El duende del jacuzzi
En la azotea más alta del edificio más olvidado de la colonia Roma, donde los rascacielos aún no habían ganado la batalla contra los árboles, había una terraza abandonada que nadie recordaba. O al menos eso creían todos. Pero de noche, cuando el calor de la ciudad se volvía denso como jarabe y las estrellas se encendían con pereza, el jacuzzi de azulejos verdes empezaba a burbujear solo. Sin que nadie lo encendiera. Sin que nadie lo usara. Hasta aquella noche.
Era una de esas noches en las que el aire no se mueve, en las que el silencio pesa más que la ropa sudada pegada al cuerpo. Valeria, diseñadora de interiores de día y soñadora empedernida de noche, subió a la azotea con una botella de pulque frío y una toalla de playa que ya no servía para nada más que para fingir que venía preparada. No esperaba encontrar nada. Pero el jacuzzi burbujeaba, y flotando sobre el agua, como si hubiera salido de un cuento mal escrito, había un hombre desnudo. No, no un hombre. Algo más.
Se llamaba Tláloc, aunque no se lo dijo hasta después. Por ahora, era solo un tipo con el pelo largo hasta los hombros, moreno como tierra mojada, con el cuerpo marcado como si lo hubieran esculpido con un cuchillo y una promesa. Sus ojos brillaban en la oscuridad como los de un gato que ha visto demasiado. Y su verga, flotando tranquila entre las burbujas, era tan natural ahí como si hubiera nacido en el agua.
—¿Y tú quién eres, güerita? —preguntó sin sorpresa, como si fuera él quien la hubiera encontrado a ella.
—Valeria —dijo ella, sin soltar la toalla, aunque ya no tenía sentido—. Y tú… ¿cómo carajos llegaste aquí?
—Yo vivo aquí —respondió Tláloc, con una sonrisa que no se sabía si era burlona o sincera—. Este jacuzzi es mío. Lo hicieron los antiguos. Lo cuidé yo. Y ahora tú llegaste.
—¿Y por qué estás desnudo?
—Porque el agua me pide estar así —dijo, como si fuera la respuesta más lógica del mundo—. Además, tú también deberías estarlo. El calor no perdona.
Valeria se mordió el labio. No sabía si estaba alucinando, si el pulque ya le había dado en la cabeza, o si ese tipo era un loco que se había colado a la azotea. Pero no sentía miedo. Sentía… curiosidad. Y algo más. Algo que se le movía en el vientre, como una serpiente dormida que acabara de estirarse.
—¿Y si no me quiero desnudar? —preguntó, jugando.
—Entonces el agua no te hablará —dijo Tláloc, echándose hacia atrás, dejando que el agua le cubriera el pecho—. Pero si te quitas todo, quizás te diga algo bonito.
—¿Y si no quiero escuchar?
—Ah —sonrió—, pero ya estás escuchando. Solo que no lo sabes.
Valeria soltó la toalla. Cayó al suelo como una bandera rendida. Se desabrochó la blusa con lentitud, como si el tiempo se hubiera vuelto más espeso. Tláloc no la miró con lujuria, sino con atención. Como si estuviera viendo algo que nadie más había visto: no su cuerpo, sino lo que había debajo.
Cuando se quedó en ropa interior, el aire caliente le acarició la piel como si la reconociera. Tláloc extendió una mano.
—Ven. El agua te espera.
Ella entró despacio, con los pies descalzos sobre el borde resbaladizo. El agua estaba tibia, con burbujas que le cosquilleaban las piernas. Se sentó frente a él, a un brazo de distancia. El jacuzzi era pequeño, pero suficiente para mantener un juego de cerca y lejos.
—¿Y tú qué eres? —preguntó ella, mientras el pulque le corría por la garganta.
—Un espíritu del agua —dijo—. De los que cuidan los manantiales, los ríos, los lagos. Pero este jacuzzi… es lo más cercano que tengo a un lago en la ciudad. Así que vine a quedarme.
—¿Y por qué nadie te ha visto?
—Porque solo salgo cuando el calor es insoportable. Cuando la gente necesita agua, no aire caliente. Y tú… —la miró fijo—… tú me necesitabas.
Ella rio, bajito.
—No sabes lo que necesito.
—Sí lo sé —dijo él—. Lo veo en tus ojos. En cómo respiras. En cómo te muerdes el labio cuando no sabes qué hacer. Necesitas que alguien te recuerde que el cuerpo no es solo para trabajar, para caminar, para sufrir. Necesitas que te lo acaricien como si fuera sagrado.
Y entonces, sin pedir permiso, alargó la mano y le tocó la rodilla. Fue un roce apenas, pero Valeria sintió como si le hubieran prendido fuego en el centro del estómago.
—¿Y si no quiero que me toques?
—Entonces me voy —dijo él—. Pero sabes que no quieres eso.
No lo quería.
Sus manos comenzaron a moverse como si tuvieran vida propia. Primero le subió por la pierna, despacio, como si midiera cada centímetro de piel. Luego, con un dedo, le separó el encaje del short de encaje que aún le cubría el culo. Ella se estremeció.
