El Encuentro en el Jardín de las Luciérnagas

El Encuentro en el Jardín de las Luciérnagas

@mateo_cruz ·9 de junio de 2026 · 🔥 4.8 (14) · 221 lecturas · 10 min de lectura

La luz del atardecer se deslizaba como miel tibia por los balcones de madera del viejo quincho, donde las enredaderas de jazmín habían crecido durante años sin nadie que las podara. En el centro del jardín, entre los arbustos de lavanda y el sendero de piedras redondeadas por el tiempo, había tres sillas de mimbre. Dos estaban ocupadas: una por Lucía, sentada con las piernas cruzadas, los cabellos negros recogidos en una coleta deshecha, y una camiseta blanca que se le pegaba apenas al pecho por el calor húmedo de junio. La otra, por Martín, con los codos apoyados en las rodillas, los ojos fijos en la copa de vino que rotaba entre sus dedos, como si buscara allí algo más que la bebida.

Pero la tercera silla —la del medio— estaba vacía.

—Vos ya lo sabés, ¿no? —dijo Lucía, sin mirar a Martín, pero con la voz clara, como si estuviera repitiendo algo que ya se había dicho antes—. Si no lo decís vos, lo digo yo. No podemos seguir así, pidiendo disculpas por existir.

Martín asintió despacio, tragó el resto del vino y dejó la copa sobre la mesa de madera, con un golpe seco pero controlado.

—Sí, lo sé. Pero me cuesta. No por lo de… vos y él. Por lo del *nosotros*. Porque lo de nosotros no terminó. Sólo se puso en pausa.

Lucía respiró hondo. El aire olía a tierra mojada y a flores. A verano que se va.

—Entonces ¿por qué no lo volvemos a encender? —preguntó, finalmente, con una sonrisa pequeña, casi tímida—. No como antes. No como si nada hubiera pasado. Sino… como una nueva versión. Una que no tiene miedo de nombrar lo que es.

Martín la miró. Realmente la miró. Por primera vez en semanas. No con nostalgia, ni con culpa. Con atención. Con deseo, sí, pero no el mismo que antes. Ahora era más limpio, más directo, más… presente.

—¿Querés decir que…?

—Sí —dijo ella, y levantó la mano hacia su propio cuello, deshaciendo el nudo de la cadena de plata que llevaba colgando—. Quiero decir que si vos también querés… y si *él* también querés, entonces… ¿por qué no lo probamos?

El viento movió las hojas del jacarandá, y por un instante, el silencio fue tan denso que se oía el latido de sus corazones.

—Él ya me dijo que sí —admitió Martín—. Esta mañana, cuando me entregó las llaves del quincho. Me miró y me dijo: *“Hacé lo que tengas que hacer. Yo no voy a estar celoso. Sólo quiero verte feliz.”*

Lucía sonrió de verdad esta vez.

—Ese es el tipo de hombre que merezco.

—Y el tipo de hombre que merezco *yo*, también —agregó Martín, y por primera vez, su risa sonó ligera, como el sonido de una campanita de viento.

—Entonces —Lucía se levantó, sacudió la falda de lino y caminó hacia la entrada del quincho—. Vení. Está esperando.

La puerta de madera chirrió suavemente al abrirse. El interior del quincho estaba iluminado por velas placedas en frascos de vidrio, colgados de las vigas. El aire estaba cargado de humo de incienso y algo más: una tensión suave, como el primer instante antes de que una ola rompa contra la orilla.

Y allí, de pie junto a la mesa del comedor, con los brazos cruzados, estaba Santiago.

Tenía los ojos oscuros, el pelo corto, rubio ceniza, y la piel clara, con pecas que se acentuaban cuando se ponía tenso. Llevaba una camiseta negra ajustada, que le marcaba el pecho ancho y los bíceps, pero no le tapaba los tatuajes que bajaban por los brazos: serpientes estilizadas, hojas, una media luna.

—Hola —dijo, y su voz no tembló, pero sí tembló su mano izquierda, que se cerró en un puño apenas antes de soltarlo de nuevo.

—Hola, pijo —dijo Lucía, y se acercó a él sin pausa, sin miedo—. ¿Estás nervioso?

Santiago tragó saliva.

—Muy. Pero es un nervios bueno. Como cuando vas a saltar al río y sabés que el agua está fría, pero también sabés que después vas a sentirte vivo.

