El encuentro detrás del celular
6 minEl encuentro detrás del celular
La luz del atardecer se colaba por la rendija entre las cortinas del apartamento de Camila, dibujando una línea dorada sobre el colchón deshecho en el suelo. Ella estaba sentada en el borde de la cama, el celular apoyado en una almohada, las piernas cruzadas con naturalidad, los pies descalzos apoyados en la alfombra gris. Llevaba puesto un top de encaje negro que dejaba entrever la curva de sus pechos, pero nada más. Debajo, nada. Ya lo habían acordado antes: “Vamos pa’ lo visual, pero sin salir de casa”, le había dicho a Mateo cuando confirmaron la cita.
Mateo, desde su cuarto en Medellín, ajustó la iluminación de su escritorio con la lamparita de pie, apagó las luces fuertes y encendió la velita de led que tenía en el borde del escritorio —una luz cálida, como la del café recién hecho. Se quitó la camiseta, dejando al descubierto el pecho cubierto de vello suave, los brazos musculosos pero no exagerados, la tripa plana que había ganado con tanto esfuerzo en el gimnasio. Se sentó frente a la cámara, con el celular apoyado en un soporte, y sonrió cuando vio que Camila ya estaba en llamada.
—Ahí estás —dijo, con una voz ronca que no esperaba tener, pero que le gustó.
—Ahí estoy —respondió ella, con un tono pausado, como si estuviera saboreando cada palabra—. Te veo bien, *chévere*.
Mateo se inclinó un poco hacia la cámara, acercando su rostro. Sus ojos, oscuros y brillantes, se fijaron en los de ella, que ya no estaban detrás de una pantalla, sino en su mundo real.
—¿Y tú? —preguntó él—. ¿Te pones algo o sigues como saliste del baño?
Camila se recostó un poco más sobre la almohada, cruzando una pierna sobre la otra, y se llevó una mano al cuello, jugueteando con una cadena fina que colgaba de su garganta.
—Me puse lo que me dijiste: nada debajo del top, pero sí los calcetines de encaje que me regalaste el año pasado. Los de color morado.
Mateo sintió un calorcito en la entrepierna. No era la primera vez que hablaban así, pero algo en la manera en que ella lo decía —con una sonrisa leve, sin prisa, como si ya supiera lo que iba a pasar— lo hacía sentir diferente. Más vivo.
—Vaya… —murmuró él—. Me gusta cómo suena eso.
—¿Quieres que te lo muestre? —preguntó ella, y antes de que él respondiera, ya había bajado una mano hacia su muslo, deslizando el borde del top hacia arriba, dejando al descubierto el inicio de su muslo, la curva suave donde la piel era más clara, más tersa.
Mateo tragó saliva. Apoyó la espalda contra el respaldo de la silla, pero no apartó la vista.
—Sí —dijo—. Muéstramelo.
Ella se pasó la mano lentamente desde la rodilla hacia el interior del muslo, con una pausa en el centro, como si hubiera un punto de gravedad allí, en ese pliegue suave. Su respiración cambió, más profunda, más lenta. Mateo lo notó. Y también notó que ella no miraba la cámara —miraba la pared del fondo, como si estuviera viendo algo que solo ella veía.
—¿Te gusta? —preguntó, sin volver a mirarlo.
—Sí —respondió él, con la voz un poco más áspera—. Me encanta. Pero quiero más.
Camila volvió a mirarlo. Esta vez, la sonrisa fue más amplia, más juguetona.
—Entonces dime: ¿qué quieres?
Mateo se llevó una mano al cinturón, pero no se lo desabrochó. Solo lo rozó, como si estuviera probando su peso.
—Quiero oírte. Quiero que me cuentes qué sientes mientras me lo muestras.
Ella se mordió el labio inferior, una vez, dos veces, como si lo estuviera saboreando. Luego, susurró:
—Siento que se me eriza la piel… como si cada vez que me toco, me recordara que no estás aquí, pero que *casi* estás aquí.
Mateo se levantó de la silla. Se acercó más al celular, hasta que su rostro casi tocaba la pantalla.
—¿Casi? —repitió—. ¿Casi?
