El encuentro detrás de la pantalla
6 minEl encuentro detrás de la pantalla
La cámara de mi laptop parpadeó suavemente cuando la encendí, como si respirara por primera vez en horas. Eran las 22:13. Había programado la reunión para las 22:00, pero ya sabía que ella llegaría un poco tarde — siempre lo hacía. Me costaba no mirar el reloj del sistema una y otra vez, como si el tiempo se aferrara a mí, se negara a avanzar hasta que ella apareciera.
Me llamaba Lucía. No conocía su apellido, ni su rostro completo, solo lo que la luz de su habitación dejaba ver: una mejilla suave, el contorno de una ceja arqueada, la curva de su hombro cuando se inclinaba hacia adelante. Había sido un match casual en una app de conversaciones serias —o eso parecía—, donde no se buscaba nada casual, pero tampoco se prometía nada eterno. Un espacio de grises, donde los límites se desdibujaban con el tiempo.
—¿Santiago? —su voz salió entre estático y calidez, como si hubiera estado hablando justo al oído, aunque sabía que no era así—. Disculpá, se cortó la luz un segundo.
—Está bien —respondí, apoyando los codos en el escritorio, inclinándome un poco más hacia la pantalla—. Ya te estaba empezando a buscar.
Me sonrió, esa sonrisa que le hacía cosquillas en el cuello, justo antes de que se le marcaran las mejillas. Tenía el pelo suelto, negro, con reflejos azules bajo la luz led del escritorio. No llevaba maquillaje, solo una ligera humedad en los labios que parecía producto de un gesto instintivo, no de una preparación deliberada.
—¿Y si empezamos con lo de siempre? —preguntó, bajando la voz—. El ritual de los “¿cómo estás?”, los “¿y vos?”… el discurso que nos hace creer que no estamos aquí, en esto?
—¿Y qué es esto? —pregunté, sin bajar la mirada de su rostro.
Se detuvo. El silencio fue breve, pero cargado, como si estuviera midiendo cuánto quería entregarme.
—Esto… es lo que hacemos cuando no podemos estar en la misma habitación. Pero sí, en la misma cabeza.
Me encantó eso. No dijo “cuerpo”, dijo “cabeza”. Como si el deseo no fuera solo físico, sino intelectual, casi filosófico. Me puse de pie lentamente, como si cualquier movimiento brusco pudiera romper la conexión. Me acerqué hasta quedar apenas a veinte centímetros de la pantalla, lo suficiente como para que su reflejo se distorsionara un poco en la glass, como si fuéramos dos sombras que se acercaban en un espejo roto.
—¿Y si empezamos con lo que no decimos? —susurré.
Ella inclinó la cabeza a un lado, dejó que el cabello le cayera sobre un hombro, descubierto ahora que había movido el teléfono para ajustar la luz. Vi el nacimiento de su clavícula, una suave elevación de piel y hueso, como si el cuerpo la hubiera esculpido con cuidado.
—¿Cuál es tu favorita? —me preguntó—. ¿Qué es lo que más te gusta que no digamos?
—Que me gustaría ver tus pechos. No porque los quiera tocar ahora mismo —añadí, porque no mentía—, sino porque quiero saber cómo se mueven cuando te ríes, cómo se inclinan cuando te inclinas, qué sombra proyectan bajo la luz.
No parpadeó. Solo me miró más fijo, y por primera vez, su sonrisa se volvió más lenta, más intencional.
—Yo quería pedirte que me describas cómo te imaginas mi piel —dijo—. Porque nunca me lo pediste antes.
Me detuve. No era una solicitud común, pero tampoco era inusual. Lo inusual era el tono: no era una petición, era una invitación a crear juntos.
—¿Y si te lo hago ahora? —avancé un paso más—. Pero solo si me prometes que no vas a interrumpirme.
—Te prometo.
