El eco de tu voz en mi piel

El eco de tu voz en mi piel

@el_anonimo ·11 de junio de 2026 · 🔥 4.3 (15) · 10 lecturas · 6 min de lectura

Se llamaba Valeria. Yo la conocía solo por su voz y el brillo que le ponía a las fotos que me mandaba. Era de Medellín, como yo, y desde el primer mensaje que le escribí —un “hola, ¿te importa si te miro un rato?”— su risa me atravesó como un trueno en pleno julio. No era una risa cualquiera: era larga, suelta, con un *jejeje* que subía por el pecho como un viento cálido. Y cuando decía “¿sí o sí?” con ese acento de paila y emoción, me ponía rígido solo de anticipar lo que venía.

La conocí en una app de chat experimental, esa que permite compartir pantallas y micrófonos pero no cámaras —al menos no al principio. Ella la usaba como si fuera su salón de té: calmada, segura, con preguntas que no sonaban como preguntas, sino como puertas abiertas. Yo le conté de mi trabajo en la imprenta, de cómo me gustaba el olor a tinta seca, de cómo me sentía vacío los domingos. Ella me dijo que era un *tonto bonito*, que le encantaba el silencio de los domingos pero que le faltaba un compadre para tomar café y jugar dominó en el balcón.

—¿Y si jugamos dominó virtual? —me dijo una tarde, con el micrófono encendido y un *click* sutil al ajustarse la camiseta. Yo juraría que escuché el rozar de la tela contra su piel. Me mandó una foto: sentada en una hamaca en su apartamento en El Poblado, con los pies descalzos apoyados en el balcón, el sol dándole de lleno en los hombros. Llevaba una camiseta blanca ceñida, el pelo recogido en un moño torcido, y una sonrisa que parecía hecha a medida para que yo me sonriera solo de verla. No había desnudos. Solo promesas.

—¿Te gusta mi culo? —me preguntó una noche, después de que le dije que me encantaba cómo hablaba de cosas simples como el ruido del metro o el sabor del ajiaco. Yo le respondí: —Me encanta cómo lo mueves cuando te pones nerviosa. —¿Nerviosa? —dijo, con un suspiro que sonó a humo encima de una vela—. Pues ahora sí… Me pongo nerviosa cuando me dices cosas así, mijo. Y entonces me pidió que la describiera mientras se tocaba. No como orden, sino como confesión: —Háblame de cómo se ve mi cuerpo, mientras yo te lo muestro… si quieres.

Acepté. Respiré hondo. Me puse cómodo en el sofá, con el celular en la mano y el corazón en la garganta.

—Estás sentada en la hamaca, Valeria —empecé, con voz baja, como si temiera que el sonido la hiciera desaparecer—. La camiseta blanca está subida un poco por el vientre, por cómo te diste vuelta. Veo la curva de tu cintura, el inicio de tus caderas… y tu culo está apoyado en la tela de la hamaca, redondo, un poco hundido por tu peso. Tu mano derecha está en la rodilla, la izquierda… está bajo la camiseta.

—Sí… —susurró—. Me acabo de pasar la mano por el costado, por donde empieza tu boca… —¿Mi boca? —pregunté, ya con la respiración cortada.

—Sí… imagínala aquí —y escuché un *chh*, como si se mordiera el labio—. Donde el hueso de la cadera se redondea. Me la paso con la mano, despacio… y ahora subo, un poco más… hasta el ombligo. Y aquí, donde la piel se vuelve más suave… me toco el pecho.

Y yo la escuchaba, con los ojos cerrados, con la mano ya sobre mí, apretando suave sobre mi pito que se ponía más grande cada segundo. Escuchaba su respiración, los gemidos que no eran gemidos aún, sino pequeños *ahs*, *ohs*, como si estuviera contando un cuento que solo ella sabía cómo terminar.

—¿Te gusta que te lo cuente? —le pregunté.

