El eco del clic

@el_anonimo ·4 de junio de 2026 · ★ 3.9 (25) · 2,537 lecturas · 3 min de lectura

Vení, sentí que me callaba un poco cuando abrí la cámara. No era la primera vez, pero igual me puso nervioso ese destello del micrófono que encendió. La pantalla se iluminó como un espejo roto: vos estabas ahí, con el pelo suelto, una camiseta de algodón gris que se subió un poco cuando te reclinaste en la silla, y esos ojos que parecían saber más de mí que yo mismo.

—Hola, vos —dijiste, con esa voz que ya me había hecho temblar antes—. ¿Me extrañaste o me esperaste con hambre?

Me reí, pero me derramó un calor en la cara. Me saqué la remera despacio, mientras vos me mirabas sin bajar la mirada. Me encantaba eso: no querías que corra. Querías que me desvista como quien se despoja de una coraza, paso a paso, sintiendo cada botón que se abre, cada fibra que se libera.

—Te esperé con hambre —contesté, inclinándome para que la cámara capte mejor el contorno de mi pecho, la suave curva de mis costillas, el vello que empezaba a ondear hacia abajo—. Pero no me comí nada antes. Quiero que vos me des de comer.

Te vi respirar hondo, un leve movimiento de la lengua contra el labio inferior. Ese pequeño gesto me hizo darme cuenta de que no era solo pantalla. Era real. Todo lo que decíamos, lo que sentíamos, se hacía tangible en el aire frío de la habitación, como si el vacío alrededor de mi laptop se hubiera convertido en algo más espeso, más húmedo.

—¿Y qué querés que te dé? —preguntaste, bajando la voz como quien acaricia una cuerda tensa.

—Quiero que me lames los pezones por video. Que me los hagas duros hasta que me tiemble la piel.

Vos no te ruborizaste. Solo sonreíste, lento, como si ya lo estuvieses imaginando. Te levantaste un poco de la silla, apoyaste los codos en la mesa y acercaste el celular. No tenías nada debajo de la camiseta, y cuando te la subiste despacio, con los dedos engarfiados en el algodón, vi cómo se erizaban los pezones al contacto con el aire. Me puse rígido, la respiración cortada. Me desabroché el jeans, pero no me lo saqué. Quería que vos decidieras cuándo.

—Mirá —dijiste—. Vos me mirás como si yo fuera la única cosa que importa en este mundo. ¿Te gusta eso?

—Sí —respondí, sin dudar—. Me gusta que me mires como si me conocieras de siempre. Como si ya hubiéramos hecho esto mil veces, y cada vez fuera la primera.

Te mordí el labio en la pantalla, suave. vos no te moviste. Solo me miraste con los ojos entrecerrados, y con una mano bajaste lentamente el borde de tu camiseta, dejando al descubierto un trozo de abdomen plano, una curva que iba hacia el ombligo y luego hacia abajo, hacia el inicio de tu concha.

—¿Querés que te toque? —susurraste.

—Sí —gimió mi voz, más fuerte de lo que pretendía—. Me muero por eso.

Con la mano derecha, vos pasaste el pulgar sobre tu pezón izquierdo, apretando con fuerza, y luego lo frotaste en círculos. Yo me puse una mano en el bolsillo, apretando mi polla contra el algodón, imaginando que eran tus dedos los que me apretaban así. Me incliné más, la espalda arqueada, los pezones duros y brillantes bajo la luz tenue.

—Y vos —dijiste, sin dejar de mirarme—, ¿me dejás ver cómo te afecta?

—Estoy duro —admití—. Tan duro que me duelen los cojones. Quiero que vengas a mi lado y me garchés hasta que no recuerde mi nombre.

Vos sonreíste, lento, y con la otra mano bajaste la cremallera de tu pantalón. No te lo sacaste, solo lo dejaste entreabierto, y vos metiste los dedos dentro, deslizándolos con lentitud, como si ya estuvieras tocándome a mí.

—¿Y si vine a quedarme? —preguntaste, con la voz más grave, más ronca—. ¿Y si este clic no fuera el fin, sino el comienzo?

No respondí. Solo te miré, y mientras vos seguís moviendo los dedos, yo cerré los ojos un segundo y dejé que el eco de tu voz se me clavara en la piel, como una marca de fuego.

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