El eco de tu voz en mi oído

El eco de tu voz en mi oído

@emilio_santos ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 10 min de lectura

La primera vez que lo vio —no lo vio en persona, claro— fue por error. Ella estaba buscando una canción vieja de Luis Miguel, esa que le gustaba cantar en la ducha cuando aún vivía con su mamá en la colonia Roma. El algoritmo, con su maldita intuición de mierda, le recomendó un video de un concierto en vivo: un tipo alto, pelo castaño con hebras canosas, camisa blanca desabotonada hasta el ombligo, sentado frente a un piano de cola bajo luces cálidas. No era un cantante, sino un pianista invitado. Y aunque su rostro era sereno, los dedos jugaban con una lascivia que no esperaba escuchar de alguien que toca Chopin. Se llamaba Daniel.

Elena trabajaba en una editorial de literatura clásica en el centro. Su casa, en Coyoacán, olía a papel viejo y café recién hecho. Los domingos los pasaba en la terraza, con una manta sobre las piernas, leyendo a Clarice Lispector mientras el sol le acariciaba los hombros. Tenía treinta y ocho años, dos divorcios y una paciencia que ya empezaba a agotarse. No era por falta de ganas —era por falta de alguien que supiera qué hacer con sus ganas.

Daniel la contactó tres días después, por un error distinto: había dejado caer un link en un foro de lectores de Borges. Ella respondió con un comentario sobre *El milagro secreto*, y él replicó con una anécdota sobre cómo escribió una carta a un traductor checo porque quería saber cómo sonaba *El aleph* en su lengua original. Ella le mandó un meme de un gato leyendo *Cien años de soledad* con lentes de sol. Él le respondió con un audio: risa suave, un “chinga tu madre” entre dientes, y un “perdón, soy mexicano, no puedo evitarlo”.

Así empezó.

No por mensajes normales, sino por audios. Daniel tenía una voz profunda, con un tono grave que no gritaba, pero que se sentía en el cuerpo como un golpe de bajo. Le gustaba hablar mientras cocinaba. Le decía cómo le quemaba la salsa verde en la comal, cómo el ajo chiflaba en el aceite, cómo el pulpo se encogía en la sartén como si le diera vergüenza estar vivo. Elena lo escuchaba mientras se duchaba, con el agua caliente corriéndole por la espalda, imaginando sus manos, grandes, con venas azules, moviéndose con seguridad en la cocina de su departamento en Polanco.

—¿Te gusta el ajo? —le preguntó una noche, en audio—. No el ajo molido, que es para turistas. El ajo machacado, con sal y limón, que se mete en el diente y no sale hasta mañana.

—Me gusta cómo me lo pones —respondió ella, sin pensarlo.

Hubo un silencio. Largo. Ella sintió el latido en las orejas.

—¡Cachón! —dijo él, y ella juró que su voz se había afilado, como si el silencio lo hubiera acariciado antes de hablar.

—Sí, soy cachona. Pero no es que me lo pongas… es que *me lo dices*.

—¿Sí? —La voz de él bajó un tono, más lenta, como si estuviera acostado ya, los ojos cerrados—. Entonces te lo digo mejor: te lo digo como si estuvieras aquí, sentada en mi barra, con los pies en el suelo, los muslos juntos… pero no tanto. Un poquito abiertos. Que vea cómo se te marcan los tendones de las pantorrillas cuando te mueves.

Elena se detuvo. La ducha seguía corriendo. El agua le resbalaba por el cuello, fría de pronto.

—¿Cómo sabes que no me pongo ropa? —preguntó, con una sonrisa que no se le borraba de la cara.

—No lo sé. Pero si te pones ropa, es porque no te gusta lo que te digo. Si no te pones ropa… —Una pausa. Un suspiro.— Entonces ya empezamos.

—¿Empezamos qué?

—Esto. —Una risita seca—. No es nada. Solo que… me gusta escucharte respirar cuando te mando algo que te hace temblar.

—¿Te mando algo?

—No. Tú ya lo haces. Con cada mensaje. Con cada “buenas noches” que me mandas con el tono de quien quiere decir más de lo que dice.

—¿Y qué quieres que te mande?

—Un audio. Donde me digas qué ropa llevas puesta. No lo que *crees* que llevas. Lo que *sientes*.