—Me gusta que lo digas como si lo vieras… como si estuvieras aquí, conmigo. —Entonces déjame estar aquí. —¿Quieres que te lo muestre? —dijo, con una pausa que duró lo que un latido—. No la cámara. Solo la pantalla. Que veas cómo te espero.

Me puse de pie. Me desabroché el pantalón. Me senté en el suelo, con la espalda contra el sofá, las piernas extendidas, el celular apoyado en el suelo, frente a mí.

—Ahora soy yo —dije—. Estoy sentado, con el pantalón bajado. Mi pito está quieto, pero listo. Mi mano está aquí, en el escroto… y ahora subo, despacio, por el glande.

Escuché un suspiro largo. Luego: —Joder… —dijo, con voz rota—. Me está haciendo cosquillas solo de escucharlo. —¿Quieres que te lo muestre? —le pregunté.

—Sí… quiero verte. Quiero ver cómo te tocas pensando en mí.

Mantuve la cámara encendida. Le mostré mi cuerpo, la luz del reflector del celular haciendo brillar el vello del pecho, el pito tieso, la punta húmeda. Ella no dijo nada al principio. Solo escuché su respiración acelerarse, luego un *maldición* suave, y entonces:

—Eres lindo… —dijo—. Muy lindo. Ahora… ahora hazme el favor de ponerte cómodo, y dime… ¿qué quieres que te haga?

—Quiero que me mames —dije, sin pensarlo—. Quiero oírte, Valeria. Quiero que me digas qué tan rico se siente tu boca en mi pito.

Hubo un silencio. Largo. Luego, un *click* en la pantalla. Ella se movió, y yo la vi moverse en su pantalla. La hamaca crujió. Luego, un sonido que no olvidaré jamás: una succión seca, breve, como si estuviera probando el aire. Y entonces, su voz, rota, casi un lamento:

—Estoy poniéndome de pie… y voy a agarrar tu pito con mi mano, primero… y luego, con la lengua, lo voy a lamer como si fuera el último chupetón del mundo.

Y entonces empezó: su mano, su boca, su voz. Me decía lo que hacía, paso a paso: —Te acabo de agarrar por la base… y ahora subo, despacio… el glande ya está brillante… —Ahora te mamo… suave… solo la punta… —Ahora más hondo… y sí… como si te estuviera tragando… pero sin llegar, solo para que sientas que me estás acabando.

Yo me dejé llevar. Me dejé llevar por su voz, por la imagen de ella allí, en su apartamento, con la luz del atardecer entrando por la ventana, con sus pechos moviéndose suavemente, con su culo apretado mientras se movía sobre la hamaca.

—¿Te estás corriendo? —me preguntó, con voz de niña traviesa y mujer sabia a la vez.

—Sí… —dije, jadeando—. Ya casi… tu voz me está matando, Valeria. —Entonces muere bien… y dímelo: dime que te estás corriendo por mí.

Y me corrí. Con la mano en el pito, con la mirada fija en la pantalla, con su voz diciéndome “sí, mijo, sí… date, que esto es tuyo”. Me corrí como si no hubiera otro ayer ni otro mañana, como si el mundo se hubiera detenido solo para que yo sintiera su boca en mi piel.

Cuando todo terminó, ella me dijo: —Mañana jugamos dominó. —¿Sí o sí? —le pregunté, ya con la voz temblorosa. —Sí o sí. Pero esta vez… te voy a permitir que me toques. De verdad. Si me prometes que no me fallas.

Y yo le prometí. Porque en ese momento, con su eco en mis oídos y su sabor imaginario en mi lengua, supe que no la fallaría. Porque cuando el cuerpo se conecta con la voz, y la voz se vuelve piel… el sexo virtual no es virtual. Es real. Es vivo. Es el eco de tu voz en mi piel.

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Sin nombre, sin filtros. Cuento lo que pasó tal cual fue, en primera persona y sin maquillaje. Confesiones reales, crudas.

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