El encendido del faro

El encendido del faro

@el_marinero ·7 de junio de 2026 · ★ 4.4 (32) · 303 lecturas · 7 min de lectura

Llegué a Punta del Este con el viento salado pegado a la piel y un billete de ida sin fecha de vuelo. Había dejado atrás Montevideo comoquiera se deja atrás una herida que aún late: con la mirada fija al horizonte, sin mirar atrás, pero con el corazón latiendo fuerte en el pecho como si quisiera escaparse por la garganta. Me instalé en una habitación pequeña, con paredes amarillentas y una ventana que daba al mar, en un edificio viejo que olía a madera humedecida y café recién hecho. El dueño, un tipo calvo y sonriente, me entregó las llaves con una sonrisa cómplice y me dijo: “Acá se respira otra cosa, che. A veces el tiempo se detiene, y el cuerpo decide qué hacer con él.”

Fue en el bar del faro, ese que está al final de la península y que solo abre en verano, donde la vi por primera vez. Se llamaba Catalina. No supe su nombre de inmediato —solo supe que tenía una risa que partía el aire como un corte de viento, y que sus ojos tenían el color del agua en la mañana fría: verde grisáceo, transparente pero profundo. Estaba sentada sola, con un vaso de cerveza en la mano y los pies descalzos apoyados en la silla frente a ella, como si el calor del suelo de madera la invitara a soltarse. Llevaba una blusa blanca abierta sobre una remera negra, y los brazos tatuados con líneas finas que parecían olas. Me llamó la atención no tanto por su belleza —que era evidente— sino por la forma en que miraba: con calma, sin buscar, como si supiera que todo lo que iba a encontrar ya estaba allí, esperando.

Me acerqué. No fue un acto de valentía, sino de necesidad. Sentí que algo en mi cuerpo se estiraba, como si me llamara por el nombre que yo misma había olvidado. Me senté en la silla vacía al lado de la suya, sin pedir permiso, y le dije: —¿Me dejás compartir el viento, che? Ella se giró, y por un segundo no habló. Solo me miró. Me miró de arriba abajo, como si leyera una historia en la textura de mi piel, en el modo en que me sentaba, en la forma en que mi pelo rubio, medio suelto, se movía con la brisa. —El viento es de todos —respondió, y me tendió el vaso—. Acá hay espacio para dos.

Fue entonces cuando me dio cuenta de que no era la primera vez que la veía. Había pasado semanas mirándola desde lejos, sin saber quién era. En la playa, sentada en una toalla con las piernas cruzadas, con la sal del mar pegada a los hombros. En la calle, caminando con una bolsa de papel en la mano, sin prisa, como si el tiempo fuera su aliado. En la librería del puerto, hojeando un libro de poesía sin abrirlo nunca del todo. Nunca había hablado con nadie. Hasta hoy.

—Sos marinera —le dije, y ella se rió, una risa breve, seca, como un disparo lejano. —Soy capitana de barco de pesca, sí —dijo, y bebió un trago—. Pero también soy hija de un farero. Y vos, ¿venís de vuelta del mar o venís para adentro? —De vuelta —mentí—. Pero no sé si vine para adentro o para seguir afuera.

No hablamos de trans. No al principio. No había necesidad. El cuerpo se reconoce antes que las palabras. Cuando ella apoyó su mano sobre la mía, sobre la mesa de madera, con las uñas pintadas de azul oscuro y los nudillos marcados por el tiempo y el trabajo, sentí algo que no era deseo, sino reconocimiento. Como si dos piezas de un rompecabezas hubieran estado buscando el mismo espacio por años.

—Vení —me dijo, y se levantó sin esperar respuesta.

La seguí por un sendero de tierra que bajaba hacia la costa, entre los pinos y el olor a resina y sal. El sol ya se hundía en el mar, pintando el cielo de naranja y púrpura. Llegamos a una cabaña pequeña, aislada, con paredes de madera oscura y una puerta de madera vieja que crujió cuando ella la abrió. No había luces eléctricas. Solo velas en los candelabros de hierro y la luz del atardecer que se colaba por las ventanas grandes.

—Es mía —dijo, y me miró—. A veces vengo a dormir cuando el mar está bravo y no quiero volver a tierra. —¿Y ahora? —pregunté. —Ahora —dijo—, ahora vine por vos.