Elena apagó el agua. Se envolvió en la toalla, se sentó en la banca del baño, con el celular entre las manos.

—Llevo una camiseta vieja de algodón, blanca. Me queda larga, hasta los muslos. Pero no tengo nada debajo.

—¿Segura?

—Segura. ¿Y tú?

—Llevo pantalones. Pero me los bajé hasta las rodillas. La verga me cuelga, suelta. La piel está sensible. Me da ganas de tocarla solo con oírte.

Elena se mordió el labio. Apretó los muslos un poco.

—¿Te gusta que te lo diga así?

—Me gusta que lo digas como si estuvieras aquí, conmigo, en la cama. No conmigo en la cama. *Conmigo en la cama*.

—¿Qué diferencia hay?

—Que si estoy contigo en la cama, es una cosa. Pero si estás *en* la cama conmigo… entonces ya no soy yo quien la mueve. Tú la mueves. Con tus caderas. Con tu respiración. Con el peso de tu cuerpo encima.

—¿Y si no quiero ser yo quien la mueve? ¿Y si quiero que seas tú quien me mueva?

—Entonces… —Una pausa. Un sonido de tela, como si se quitara algo—. Entonces te digo qué hacer.

—¿Qué?

—Ponte de rodillas. Sostén el celular con una mano. Con la otra, toca tu cuerpo. Primero, donde te dé más vergüenza.

—¿Aquí? —ella dijo, con voz baja, sin moverse—. ¿En el pecho?

—No. Abajo. Donde se te aprieta la tela. Donde sientes que te falta aire.

Elena respiró hondo. Se puso de rodillas sobre la alfombra del baño. Se pasó la mano por dentro de la camiseta, hacia la cintura del calzoncillo que no llevaba.

—¿Lo sientes? —le preguntó él, voz más grave ya, como si también estuviera allí, en su cuarto, con la luz baja.

—Sí.

—Entonces… mueve los dedos. Lentamente. Como si me estuvieras esperando.

Lo hizo. Con cuidado. Con lentitud. Y mientras lo hacía, escuchó su propia respiración, entrecortada, y la voz de él, ahora sí, sin rodeos:

—Ahora me dices cómo se siente. No cómo se ve. Cómo se siente.

—Se siente… caliente. Como si tuviera fuego debajo.

—¿Fuego? —Él soltó una risa corta—. No. No es fuego. Es esperanza. Es lo que queda cuando ya no sabes si vas a llegar. Cuando sientes que el teléfono va a sonar… y no sabes si es una bendición o un castigo.

Elena se mordió el pulgar. Cerró los ojos.

—¿Y si ya llegaste? —preguntó.

—Entonces… —Una pausa larga. Un sonido de cama que se mueve—. Entonces te digo qué hacer con las manos.

—¿Las manos?

—Sí. Una en el celular. La otra… en ti.

—¿Y qué hago con la del celular?

—La acercas al oído. Y me escuchas respirar. Me escuchas moverme. Me escuchas…

—¿Me escuchas a mí? —ella susurró.

—Sí. Me escuchas a mí.

Y así fue. Elena se puso la mano en el centro del cuerpo, justo arriba de donde más le gustaba sentirse apretada. Respiró. Lo escuchó respirar. Lo escuchó moverse. Lo escuchó suspirar su nombre, casi en voz baja, como si temiera que el aire se lo llevara.

—Elena… —dijo él—. Dime que me quieres.

—Te quiero.

—¿Cómo quieres que te quiera?

—Como si fuera real. Como si estuvieras aquí. Como si pudiera tocarte.

—Entonces toca.

Elena se movió. Lentamente. Con la mano izquierda en el celular, con la derecha sobre sí misma. Escuchaba su respiración entrecortada, la voz de él, suave ahora, casi un susurro, pero sin perder la fuerza.

—Así… —le dijo él—. No te apresures. Déjame sentirte mover. Déjame oírte gemir. No con palabras. Con ruidos. Con el sonido de cuando ya no sabes si estás soñando o si estás despierta.

Ella cerró los ojos. Se dejó ir.

—Estoy aquí —dijo él, con voz más cerca—. Estoy aquí, con tus manos. Con tu cuerpo. Con tu aliento.