—Tienes unas nalgas hermosas —dijo Tláloc, como si fuera un hecho científico—. Como dos lunas llenas.
—Eres un pendejo —dijo ella, pero se reía.
—Pero te gusto.
—Un poco.
—Lo suficiente.
Y entonces, con una velocidad que no esperaba, se acercó y le quitó la pantaleta de un jalón. Ella se quejó, pero fue un quejido de risa, no de enojo. Ahora estaba desnuda frente a él, y el agua burbujeaba alrededor como si celebrara.
—¿Y tú? —preguntó ella—. ¿No vas a quitarte eso?
Él se quitó el bañador invisible con un movimiento de cadera. Su verga emergió del agua como un animal curioso, dura, gruesa, con una gota de líquido transparente en la punta. Valeria no pudo evitar mirarla.
—¿Te gusta?
—Está bien —dijo ella, fingiendo indiferencia—. No es la primera que veo.
—Pero sí es la primera que te habla —respondió él, acercándose—. ¿Quieres que te diga lo que quiere?
—Dime.
—Quiere enterrarse en ti. Profundo. Lento. Hasta que grites.
—¿Y si no grito?
—Entonces no lo estoy haciendo bien.
Se acercó más. Ella sintió el calor de su cuerpo, el olor a agua de manantial, a tierra mojada. Le puso una mano en la nuca y la atrajo. El beso fue inevitable. Fue como beber agua después de días de sed. Profundo, húmedo, con lengua y ganas. Valeria le clavó las uñas en los hombros, como si temiera que se fuera a desvanecer.
Cuando se separaron, los dos jadeaban.
—¿Y si esto es un sueño? —preguntó ella.
—¿Y si lo es? —respondió él—. ¿Importa? Mientras estés aquí, es real.
La tomó de la cintura y la sentó sobre sus piernas. Ella abrió las piernas sin pensarlo, como si su cuerpo ya supiera lo que iba a pasar. La verga de Tláloc se alineó con su entrada. Ella contuvo el aliento.
—¿Lista?
—Hazlo.
Empujó despacio. Ella se abrió para él como una flor que nunca había tenido sol. La llenó completa, centímetro a centímetro, hasta que sus pelvis chocaron. Valeria gimió, un sonido largo, gutural, que se perdió en el aire caliente.
—Chingado… —dijo ella—. Estás enorme.
—Y tú estás ardiente —respondió él, moviéndose apenas—. Como si el agua te hubiera preparado para mí.
Comenzó a moverse. Lento al principio, como si estuvieran aprendiendo el ritmo del otro. Pero pronto el ritmo se volvió más urgente. Las burbujas del jacuzzi parecían latir con ellos. El agua salpicaba, caliente, sobre sus cuerpos. Valeria le rodeó el cuello con los brazos y se arqueó, dejando que la verga de Tláloc entrara más profundo.
—Así… así… —gemía—. No pares.
Él le mordió el hombro, suave, como un aviso. Luego le bajó una mano a las nalgas y le separó un poco más las nalgas, para tener mejor ángulo. Cada embestida era un trueno en silencio. Ella sentía que se deshacía, que ya no era una persona, sino agua, vapor, deseo puro.
—Voy a venirme —dijo ella, con la voz quebrada.
—No aún —dijo él—. Espera.
La sostuvo más fuerte, frenó el ritmo, casi salió de ella. Ella gruñó, frustrada.
—No me hagas eso.
—Quiero que dure —dijo él—. Quiero que grites cuando pase.
Volvió a entrar, más fuerte, más rápido. Ella sintió que el orgasmo se acercaba como una ola. Y cuando llegó, fue como si el cielo se abriera. Gritó su nombre, aunque no se lo había dicho. Tembló entera, con espasmos que le recorrieron desde los pies hasta la nuca. Tláloc la sostuvo, sin dejar de moverse, hasta que el último temblor pasó.
—Ahora —dijo él—. Ahora sí.
Y se corrió dentro de ella, con un gemido profundo, como si le saliera del fondo de la tierra. Ella sintió el calor, el latido de su verga, y por un momento, juró que el agua del jacuzzi brillaba con una luz verde pálida.
Cuando terminaron, se quedaron sentados, jadeando, sudorosos, pegajosos. El agua seguía burbujeando. Las estrellas, arriba, parecían más brillantes.
—¿Vas a volver? —preguntó Valeria, sin mirarlo.
—Cuando el calor sea insoportable —dijo él—. Cuando el agua te llame.
—¿Y si no quiero que te vayas?
—Entonces —dijo Tláloc, levantándose despacio—, aprende a escuchar el agua.
Se sumergió, sin hacer ruido, y desapareció. El jacuzzi dejó de burbujear. Valeria se quedó sola, desnuda, con el cuerpo aún vibrando.
Al día siguiente, subió de nuevo a la azotea. El jacuzzi estaba seco. Pero cuando puso la mano sobre los azulejos, estaban húmedos. Y cuando cerró los ojos, juró que escuchó un susurro bajo el agua.
—Aquí estoy.
No supo si fue real o no. Pero esa noche, cuando el calor volvió, ella subió de nuevo. Y el jacuzzi, como si la reconociera, comenzó a burbujear.
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