrisa que le llegó fue distinta: más lenta, más íntima.

—No quiero que lea. Quiero que me permita enseñarle algo que no está escrito.

Clara no respondió con palabras. En su lugar, dio un paso hacia adelante, y luego otro, hasta que estuvieron frente a frente, a la distancia exacta en la que dos cuerpos comienzan a hablar sin decir nada. Mateo alzó la mano, no hacia su rostro, sino hacia su muñeca. La tomó con suavidad, como si temiera que la piel fuera de papel y pudiera romperse.

—¿Está bien?

—Sí —susurró ella—. Estoy bien.

Su toque fue lento, una exploración que no buscaba conquista, sino reconocimiento. Sus dedos deslizaron la manga de su abrigo hacia abajo, hasta que su piel quedó al descubierto: pálida, tersa, con un latido leve bajo la superficie. Mateo la miró, y luego bajó la vista a su mano, que reposaba sobre la suya. Su pulgar rozó el hueco entre su pulgar y su índice, un gesto que no tenía nombre, pero que Clara reconoció como algo que había esperado sin saberlo.

—¿Puedo?

—Sí —repitió ella—. Sí.

Él se inclinó, y su aliento tocó el interior de su muñeca. Clara cerró los ojos. Sentía el calor de su cuerpo frente al suyo, el olor del tabaco y la vainilla que ahora se mezclaba con el olor del papel y la lluvia que seguía cayendo en el exterior. Mateo no besó su piel, pero su rostro permaneció allí, cerca, como si estuviera meditando el instante.

—Usted es muy clara —dijo, al fin.

—¿Clara?

—En la forma en que mira. En la forma en que escucha. No es una mirada que busca. Es una mirada que reconoce.

Clara abrió los ojos. Lo miró directo, y esta vez no hubo dudas en su expresión.

—¿Y usted?

—Yo he estado lejos de este lugar mucho tiempo —dijo Mateo—. Y no sabía si volvería.

—¿Y ahora?

—Ahora —respondió él, y esta vez sí lo besó, con los ojos cerrados, con la calma de quien sabe que lo que toca es real—, ahora he vuelto.

Su beso no fue apremiante. Fue una pregunta hecha carne: una pregunta que no exigía respuesta inmediata, sino que la dejaba flotar, como una hoja sobre agua quieta. Clara respondió con la misma lentitud, inclinándose hacia él, dejando que su cuerpo se acostumbrara al peso del otro, a la suavidad de sus labios, a la forma en que su respiración se sincronizaba con la suya.

Mateo soltó su muñeca y pasó la mano por su cuello, con la palma abierta, acariciando la curva de su mandíbula, el borde de su oreja. Clara sintió un temblor leve, no de miedo, sino de reconocimiento: su cuerpo recordaba algo que su mente había olvidado. La sensación de que, por una vez, no tenía que explicar nada. Que podía estar allí, sin justificar, sin ocultar.

—¿Quieres…? —empezó Mateo, separándose apenas, suficiente para mirarla.

Clara asintió. No con prisa, sino con certeza.

Él tomó su mano y la condujo hasta la puerta de la sala circular. La abrió y dejó que ella pasara primero. En la habitación siguiente, había una cama baja de madera oscura, con sábanas de lino blanco y una manta de lana gruesa doblada al pie. No había luces encendidas, solo la luz del atardecer que entraba por las ventanas, pintando el suelo con bandas doradas y violetas.

—No tengo nada preparado —dijo Mateo.

—No necesitas nada —respondió Clara.

Se desnudaron con calma, como si cada prenda fuera un capítulo que se cerraba. Clara se quitó el abrigo, luego la bufanda, y finalmente, con lentitud, la blusa y la falda. Mateo observaba, pero no con ojo de espectador: lo hacía con la atención de quien está leyendo una versión más íntima de un texto que ya conocía, pero que ahora revelaba un significado nuevo.

Cuando ella se hubo quedado con el camisón de algodón gris, Mateo se acercó y lo desabrochó con los dedos, uno a uno. Cada botón era una pausa. Cada pausa, una respiración compartida.

—Estás hermosa —dijo, cuando ya solo quedó la prenda sobre sus hombros.

—Tú también —respondió ella.

Él se quitó el saco, luego la camisa, y se quedó con los pantalones y la camiseta interior. Clara rozó su pecho con la yema de los dedos: piel cálida, vello suave, un latido que marcaba el mismo ritmo que el suyo. Mateo tomó su cara entre sus manos y la besó de nuevo, esta vez con más profundidad, con más necesidad, pero sin romper la calma que los había traído hasta allí.

Se tendieron en la cama. Él se acostó de lado, y ella se acurrucó contra él, con la cabeza apoyada en su hombro, una pierna enroscada entre las suyas. Mateo pasó la mano por su espalda, siguiendo la curva de su columna, hasta la base de su cuello, donde sus rizos se enredaban. Clara suspiró, y ese suspiro fue la primera nota de una melodía que no necesitaba palabras.

Él besó su cuello, lento, con la boca cerrada primero, y luego, con un beso suave, abrió los labios y dejó que su aliento se mezclara con el suyo. Clara levantó la cabeza, y sus ojos se encontraron con los de Mateo, que la miraban como si estuviera descubriendo algo que había estado esperando siglos.

—¿Dónde quieres que te toque? —preguntó.

Ella no respondió con palabras. En su lugar, tomó su mano y la colocó sobre su pecho, sobre su corazón. Mateo la miró, y entonces la besó en la frente, en las cejas, en las mejillas, como si estuviera leyendo un poema que no tenía fin.

Luego, su mano bajó, despacio, hasta su vientre, y allí se detuvo, con la palma caliente sobre su piel. Clara arqueó la espalda, sin prisa, como si cada pulso fuera un verso nuevo. Él la besó en el cuello otra vez, y esta vez, con la otra mano, desabrochó su falda, que seguía doblada a un lado de la cama.

—¿Te parece si seguimos aquí? —preguntó, con la voz un poco más grave.

—Sí —susurró ella—. Aquí está bien.

Él se incorporó, y ella lo imitó. Se sentaron frente a frente, con las piernas cruzadas sobre la

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