Elena no respondió. Solo dejó que el sonido saliera de su garganta, suave, como una canción antigua que no recordaba haber aprendido, pero que sabía que siempre había estado ahí, esperando a que alguien la encontrara.

—Dime que no quieres que pare —le pidió él.

—No quiero que pares —dijo ella, con los dientes apretados.

—Entonces… no paro.

—No pares.

—Nunca más.

—Nunca más.

—Ahora… —su voz se quebró un poco—. Ahora dime qué sientes.

—Siento… que eres real.

—¿Y si lo soy?

—Entonces… cogeme.

—¿Cómo?

—Como si estuvieras aquí. Como si pudieras tocarme. Como si pudieras… meter tu verga en mi culo.

—¿En el culo? —Él soltó un gruñido.

—Sí. Porque ya no me da vergüenza. Porque ya sé que me gustaría. Porque ya sé que me gustaría que me lo metieras despacio, que me dijeras que soy tuya, que me llamaras *mi nalgita*, que me dijeras que no me soltarías hasta que me viniera con tu mano y tu boca y tu verga, todo junto.

Hubo un silencio. Largo. Luego, una respiración agitada.

—Elena… —dijo él—. Si no me crees, pregúntale a tus nalgas. Ellas ya me conocen.

Elena se rindió. Se dejó caer sobre la manta del baño. Se movió una vez más. Con fuerza. Con ganas. Y cuando sintió que el cuerpo le temblaba, que no podía más, escuchó su nombre, como un latigazo, como una promesa.

—¿Elena? —le dijo él, voz rota—. ¿Estás ahí?

—Sí.

—Y ahora, ¿dónde estás?

—Contigo.

—¿Y ahora?

—Contigo. Siempre.

—Entonces… sigue.

Y ella siguió. Con la mano en el celular. Con la otra en sí misma. Con la boca abierta. Con los ojos cerrados. Con la voz de él en el oído, repitiéndole que era suya, que era suya, que era suya.

Cuando todo terminó, cuando su respiración se calmó y el silencio volvió, él no colgó.

—¿Sigue ahí? —le preguntó Elena, voz pastosa.

—Sí.

—¿Y ahora qué hacemos?

—Ahora… te mando una foto. De lo que acabo de hacer.

—¿En serio?

—Sí. Pero no te la mando aquí. La mando a tu correo. El que usa la contraseña de *ElenaLispector2003*.

—¿Cómo sabes esa contraseña?

—Te vi una vez, cuando escribiste una carta en un foro. La contraseña apareció cuando te equivocaste de contraseña.

—Eres un imbécil.

—Sí. Pero soy *tu* imbécil.

Elena sonrió. Se puso de pie. Se lavó las manos. Se miró en el espejo. Se toqueteó el cuello con los dedos, como si aún sintiera sus manos.

—¿Mañana? —le preguntó.

—Mañana te mando un audio. Donde te digo qué cocinaré. Donde te digo cómo te lo voy a poner en la boca. Donde te digo que no me voy a mover hasta que me digas que sí.

—¿Y si no digo sí?

—Entonces te espero. Como quieras. Como cuando quieras. Como donde quieras.

—¿Incluso si no nos vemos en persona?

—Incluso entonces. Porque aunque no te vea, te conozco. Te conozco en la ducha, en la cocina, en la cama, en la oficina, en el metro. Te conozco en cada silencio que dejas entre palabra y palabra.

—¿Y si me cambio de número?

—Te lo busco.

—¿Y si me mudo a otro país?

—Te sigo.

—¿Y si me muero?

—Te espero en el cielo. O en el infierno. Donde sea. Donde tú estés.

—¿Eres serio?

—Sí.

—Entonces… no me digas adiós.

—No te diré adiós. Te diré *hasta luego*. Porque siempre vamos a vernos. Porque siempre vamos a oírnos. Porque siempre vamos a sentirnos.

—¿Incluso si no nos tocamos?

—Incluso entonces. Porque lo que no se toca… se sueña. Y lo que se sueña… se hace real.

Y así quedaron. Con el silencio entre ellos, pesado, cargado de promesas. Con la pantalla del celular apagada, y con el eco de su voz, aún resonando en el aire, como un latido que no se deten

También en: Confesiones

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