El encuentro en el muelle de Salina Cruz

El encuentro en el muelle de Salina Cruz

@el_marinero ·9 de junio de 2026 · 🔥 4.5 (36) · 286 lecturas · 7 min de lectura

La brisa del Golfo traía sal, humedad y el aroma agrio del pescado que aún no había salido del barco. Era casi medianoche, y el muelle de Salina Cruz, en Oaxaca, parecía un escenario olvidado: luces tenues de faroles colgantes, maderas crujientes bajo los pies descalzos, y el murmullo constante de las olas golpeando contra los postes de madera. Daniel, un marinero de 34 años, con piel morena curtida por el sol y el viento, caminaba con paso lento entre los botes pesqueros atracados. Llevaba una camiseta blanca ya amarillenta por el sudor, los pantalones cortos de mezclilla desgastados en las rodillas, y los pies descalzos, aunque uno de los calcetines seguía colgado del talón. Había desembarcado hacía apenas tres horas tras una travesía de diez días en el *Mar Azul*, y su cuerpo still sentía el vaivén del mar en los huesos.

A un costado del muelle, apoyado contra un asta de bandera ondeante, estaba Adrián. Tenía la piel clara, casi dorada por el sol diurno, y el pelo negro, ligeramente ondulado, recogido en una coleta suelta. Usaba una camisa de botones abierta sobre una playera negra, y un par de jeans ajustados que marcaban el contorno de sus nalgas. Tenía los pies calzados con sandalias de cuero, pero una de las correas se había roto y colgaba floja. Lo que más llamaba de él era su mirada: oscura, tranquila, como si hubiera visto mucho y aún guardara algo por descubrir.

Daniel lo notó de reojo, y aunque no iba a detenerse —era marinero, sabía que los encuentros en puerto podían ser efímeros y peligrosos—, algo en la postura de Adrián lo detuvo. No era el típico pendejo de turista buscando aventura; era más bien como si también estuviera esperando algo, o a alguien. Daniel se acercó, no con seguridad, sino con esa curiosidad pausada que solo da el cansancio y la soledad.

—¿Buscas algo, o solo estás ahí como el resto del muelle? —preguntó Adrián sin moverse, sin mirarlo directamente, pero con una sonrisa que se le dibujó apenas.

Daniel se detuvo a un par de pasos. Llevaba el aliento medio agitado, y sudaba por el calor y por el esfuerzo de subir las escaleras de madera con la mochila al hombro.

—Pues sí. Estoy buscando un trago y una cama que no hueya a sardinas. Tú qué buscas, chaval?

—Lo mismo, pero por el momento me conformo con ver cómo se mueve el mar desde aquí. A veces me parece que me ve a mí también.

Daniel rio, un poco sorprendido. No era given a los halagos poéticos, pero algo en la frase le hizo sentirse más despierto.

—¿Y si te digo que la cama más cercana cuesta ochenta pesos y no hueye a sardinas? —señaló hacia un callejón lateral, donde una luz naranja brillaba entre las sombras—. Ahí hay un lugar. Pero si te quedas, yo te pago el trago. No por querer chingarte, jaja… pero por saber si realmente te ve el mar.

Adrián lo miró entonces, de frente. Sus ojos tenían un brillo que no venía del mar, ni de la luna. Venía de adentro, de algo que había despertado justo en ese momento.

—¿Y si te digo que ya he visto el mar de muchas formas, pero nunca con alguien que hueye tan a sal y sudor como tú? —dijo, acercándose un paso. Sus dedos rozaron la manga de Daniel—. ¿Por qué no me llevas a ese lugar? Aunque… prefiero que primero me cuentes cómo te llamas.

—Daniel. Y tú?

—Adrián. Y si me llevas a ese lugar, prometo no empezar a chingarte hasta que hayamos terminado el primer trago.

Daniel rio de nuevo, más fuerte esta vez, y se pasó la mano por la nuca.

—Chingaos, eres peligroso.

—Solo honesto.

Caminaron en silencio un rato, hasta que llegaron a una pequeña cantina al interior de un callejón, con mesas de madera y una barra que parecía hecha de puerta vieja. El dueño, un hombre mayor con bigote blanco, les sirvió dos cervezas sin decir nada. Daniel bebió de un trago, y Adrián lo imitó, aunque con más calma. Se notaba que no era un bebedor frecuente, pero sí alguien que sabía controlar su cuerpo.

—¿Cuánto hace que no estás en tierra firme? —preguntó Adrián, volteando su botella entre los dedos.

