El elevador del décimo piso
6 minEl elevador del décimo piso
El ascensor del edificio Residencial Las Acacias era viejo, chirriante y, desde hace meses, con olor a sudor y perfume barato. A las 6:47 p.m. del jueves, cuando Valeria —camiseta oversize, shorts de denim desgastado en las rodillas, medias de red con un hoyito en la pantorrilla izquierda— entró con una bolsa de plástico que olía a churros y café, no sabía que ese sería el peor —o mejor— viaje de su vida.
El botón del décimo piso ya estaba presionado. Alguien más lo había hecho antes.
—Ah, perdón —dijo Valeria al entrar, sin mirar—. ¿También va al décimo?
No hubo respuesta. Solo el leve movimiento de una mano que bajaba un libro de bolsillo: *El arte de la guerra*, con una pegatina de *“Chinga tu maestra”* en la esquina inferior derecha.
Ella miró. Y se congeló.
—¿Ricardo?
Él levantó la mirada. Barba de tres días, camiseta negra ajustada, pantalón cargo con un bolsillo trasero hinchado por… no, no era un celular. Valeria lo reconoció enseguida: era el mismo libro que él le había prestado en la secundaria, hace diez años, cuando aún se llamaba “Ricky” y le temblaban las manos al tocarle la mano por error en clase.
—¿Valeria? —él cerró el libro, pero no lo guardó. Lo dejó sobre su muslo, como un escudo o una bandera.
—¿Qué haces aquí? ¿No trabajas en el décimo?
—Sí. Pero hoy salí temprano. Me dije: *“Ricky, date un respiro. Anda a comprar un churro, ponte algo que no sea short de yoga, y deja de pensar en cómo te chupó la verga tu ex ayer en el estacionamiento”.*
Ella rio, pero se le aceleró el pulso.
—¿Tu ex te chupó la verga?
—No. Me la chupó *a mí*. Y no fue en el estacionamiento. Fue en su auto, con el motor encendido, lluvia torrencial, y yo con los ojos cerrados pensando en si se me iba a romper el espejo retrovisor.
El ascensor hizo un *crrrrk* sordo al detenerse en el séptimo piso. Nadie entró. Pero Valeria notó algo: el botón del décimo ya no estaba iluminado. El piso se había cancelado.
—¿Apagaste el botón? —preguntó ella, voz más baja.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque no quiero subir al décimo. Quiero subir al octavo. Donde no hay cámaras. Donde el pasillo huele a limpiador de vidrios y moho viejo. Donde hay una puerta de emergencia que casi nunca usan.
Ella tragó saliva. No como cuando se asusta, sino como cuando el cuerpo ya decidió antes que la mente.
—¿Y si me niego?
—Entonces sigo al décimo. Y nos despedimos como buenos vecinos. Tú vas a tu casa, yo a la mía, y mañana en el elevador fingimos que no nos conocimos. O que me viste con la verga dura y me diste pésames por el clima.
—No te veo con la verga dura.
—No. Pero la siento. Y tú también.
Ella bajó la bolsa. Se quitó una zapatilla. Luego la otra.
—¿Te acuerdas de cuando íbamos al parque, en la noria? —dijo ella, acercándose un paso—. Tú dijiste que si la noria se detenía en lo más alto, ibas a besar a la primera que pasara.
—Y la besé. A ti. Pero te salió un beso seco, tipo chicle pegado al vidrio.
—Fue por los dientes. Tú tenías un bracket suelto.
—Sí. Pero me salió verga.
—¿Cómo?
—Me levanté con el pene tieso. Como una caña de bambú. Me pasé el recreo agachado, fingiendo que me dolía el estómago.
Ella rió, pero sus ojos no. Sus ojos estaban secos, calientes, fijos en su entrepierna.
—¿Y ahora? —preguntó ella.
—Ahora no tengo bracket. Tampoco tengo vergüenza.
El elevador se detuvo en el octavo piso. La luz parpadeó. El aire se volvió denso, como si alguien hubiera encendido el calentador del baño y dejado la puerta abierta.