—Sí —dijo ella, y esta vez, con la mano ya libre, se llevó la punta del dedo al pezón, apretándolo con suavidad, apenas un milímetro—. Casi… pero no lo suficiente.
Fue entonces cuando Mateo desabrochó el pantalón. No con prisa, sino con deliberación, como si cada clic del botón, cada zzzzip del cierre, fuera una nota musical. Cuando ya tenía la tela abierta, sacó su pito, medio duro ya, la punta húmeda, brillante bajo la luz de la velita.
—Mírame —le dijo—. Mírame mientras me toco.
Camila no tardó. Bajó la mirada al celular, y su respiración se aceleró, pero no se apresuró. Se inclinó hacia adelante, hasta que su pecho quedó a la altura de la cámara, y con una mano, se separó los pezones, mostrándole lo que él ya imaginaba: pechos redondos, sensibles, con pezones oscuros y hinchados.
—¿Te gusta? —repitió ella, esta vez con la voz más baja, más cálida, como miel derretida.
—Sí —dijo Mateo—. Me encanta.
—Entonces… quédate mirando.
Ella empezó a mover la mano con lentitud, acariciando sus propios pechos, los dedos redondos pasando por encima del pezón, presionando suavemente, dejando que la gravedad hiciera su trabajo. Mateo, mientras tanto, se había sentado en el borde de su cama, con las piernas abiertas, la mano ya envolviendo su pito con un movimiento pausado, de abajo hacia arriba, con la punta humedecida por el líquido preseminal.
—¿Te acuerdas de la última vez que estuvimos en el hotel? —preguntó Camila.
—¿De la habitación 304? —preguntó él, sin dejar de mover la mano.
—Sí —dijo ella—. Te acordaste.
—¿Cómo no iba a acordarme? —respondió él—. Me sentaste encima, con los ojos cerrados, y me dijiste: “Mama, mami, así es como se hace”.
Camila soltó una risita baja, casi un suspiro.
—Esa fue la primera vez que me dijiste “mami” —dijo—. Y yo… me derretí.
—Y yo te tomé de la cintura, te levanté, y te puse de rodillas… —Mateo tragó hondo—. Me pidió que te tapara los ojos con las manos, y cuando lo hice, sentí que te temblaba el cuerpo.
—Sí —susurró ella—. Sentí tu aliento en mi cuello, y cuando te metiste, no dije nada. Solo cerré los ojos y dejé que el cuerpo me llevara.
Mateo se detuvo un momento. Miró su pito, la punta brillante, la piel estirada. Luego, volvió a mirar la cámara.
—¿Y si ahora estuvieras aquí? ¿Qué harías?
—Te pediría que me lo metieras lento —dijo ella—. Que me tocaras el culo mientras me entraba, y que me dijeras: “Eres mía, Camila, solo mía”.
—Eres mía —repitió él, con la voz ya rota—. Solo mía.
Camila se pasó la mano por el estómago, bajando poco a poco, hasta que sus dedos rozaron el borde de su entrada. Se detuvo allí, con la punta de los dedos apenas tocando el tejido húmedo.
—¿Me lo prometes? —preguntó.
—Sí —dijo Mateo—. Te lo prometo.
Ella se introdujo un dedo, despacio, con los ojos cerrados. Se mordió el labio, y soltó un gemido bajo, apenas audible, pero suficiente para que Mateo sintiera cómo su propia respiración se aceleraba.
—¿Lo oíste? —preguntó ella.
—Sí —dijo él, con la voz temblorosa—. Lo oí.
—Entonces… sigamos —dijo ella, y metió el segundo dedo.
Mateo no dudó. Se agarró fuerte al pito, subiendo y bajando con ritmo, pero sin prisa, como si estuviera recordando cada movimiento, cada sensación. Sus ojos no se despegaban de la pantalla. De ella. De su cuerpo. De su risa, de su suspiro, de su silencio.
—¿Qué sientes? —preguntó él.
—Que me voy a correr… —dijo ella—. Que no puedo más.
—Yo tampoco puedo —dijo Mateo—. Ven, Camila. Ven.
Ella abrió los ojos. Lo miró. Y sonrió.
—Te veo… —dijo—. Te veo bien.
Y se corrió.
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