—Doce días. Doce días sin ver una cara que no sea la del capitán y la del mozo de bodega. Y ya me cansé de escuchar sus historias de putas en Veracruz.

—¿Y nunca te ha picado la curiosidad por probar algo nuevo?

Daniel lo miró, esta vez con atención. Adrián tenía los labios húmedos por la cerveza, los párpados un poco caídos, pero los ojos vivos. Se le antojó una mezcla de peligro y seguridad.

—Sí. Pero no es solo curiosidad. Es que cuando estás tanto tiempo fuera, empiezas a sentir que tu verga se olvida de cómo se usa. O que se acuerda… pero de formas que no sabes si quieres recordar.

Adrián sonrió, y esta vez no fue una sonrisa de burla, sino de complicidad.

—Entonces quizás te conviene probar algo nuevo. Algo que no sea una rutina. Algo que no se trague todo y te deje con la misma sed.

Daniel lo miró fijamente. Sabía que si seguía por ese camino, algo iba a pasar. Y no le importaba. Porque ya no tenía sed, tenía hambre.

—¿Y si no me gusta lo nuevo?

—Entonces te devuelves al viejo. Pero al menos lo intentaste.

Daniel se inclinó hacia adelante, acercando su silla a la de Adrián. El aire entre ellos se volvió espeso, cargado de algo que no era solo deseo, sino confianza recién nacida.

—¿Y si te digo que ya la tengo dura solo por hablarte?

Adrián no se ruborizó. Solo asintió, despacio, como si eso ya lo supiera.

—Entonces no es curiosidad. Es instinto.

Daniel se puso de pie.

—Vámonos.

Fue entonces cuando Adrián lo tomó del brazo.

—No tan rápido. Primero, quiero ver tu verga.

Daniel lo miró, sorprendido.

—¿Aquí?

—En el baño. Ahí no nos va a interrumpir nadie, y yo quiero saber si de verdad hueye a sal o si solo es fantasía mía.

El baño era pequeño, oscuro, con una luz de bombilla que parpadeaba. El inodoro chirriaba, y la pared tenía un espejo mellado. Daniel se dio la vuelta para cerrar la puerta, y cuando se volteó de nuevo, Adrián ya estaba allí, con las manos en los bolsillos, esperando.

—¿Te gusta que te diga lo que veo? —preguntó Adrián, acercándose hasta rozarlo.

—Depende. ¿Qué ves?

—Veo un hombre cansado, con el cuerpo marcado por el mar, pero con los ojos vivos. Veo un pene grande, con el glande rosado y la piel sensibile. Veo que ya te has desabrochado el pantalón, y que me estás mirando como si ya hubieras imaginado esto.

Daniel no respondió. Solo se quitó la camiseta y se inclinó un poco para ayudar a Adrián a desabrocharle el jeans. Cuando ambos ya estaban en ropa interior, Daniel tomó la verga de Adrián con la mano derecha, y con la izquierda le acarició el pene, que ya estaba semi-duro. Adrián jadeó, pero no se movió. Solo lo dejó explorar.

—Tú primero —dijo Adrián, mientras Daniel le quitaba la ropa interior.

Daniel se arrodilló frente al espejo, con la verga en la mano, y se miró. Se veía real, no como en los sueños. La piel morena, el vello oscuro, la verga tiesa, con el prepucio corrido hacia atrás y el glande brillante. Adrián se puso detrás de él, con las manos en sus caderas, y le acarició la verga con suavidad.

—Tú no hueyes a sal —susurró—. Hueyes a vida.

Daniel giró la cabeza y lo besó. Fue un beso lento, pero profundo. Adrián respondió con igual intensidad, y en cuanto sus lenguas se encontraron, Daniel empujó su verga contra la de Adrián, sintiendo el roce de la piel, el calor, la humedad. Se separaron apenas para respirar.

—¿Te gustaría que te chingara aquí? —preguntó Daniel, con la voz ronca.

—Sí. Pero primero, ponte una mano en la boca.

Daniel lo miró, confundido.

—Hazlo.

Daniel puso su mano izquierda sobre su boca, con la palma hacia adentro. Adrián tomó la mano y besó cada dedo, lentamente, antes de pasarla por su propia verga, mojándola con su propia saliva.

—Ahora sí —dijo, tomando su verga y acercándola a la entrada de su ano—. Y recuerda: no te detengas hasta que yo te diga.

Daniel em

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@el_marinero

De puerto en puerto, de cama en cama. Mis relatos saben a sal, a noches ajenas y a encuentros que duran lo que tienen que durar.

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