Me quitó la remera antes de que yo pudiera decir algo. Fue un gesto suave, casi ritual: con los dedos, desabrochó cada botón de adelante hacia atrás, como si cada uno fuera un juramento. Cuando la tela se separó de mi piel, sentí el aire como un beso. Ella no se detuvo. Me miró, y en sus ojos no había asombro, ni curiosidad, ni compasión. Solo una calma profunda, como si hubiera estado esperando ese cuerpo desde siempre.

—Sos hermosa —dijo, y me acarició la cintura con las yemas de los dedos—. No como si fuera un milagro, sino como si fuera natural, como si siempre hubieras sido así.

Me desprendí de mis propias dudas con cada toque suyo. Cuando sus manos bajaron por mis costados y encontraron la curva de mis caderas, cuando sus dedos se hundieron en mi piel y me giraron para que me sentara sobre la cama de madera y sábanas de algodón crudo, sentí que algo se rompía dentro de mí, no con dolor, sino con alivio.

Ella se quitó la blusa y la remera, y se sentó frente a mí, con las piernas abiertas, con su cuerpo desnudo bajo la luz tenue. Tenía los pechos redondos, suaves, con pezones pequeños y oscuros. Y entre sus piernas, una concha bien cerrada, cubierta por un vello fino y rubio, como el viento sobre la arena. Me miró, me tendió la mano, y yo la tomé. No hubo vergüenza. Solo la certeza de que cada parte de mí estaba bien allí, en ese momento, con ella.

Me acerqué. Deslicé los dedos por su muslo, subí con lentitud, sentí el calor de su piel, el latido de su pulso en la ingle. Ella cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás, soltando un suspiro que era más un gemido que una respiración. Cuando toqué su clítoris, pequeño y endurecido, ella jadeó, abrió los ojos y me miró con una intensidad que me hizo temblar.

—Sí —dijo—. así… así me gusta.

La toqué con suavidad, con paciencia, con la misma curiosidad con la que uno abre una puerta que nunca antes ha tocado. Ella me respondió moviendo las caderas, buscando más, más presión, más contacto. Cuando me pidió que le metiera los dedos, lo hice con cuidado, con los nudillos contra su entrada, esperando su señal. Ella me dijo “sí” con una mirada, y yo entré.

Ella arqueó la espalda, gritó mi nombre —“¡Marina!”— como si lo hubiera dicho cientos de veces antes. Su concha se abrió, se humedeció, y sus dedos se clavaron en mis muslos. Le aceleré el ritmo, y ella me besó entonces, con la lengua y los dientes, con hambre y con miedo, como si temiera que todo desapareciera si la soltaba.

—Quiero tu boca —dije—. Quiero sentir cómo respirás cuando te voy a hacer estallar.

Ella se puso de pie, me empujó suavemente hacia la cama, y se acomodó entre mis piernas. Cuando me lamió el clítoris, no fue un beso: fue un incendio. Me mordí el labio para no gritar, pero ella me lo quitó con los dedos y me besó la boca mientras me hacía gemir contra su cuello. Me metió dos dedos, y con el pulgar siguió jugando con mi clítoris, firme y constante, como si supiera exactamente qué necesitaba.

Me vine con un grito ahogado, con las uñas clavadas en su espalda, con su nombre en la lengua. Cuando se terminó, ella se acostó a mi lado, sudada, con el pelo pegado a la frente, y me abrazó. No dijimos nada. Solo escuchamos el mar, que ahora venía tranquilo, como si también se hubiera rendido.

—¿Volvés? —me preguntó al rato, con la cabeza apoyada en mi hombro. —No sé —le dije—. Pero hoy vine. Y hoy me quedo. —Bien —dijo, y me besó la frente—. Porque el faro no se apaga si no lo apagás vos. Y vos no lo apagás.

Y ahí, entre los olores de sal y sudor, entre los latidos que aún se escuchaban en mi pecho, sentí que algo había empezado de verdad. No fue un encuentro de paso. Fue un encendido. Como cuando el faro prende al caer la noche, y todo lo que estuvo oculto por fin se ve.

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@el_marinero

De puerto en puerto, de cama en cama. Mis relatos saben a sal, a noches ajenas y a encuentros que duran lo que tienen que durar.

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