Lucía le acarició el antebrazo con la yema de los dedos.

—Entonces no te preocupes. Acá no hay que saltar. Sólo hay que dejarse llevar.

—Y vos… ¿estás lista? —preguntó Martín, que había entrado detrás suyo y ahora se mantenía a un par de pasos, como si temiera romper el hechizo.

Lucía giró lentamente para mirarlo.

—Estoy más que lista. Y vos, ¿estás conmigo? No como el ex novio. No como el amigo que tuvo miedo. Como el hombre que sigue queriendo lo mismo, pero ahora con los ojos abiertos.

Martín caminó hacia ella, tomó su mano y la llevó a su pecho.

—Estoy acá. Siempre estuve. Sólo que ahora no me escondo.

Santiago los miraba, y por un instante, se sintió como un extraño en su propia historia. Pero luego, Lucía soltó la mano de Martín, se acercó a él y le puso las palmas en las mejillas.

—Mirá, no te creas que soy una santa. Tampoco te imaginas lo que quiero hacer con vos. Pero primero, queremos que vos sepas: no somos dos contra uno. Somos tres contra el mundo. O más bien, tres contra el silencio.

Santiago cerró los ojos. Respiró.

—Yo no soy el típico tipo que se presta para esto. No soy fácil. No soy un juguete.

—Nosotros tampoco —dijo Martín—. Pero queremos que seas tú. Sólo tú. Con tus manías, tus pausas, tus manías, tus miedos.

—Y con tu polla —añadió Lucía, con una sonrisa traviesa—. Porque esa polla, a veces, me hizo soñar cuando vos y yo ya no estábamos.

Santiago abrió los ojos. La miró fijamente.

—¿De veras?

—De veras. Pero no por lo que hacía, sino por lo que *podía hacer*. Y hoy, si vos querés, lo vamos a descubrir.

—¿Y vos? —preguntó Santiago, volviéndose hacia Martín—. ¿No te pega?

—No. —Martín negó con la cabeza—. Antes me dolía. Ahora me siento orgulloso. Porque no somos el pasado. Somos el presente. Y el presente tiene espacio para más de dos.

—Entonces —Lucía tomó la mano de Martín y la puso sobre su cintura—, empezamos por acá.

Se acercó a Santiago y le desabotonó la camiseta, uno a uno, con lentitud. Cada botón era una promesa. Cada movimiento, una pregunta. Cuando el tejido se abrió, dejando al descubierto su pecho, Lucía se inclinó y besó la línea de pelo que bajaba desde su ombligo hasta el borde del cinturón de los pantalones.

Santiago exhaló un suspiro largo, casi un gemido, pero lo contuvo.

—No te apresures —dijo—. Quiero sentirlo todo.

—Entonces lo hacemos lento —dijo Martín, y se puso detrás de Lucía, le pasó los brazos por la cintura y apoyó su barbilla en su hombro—. Pero no lo hacemos callados.

Lucía giró la cabeza, besó la mandíbula de Martín, y luego volvió a mirar a Santiago.

—¿Querés tocarme? —le preguntó—. No como si fueras a romper algo. Como si supieras que soy tuya por un rato.

Santiago no respondió con palabras. Se acercó, le tomó una mano y la llevó a su entrepierna. Allí, bajo la tela de los pantalones, sentía el calor, la dureza, la vida pulsando con urgencia contenida.

—Estoy duro desde que entraste —admitió—. Pero no es por vos sola. Es por los dos.

Lucía sonrió.

—Entonces vamos a hacer que valga la pena.

Se separó de Santiago y caminó hacia la mesa del comedor, donde había una botella de vino y tres vasos. Se sirvió poco, apenas una copita, y se la ofreció a Martín.

—Brindemos por la primera vez.

—No es la primera vez que lo hacemos juntos —dijo Martín, tomando el vaso—. Pero sí la primera vez que lo hacemos *así*.

—Entonces brindemos por la primera vez *así* —corrigió Lucía.

Y bebieron.

Luego, ella se quitó la camiseta. Bajo ella, llevaba un sostén de encaje negro, que apenas contenía sus pechos redondeados, firmes, con pezones oscuros que se erizaron al sentir el aire fresco.

