El día que mi vecino del fondo me pidió ayuda con su guitarra
7 minEl día que mi vecino del fondo me pidió ayuda con su guitarra
Nunca imaginé que una simple falla en el clavijero de una guitarra iba a cambiarlo todo. Yo soy Mateo, vivo en un departamento pequeño en la colonia Roma Norte, en el cuarto piso, y mi vecino del fondo —el que vive en el departamento contiguo pero con entrada independiente por el patio trasero— es Daniel. Lo veía de vez en cuando: alto, de hombros anchos, piel morena clara, y siempre con esa sonrisa que parecía guardarse algo. Trabajaba en un estudio de grabación cercano, y a veces, cuando bajaba el volumen, escuchaba las notas de su guitarra: acordes suaves, blues lento, melodías que se metían por las rendijas de la pared como susurros.
Esa tarde, mientras yo lavaba los platos, escuché un ruido metálico seguido de un gruñido ahogado. Me limpié las manos con la toalla y asomé la cabeza por la ventana del baño, que da al patio compartido. Daniel estaba allí, sentado en el banco de madera bajo el árbol de buganvilla, con la guitarra en el regazo, la frente arrugada, y la clavija de la cuerda mi baja torcida, casi por completo suelta. Me llamó con la mano, un gesto casi tímido.
—¿Mateo, sí? —gritó, con esa voz grave que me hacía sentir un cosquilleo en la nuca—. ¿Me ayudas con esto? Se me cayó la cuerda y no logro encajarla bien.
No dije nada, solo asentí y bajé los tres escalones que separaban nuestros patios. Cuando estuve frente a él, me di cuenta de que olía a café recién hecho y tabaco suave —no de los baratos, sino ese que se humea despacio en la terraza de un amigo confiado. Me tendió la guitarra, y sus dedos rozaron los míos por un segundo. Una descarga leve, como una chispa en la piel.
—¿Tú tocas? —preguntó, mientras yo tomaba la guitarra entre las manos, sentado a su lado.
—Un poco. De niño aprendí un par de acordes en la fiesta de la escuela, pero nunca me atreví a seguir.
—¿Y por qué no?
Me encogí de hombros, sintiendo el calor del sol en la espalda. El viento movía las hojas de la buganvilla, y las sombras se deslizaban sobre sus muslos, sobre sus manos.
—No sé… me daba vergüenza tocar en voz alta. Que alguien me escuchara y pensara: *¿en serio tú crees que eso suena bien?* —Me reí de mí mismo, un poco incómodo.
Daniel me miró sin borrar la sonrisa. Sus ojos eran oscuros, con un brillo que no era solo reflejo del sol.
—A mí me pasó lo mismo la primera vez que toqué frente a alguien. Fue en un café pequeño de Coyoacán. Me temblaba la voz al cantar, y la guitarra se me escapaba un poco del regazo… pero cuando terminé, una señora mayor me dijo: *“Joven, eso no suena perfecto, pero suena humano”*. Y me quedé con eso.
Nos miramos un momento. El silencio no era incómodo, sino que parecía llenarse de algo, de una tensión dulce, como el aire antes de que llueva. Me puse a ajustar la cuerda, con las uñas de los pulgares rozando el clavijero, los dedos un poco sudorosos. Él no dijo nada, solo me miraba, y yo sentía que cada movimiento mío —cada giro de la clavija— lo tenía hipnotizado.
—¿Quieres que te la suelte un poco? —preguntó, con voz baja.
—Sí, sí… gracias.
Pero cuando intentó ayudarme, sus dedos rozaron la mía otra vez, y esta vez no se retiraron. Quedaron allí, unidos por un segundo, dos, tres. Él no me soltó. Yo tampoco. Y entonces, lentamente, giró su mano para entrelazar los dedos con los míos. Su palma era templada, con una ligera roughura en los nudillos, como de quien toca la guitarra mucho y lava los platos poco.
—¿Puedo…? —empezó, pero no terminó. Solo me miró, con los labios entreabiertos, como si temiera que yo dijera *no*.
—Sí —susurré. Solo *sí*. Nada más.
Se inclinó hacia mí, y yo hice lo mismo. Nuestros rostros se acercaron como dos gotas de agua que buscan unirse. Cuando nuestros labios se tocaron, fue como si el mundo se detuviera. No fue un beso apasionado al principio, sino tierno, casi tímido, como si ambos estuviéramos aprendiendo al mismo tiempo. Sentí su aliento, cálido y dulce, su nariz rozando la mía, y luego su lengua, suave, preguntando si podía entrar. Le dije con un movimiento de cabeza *sí*, y entonces sus labios se abrieron más, y su lengua se deslizó entre los míos con una lentitud que me hizo temblar.