Cerré los ojos. Solo un segundo. Cuando los abrí, ya no la veía como una persona detrás de una pantalla, sino como un espacio que mi imaginación había ocupado con detalles que ella misma me había permitido construir.
—Tu piel —empecé—. Es cálida, pero no por el clima, sino por el sangre. Puedo ver las venas azules bajo la superficie de tu muñeca, como hilos de tinta china en papel antiguo. Tu cuello… es donde más me fijo. Cuando hablas, se mueve suavemente, como si estuviera aprendiendo a moverse otra vez. Y tus pechos… no son grandes, ni pequeños. Son justos. Como si el mundo hubiera hecho un pequeño esfuerzo para que cupieran en tus manos si alguna vez los quisieras sostener.
Lucía se mordió el labio. No fue un gesto calculado, sino automático, como si el cuerpo hubiera anticipado lo que la mente aún no terminaba de formar. Me miró con los ojos entreabiertos, y por primera vez, noté un leve temblor en sus dedos, que descansaban sobre su regazo.
—¿Y qué más? —susurró.
—Tu ombligo —continué—. Es profundo, casi ovalado. Me gusta imaginar que si te inclinas hacia atrás, la luz entra ahí dentro, como en un pequeño pozo. Y cuando te acuestas… tus muslos se tocan con suavidad, no por la gravedad, sino por costumbre. Como si ya se hubieran amado antes de que los cuerpos los juntaran.
Se pasó la lengua por el labio superior. Lento. Deliberado.
—¿Y las piernas?
—De pie, están juntas. Pero cuando te recuestas… —ahora yo bajé la voz—… se abren despacio, como si fueran a descubrir algo que no está listo para ser visto, pero que tú ya sabés que quiero ver.
Lucía respiró hondo. Su pecho subió, y por primera vez, vi el movimiento que había descrito: los pechos se inclinaron ligeramente hacia adelante, como si respondieran al eco de mis palabras. Me di cuenta de que yo también estaba rígido, que mis manos estaban cerradas sobre el borde del escritorio, que mi respiración se había vuelto más corta.
—¿Y si te detienes un segundo? —dijo—. Quiero ver tu cara cuando digas lo que viene.
Lo hice. Cerré los ojos otra vez, solo un segundo. Cuando los abrí, la miré fijo. No con deseo urgente, sino con una lentitud que era, en sí misma, una caricia.
—Y cuando te tocas —susurré—. No es rápido. No es por placer inmediato. Es como si estuvieras leyendo un mapa que ya conocés, pero que querés descubrir otra vez. Con las yemas de los dedos. Primero el pezón, que se endurece enseguida, como si te hubieras olvidado de que todavía puede hacerlo. Luego… la curva de tu muslo interior. Y cuando llegás ahí… no te apresurás. Te detenés. Y me estás mirando a los ojos, como para que sepa que esto es para mí.
Lucía ya no sonreía. Su rostro estaba en paz, pero con una tensión interna que brillaba como electricidad estática. Me miraba sin parpadear, con los labios entreabiertos, como si estuviera conteniendo algo más grande que una palabra.
—¿Y qué hago cuando me toco ahí? —preguntó, con voz casi rota.
—Me pides que te describa cómo te toco yo. Que te diga dónde pongo los dedos, qué presión uso, cuánto tiempo. Porque ahora… ya no es solo tu cuerpo. Es el mío el que lo recorre.
Ella asintió lentamente. Y entonces, con una lentitud que me hizo latir más fuerte, bajó la mano hacia su cuerpo. No fue un movimiento obsceno, ni rápido, ni gratuito. Fue un acto de confianza. De entrega. De deseo compartido.
—Y ahora —dije—, mientras lo haces, mirame. Quiero que me veas mientras te tocas. Quiero que sepas que no soy solo una voz en la pantalla. Que soy el que te ve. Que soy el que te desea. Que soy el que te está amando, aunque no estemos en el mismo mundo físico.
Su mano se movió. Y mientras lo hacía, sus ojos nunca dejaron los míos.
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