—¿Te gustan? —preguntó, pero no era una pregunta. Era una invitación.

Santiago le acercó la mano, pero no la touch. La sostuvo a un centímetro de su piel, como si temiera quemarse.

—Me encantan. Pero no es eso lo que quiero tocar primero.

—¿Entonces qué?

—Tu boca —dijo Martín—. Tu lengua. Tu voz. Quiero escucharte decir lo que querés.

Lucía se acercó a él, se sentó en el borde de la mesa, y puso una pierna sobre la otra.

—Entonces escuchame bien —dijo—. Quiero que vos me tomes la cara, me besarás como si fuera tu última cena, y después, mientras me besás, Santiago va a desabrocharme los pantalones y me va a besar el cuello.

Martín la miró, y en sus ojos hubo una chispa que antes no había.

—¿Y vos, qué hacés mientras tanto?

—Yo… —Lucía bajó la voz—. Yo le voy a decir a Santiago dónde tiene que poner las manos. Y después, cuando esté listo, le voy a pedir que me garche suave, como si le tuviera miedo a romperme. Y vos… vos me vas a besar el cuello mientras eso pasa.

Santiago respiró hondo.

—¿Y después?

—Después —dijo Lucía, y se levantó, caminó hacia él, y le tomó la mano—, después vos me agarrás por la cintura, me levantás un poco, y yo me apoyo en la mesa, con las piernas abiertas, y vos entrás. Y Martín… Martín me va a besar en el cuello y me va a decir cuánto te gusta verme así.

Santiago cerró los ojos.

—¿Estás segura?

—No hay nada que me haga más segura —dijo ella—. Excepto una cosa: si vos decís que no.

—No voy a decir que no.

—Entonces, no más palabras.

Lucía se quitó los pantalones con un movimiento rápido, dejando al descubierto la entrepierna, sin nada debajo, humedecida ya por la anticipación.

Martín se acercó, le pasó la mano por el muslo, y luego por la curva de su cadera.

—Estás preciosa —susurró—. Igual que cuando nos conocimos. Pero ahora, más. Porque ahora sabés lo que querés.

Santiago se puso de rodillas frente a ella.

—¿Puedo?

—Sí —dijo Lucía—. Pero no con miedo.

Él le separó los labios de la concha con los dedos, y allí, entre los pliegues húmedos y calientes, sintió el pulso de su deseo. Le rozó el clítoris con la punta de la lengua, y Lucía soltó un pequeño grito, pero no se apartó.

—Así —dijo—. Ahora con más fuerza.

Santiago lo hizo. La lamio con lentitud, con urgencia, con manos que la sujeban por las caderas y la mantenían firme.

Martín, meanwhile, se quitó su camiseta, se puso detrás suyo y le acarició el pelo.

—Mirá cómo la está garchando —dijo, y la mano de Lucía fue a parar a su entrepierna, donde ya sentía el bulto denso de la erección.

—Sí —dijo ella, con la boca entreabierta—. Me gusta que me veas. Me gusta que me escuches. Me gusta que sepas cuánto le gusto a él.

Santiago levantó la vista. La miró a los ojos.

—Te gusta mucho.

—Y vos ¿qué querés?

—Quiero entrar. Quiero sentir tu concha cerrándose sobre mi polla. Quiero sentir tu cuerpo abriéndose para mí.

—Entonces entrá —dijo Lucía, y se inclinó hacia atrás, apoyándose en los codos, las piernas abiertas, el cuerpo entregado.

Santiago se puso de pie, se desabrochó los pantalones y los bajó hasta las rodillas. Su polla saltó hacia adelante, gruesa, rubricada, con la punta húmeda de su propia humedad.

—Está linda —dijo Lucía, y le pasó la mano por el calloso, sintiendo su peso, su calor.

—Y ahora… —dijo Martín—. Ahora vos.

Santiago tomó la polla de Martín en su mano, la frotó contra su propio pecho, y luego la llevó a la boca. La lamio, la chupó suavemente, mientras Lucía lo miraba, con los ojos cerrados, las manos apoyadas en la mesa.

—Quiero que vos la garches primero —dijo Lucía—. No la dejo entrar adentro todavía. Pero

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Me quedo con los nervios de la primera vez, esa ternura torpe antes de que todo arda. Escribo el deseo que todavía no sabe su nombre.

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