Sus manos se desprendieron de las mías para colocarse en mis caderas, y yo sentí el calor de sus dedos a través de la tela de mi camiseta. Me incliné hacia atrás un poco para verlo mejor, y entonces él me acercó más, presionando su cuerpo contra el mío. Sentí su verga, dura ya contra mi muslo, y un calor me subió por la espalda. No lo escondí. Él tampoco lo hizo.
—Estás temblando —dijo, rozando mi mejilla con el pulgar.
—No es miedo —respondí, con la voz un poco quebrada.
—Lo sé —sonrió, y besó mi frente—. Es nervios. Pero lindo.
Me tomó de la mano y me llevó adentro de su departamento. Era un espacio amplio, con paredes blancas, estanterías de madera con discos de vinilo y fotos enmarcadas de viajes: Oaxaca, Guanajuato, Patzcuaro. En el centro, un sofá bajo, un taburete, y una guitarra eléctrica apoyada contra el muro.
—Aquí no hay nadie —dijo—. Solo tú y yo.
Me senté en el sofá, y él se arrodilló frente a mí, con las rodillas hundidas en la tela suave. Me quitó la camiseta con cuidado, como si cada fibra fuera importante, y cuando quedé en camiseta interior, me besó el cuello, y luego la clavícula. Sentí su lengua, húmeda y tibia, trazando rutas en mi piel. Me pasó las manos por el pecho, acariciando mis pezones, que se endurecieron al instante, y luego bajó más, hasta desabrocharme el cinturón y bajar el pantalón junto con la ropa interior.
Cuando lo vi por primera vez —su verga, gruesa, tiesa, con la punta húmeda—, me quedé quieto. No era grande como para ser intimidante, pero sí hermosa: bien proporcionada, la piel suave, el collito bien definido. Me tomó de la mano y la puso sobre ella. Me besó mientras yo lo hacía, con un movimiento lento, de arriba hacia abajo, hasta sentirlo más duro aún.
—¿Te gusta? —susurró.
—Sí —respondí, y lo dije con la verdad entera.
Me tendió la guitarra, la misma que habíamos ajustado antes, y me pidió que la sostuviera. Me sonreí. Me sentí ridículo y maravillado a la vez, allí sentado, con la guitarra en las manos y él arrodillado entre mis piernas, mirándome con ojos oscuros y deseados.
—No toques —dijo—. Solo suéltala un poco.
Hice caso. Dejé que la guitarra descansara sobre mis muslos, y él se inclinó para besar el interior de mis muslos, subiendo poco a poco, hasta que su boca rozó la base de mi verga. Me tembló el cuerpo. Me mordí el labio. Él se rió, una risa baja, casi un gruñido, y entonces me tomó con ambas manos, me alzó un poco, y me metió dentro su lengua.
No fue rápido. Fue lento, profundo, como si estuviera aprendiendo mi cuerpo a besos. Me lamió el collito, luego el glande, y cuando me metió en la boca, lo hizo con calma, dejando que el aire entrara por la punta antes de succionar. Yo apreté los puños, apoyé la guitarra en el suelo, y solo pude pensar en su nariz rozando mis testículos, en el calor de su garganta, en cómo me estaba comiendo como si fuera la primera vez para ambos.
—Necesito estar dentro de ti —dijo, al final, con la voz rota.
—Sí —respondí—. Por favor.
Me acosté, y él se levantó, se quitó el pantalón y la camisa, y quedó frente a mí, desnudo, con la verga erecta apuntando hacia mí, y sus manos sujetando su propio cuerpo como si lo estuviera ofreciendo.
Me lubricé con la mano, con la saliva, con cuidado, mientras él me miraba, con los ojos cerrados, respirando hondo. Luego se puso frente a mí, me abrió las piernas, y se colocó entre ellas. Me tomó de las caderas y me pidió que me subiera un poco, que me apoyara en el respaldo del sofá.
—¿Listo? —preguntó
¿Qué tanto te calentó?
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias por responder! 🔥
0se masturbaron con este relato
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias! 🔥
¿Quieres más como este?
Te aviso cuando suba un relato nuevo. Sin spam.
Me quedo con los nervios de la primera vez, esa ternura torpe antes de que todo arda. Escribo el deseo que todavía no sabe su nombre.