El eco de su piel
4 minEl eco de su piel
Llegué a la fiesta a las once y pocos minutos, cuando aún el aire no se había calentado del todo por la multitud. Era un espacio pequeño, en el sótano de un antiguo cine abandonado, con paredes de ladrillo al descubierto y luces bajas que se colaban por las grietas del techo. Yo no iba con intención de encontrar nada, pero sí de observar, de sentir el pulso de la ciudad en silencio.
Y entonces la vi.
Estaba de pie junto a una columna, con una copa de vino tinto entre los dedos, el codo apoyado en la superficie áspera. Llevaba una blusa blanca, desabotonada hasta el ombligo, y una cadena fina de plata que colgaba de su cintura. Su cabello, corto y ligeramente rizado, brillaba con una luz que no venía de las lámparas. Me costó un segundo reconocer que era trans —no por algo que pudiera señalar como error, sino por la manera en que su presencia se desdibujaba de lo esperado, como si su cuerpo hubiera aprendido a hablar un idioma distinto al que le habían enseñado al nacer.
Me acerqué sin pensar. No hubo planificación, solo el impulso de alguien que siente que está frente a algo que ya conoce.
—¿Te gustan las fiestas así? —le pregunté, tan bajo que casi no lo oí.
Ella giró lentamente, sin apuro, y me miró directo a los ojos. Su mirada no esquivaba, no evaluaba: simplemente *veía*.
—Depende de quién esté mirando —respondió, y sonrió con la boca cerrada, como si guardara una confesión por decir.
Me llamó Luna. No pregunté por su nombre de pila, ni por su pasado. En ese instante, solo importaba lo que estaba ocurriendo ahora.
—¿Quieres salir un momento? —ofrecí—. El aire aquí se vuelve denso.
Asintió, dejando la copa sobre la columna. No me tomó del brazo, ni me pidió permiso; simplemente caminó hacia la salida, y yo la seguí, consciente de cada paso suyo, de cómo se movía con una seguridad que no era agresiva, sino natural, como quien camina por su casa.
Fuera, la ciudad latía distinta. El aire olía a lluvia reciente y a tierra mojada. Detrás de un portón de madera, un jardín silencioso: macetas antiguas, un banco de hierro forjado y una higuera cuyas hojas se movían con la brisa.
Me detuve frente a ella. No había prisa. Dejé que sus ojos recorrieran mi cara, mis manos, el lugar donde mi camisa se abría en el cuello. Ella hizo lo mismo: me dejó mirar.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó, y por primera vez su voz tembló, apenas perceptible, como una cuerda tensa.
—Me gusta cómo estás aquí —respondí—. No como algo que deba explicarse.
Ella se acercó. Tanto que sentí el calor de su pecho antes que el roce de su piel. Sus dedos tocaron mi barbilla, con una suavidad que no pedía permiso, sino que lo asumía como natural.
—Entonces mira bien —dijo—. Porque esto es lo que hay.
Se abrió la blusa por completo. No por provocación, sino por confianza. Debajo, un sostén de encaje negro, con copas altas que realzaban la curva de sus pechos. Y entre ellos, una línea suave, casi imperceptible, donde la piel se unía con la de su cuello. Una cicatriz, fina, plateada, que se perdía bajo la tela.
No dije nada. Solo la miré. Y ella me sonrió, esta vez con los ojos abiertos, como si me hubiera permitido entrar.
—¿Quieres tocar? —preguntó.
Asentí.
Con lentitud, ella tomó mi mano y la puso sobre su pecho. Sentí el latido allí, fuerte, vivo. Luego deslicé los dedos hacia abajo, bajo el encaje, hasta sentir la curva de su pecho, su pezón endurecido por el aire fresco y por mi mirada. Ella suspiró, pero no cerró los ojos. Me miró seguir.
—No soy lo que crees —murmuró—. Ni lo que te dijeron.
—Sé lo que eres —respondí—. Y es más de lo que imaginaba.
Su mano subió hasta mi nuca, y me atrajo hacia ella. Sus labios tocaron los míos con una suavidad que no prometía nada, pero que lo decía todo. No hubo urgencia, solo curiosidad. Su lengua rozó mi labio inferior, y yo la invité a entrar. Su sabor era a vino y a algo más, a algo que no tenía nombre pero que conocía desde siempre.
—Quédate —susurró—. O llévame contigo.
No tuve dudas.
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Mirar también es tocar. Me fascina el detalle, la tensión de lo que se observa sin que el otro lo sepa. El voyeur soy yo, y a veces tú.