La primera vez en la terraza de al lado

La primera vez en la terraza de al lado

@mateo_cruz ·20 de octubre de 2026 · 🔥 3.9 (10) · 208 lecturas · 4 min de lectura

La luz del atardecer se derramaba en el cielo de la ciudad como miel tibia cuando Sofía subió las escaleras de metal de su nuevo departamento. Hacía apenas tres semanas que se había mudado, y aún le costaba acostumbrarse al sonido de los vecinos, al olor a humo de leña que subía desde la cocina del piso de abajo, y a esa terraza pequeña que daba al parque —su refugio secreto. Esa tarde, sin embargo, no estaba sola.

Había un hombre sentado en la banca de madera de la terraza contigua, con las piernas cruzadas y un vaso de tequila en la mano. Se llamaba Mateo, le había dicho con una sonrisa tímida cuando ella lo saludó al mudarse. Un vecino de la segunda planta, contaba con dos perritos que se escapaban con frecuencia y una guitarra que nunca dejaba de tocar.

—¿Otra vez tocando? —preguntó Sofía desde su puerta, con una botella de limonada en la mano.

—Sí —respondió Mateo, dejando la guitarra a un lado—. Pero hoy me sale todo desafinado. Creo que el calor me está volviendo tonto.

Ella rio, un poco incómoda, un poco aliviada de encontrar a alguien tan… normal.

—Aquí está fresquito —dijo ella, abriendo su propia puerta—. Si quieres, te dejo un vaso.

—¿Te importa si me acerco? —preguntó él, y sin esperar respuesta, cruzó el pasillo que separaba ambas terrazas, con ese andar suave de quien ya sabe que tiene permiso para entrar.

Se sentaron uno frente al otro, los muslos casi tocándose. El viento movía las cortinas de Sofía y traía consigo el perfume de jazmín que ella se ponía por las noches. Mateo bebió un trago de su tequila, y ella notó cómo le temblaba la mano —no por el calor, sino por algo más sutil.

—¿Tú también tocas? —le preguntó él, con los ojos fijos en sus labios.

—Sólo en la ducha —dijo ella, sonrojada—. Pero me encanta la música.

—¿Quieres escuchar algo? —Mateo tomó la guitarra y la colocó sobre las piernas. No la abrió, sino que la acarició con la punta de los dedos, como si fuera una promesa.

Tocó una melodía lenta, casi susurrada, con acordes que se deslizaban como seda. Y ella lo escuchó, no con los oídos, sino con el cuerpo: con la piel que le temblaba, con el calor que subía por su cuello, con el pulso que latía más fuerte en las muñecas.

Cuando terminó, el silencio entre ellos no fue incómodo, sino cargado —como el aire antes de una tormenta.

—¿Puedo…? —dijo Mateo, y no terminó la frase. Solo miró sus labios, luego sus ojos, y luego, con lentitud, le tomó la mano.

Sofía no retiró la suya.

Él acarició su pulgar con el suyo, y entonces, sin romper el contacto visual, inclinó su cuerpo hacia ella. La primera vez no fue con la boca, sino con la frente. Se tocaron frente contra frente, respiraciones entrecortadas, ojos cerrados.

—Estoy nervioso —confesó él, en voz baja.

—Yo también —admitió ella—. No es por ti. Es que… es la primera vez que me pasa así.

Él sonrió, y en su sonrisa había algo de niño, algo de adulto. Luego, con cuidado, la atrajo hacia él. Su primer beso fue tibio, lento, con sabor a limón y sal. No hubo apuro, solo curiosidad, solo descubrimiento. Sus dedos se entrelazaron, sus cuerpos se acercaron poco a poco, como si temieran que el más mínimo movimiento los rompiera.

Cuando se separaron, Mateo pasó una mano por su cuello, por su hombro, hasta rozar la curva de su pecho. Ella no se apartó.

—¿Quieres pasar? —le preguntó él, con la voz ronca.

Ella asintió.

Subieron las escaleras juntos, sin apuro, y cuando él la tomó de la cintura para subir la última peldaño, ella sintió que algo en su interior se derretía.

En su habitación, entre sábanas de algodón y luces tenues, se desvistieron con lentitud, como si cada prenda fuera una página de un libro que no querían terminar pronto. Mateo se quitó la camisa y reveló un torso delgado, con marcas suaves de vello y una cicatriz casi invisible en el costado —una herida antigua, dijo él. Ella le acarició la piel con la palma, como si fuera algo sagrado.

Luego, con las manos temblorosas, ella desabrochó su pantalón y lo ayudó a sacar su verga —larguisima, bien formada, con la punta ya humedecida. Él no se apresuró. Le pidió permiso con la mirada antes de tocarla, antes de deslizar sus dedos entre sus muslos, antes de deslizarle el ligero short de algodón.

—Tú eres hermosa —le susurró, y cuando se inclinó para besar su vientre, ella cerró los ojos y dejó que el mundo se callara.

Fue una noche lenta, dulce, con besos que se repetían como oraciones. Con él metiéndose dentro de ella con cuidado, con su cuerpo estrechándose alrededor de la verga, con el roce perfecto de su pubis contra su clítoris. Con ella gimiendo su nombre como si fuera un secreto, como si temiera que el aire lo llevara lejos.

—¿Estás bien? —le preguntó él, pausando.

—

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Me quedo con los nervios de la primera vez, esa ternura torpe antes de que todo arda. Escribo el deseo que todavía no sabe su nombre.

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