Ricardo se puso de pie. No rápido. No como quien huye. Sino como quien se levanta despacio de un sofá, sabiendo que el que está a su lado no va a moverse.
—¿Me dejas? —preguntó él, con la mano en la pared, cerca de su cintura.
—No.
—¿Entonces?
Ella no respondió. Se acercó hasta que su frente rozó la de él. Huele a café, a jabón de coco, a humedad. A *vivo*.
—Dime qué quieres —dijo él, voz ronca—. ¿Te muevo la mano? ¿Te chupo la lengua? ¿Me arrodillo aquí mismo y te abro el short con los dientes?
—Me quieres tocar el culo.
—Sí.
—¿Con qué manos?
—Las dos. Las que ahora mismo están en tus caderas.
—¿Y si me pongo dura?
—Me la vas a coger. Pero no aquí.
—¿Dónde?
—En tu casa. Si me dejas entrar.
—¿Y si no?
—Te quedas con los churros. Y te los comes sola.
Ella sonrió. Le metió la mano al bolsillo trasero de su pantalón. Sacó el libro. Lo dejó en el suelo.
—Abre la puerta.
Él lo hizo.
El pasillo estaba vacío. La luz del fondo parpadeaba. El olor a limpiador se mezclaba con algo más antiguo: papel viejo, madera húmeda, sudor seco.
Ricardo tomó su muñeca. No con fuerza. Pero con certeza.
—¿Te duele? —preguntó él, al pasar la llave—. ¿El short aprieta?
—Un poco.
—¿Quieres que lo rompa?
—Sí. Pero después.
—¿Después qué?
—Después que te lo quites, que te lo doble como si fuera una servilleta, y que lo pongas en el cajón del baño.
—¿Y si no quiero?
—Entonces lo dejo en el suelo, y me arrodillo y te lo saco con los dientes.
—Me encanta cómo piensas.
Ella se dio vuelta. Lo besó. No fue suave. Fue como cuando abres una botella de cerveza sin sacar el anillo: directo, sin miedo, con la lengua ya dentro. Él la tomó de las nalgas, le apretó los muslos, la levantó un poco para que sus calcetines rozaran su pantalón.
—¿Te acuerdas de la primera vez que me viste en ropa interior? —susurró ella.
—Sí. En la piscina comunitaria. Me caí. Me rompí la rodilla. Tú viniste con una curita y un hielo. Me dijiste: *“¿Te duele?”*. Yo dije: *“Sí”*. Y tú me dijiste: *“Entonces no te muevas. Déjame ver cómo te duele.”*
—Te puse la mano encima.
—Sí. Y sentí que me iba a cagar.
—¿Y ahora?
—Ahora no me voy a cagar. Me voy a coger.
Entraron.
Él cerró la puerta con el pie. Ella se quitó la camiseta y se la lanzó sobre la cabeza. No era coqueta. Era una orden.
—Quítate los shorts. Ya.
Ella obedeció. No se detuvo. Se dobló por la mitad, como si fuera a cogerse los tobillos, y los bajó hasta los tobillos. Los dejó caer. Se mantuvo así un segundo: espalda arqueada, culo redondo, muslos tensos, el vello suave en la zona púbica como hojas de maíz recién deshojadas.
—¿Te gusta? —preguntó ella, sin girarse.
—Me mata.
—¿Quieres verme?
—Sí.
—¿Quieres tocar?
—Sí.
—¿Quieres chupar?
—Sí.
—¿Quieres coger?
—Sí.
—Entonces ven.
Él se acercó. Le tomó las nalgas con ambas manos. Las apretó. Las separó un poco. Hizo un círculo con el pulgar y el índice, y le rozó el orificio anal con la punta. Ella jadeó. No por sorpresa. Por reconocimiento.
—Te dije que me gustaba.
—Sí. Ahora déjame meterte.
—No. Primero la lengua.
—¿Dónde?
—Aqui. Donde te lo digo. Donde me pones los dedos y me dices *“¿Así? ¿Así te gusta?”*. Donde me haces decir tu nombre como si fuera una maldición.
Él se arrodilló.
No como quien se humilla. Como quien se acuesta en el suelo sagrado.
Le separó
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